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Alba Cecilia Tapias Ladino

Taller: Telar y Tradición
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Paipa - Monguí
Ubicación: Monguí, Boyacá


AGENDA TU VISITA

  Carrera 1 # 7-16 Monguí, Boyacá
  3043928145
  albactapias@gmail.com
  @telar_y_tradicion

Seguramente nunca le ha puesto cara a la persona que hace las gualdrapas abullonadas de lana al pie de su chimenea, o a la entrada de su finca, o incluso calentando los cuartos con tableta de gres que abundan en las casas coloniales boyacenses. Pues es hora de que le ponga rostro, sonrisa e historia a esos tapetes que traen tantas memorias calientitas. Alba Cecilia Tapias lleva más de cuarenta años tejiéndolas en Monguí y, aunque es toda una autoridad en la materia y heredera de un saber familiar, quiere dejar muy claro que lo que hace viene directo de las manos de dios.

Porque fue el padre Alonso Ojeda, el cura del pueblo de ese entonces, quien hizo lo imposible por intermediar para que se formaran cuantos monguiseños estuvieran dispuestos a aprender los oficios de la madera, la forja, la talla en piedra y los telares. Mandó a gente a formarse en Popayán e hizo convenios con Artesanías de Colombia, el gobierno alemán y la Secretaría de Educación del municipio, fundó una asociación artesanal y cedió dentro de la parroquia un amplio espacio para que se instalaran allí los talleres. El entusiasmo, como siempre, emocionó a muchos, pero solo los que perseveraron se ganaron su lugar en la historia. Como Alba Cecilia.

Para ella es de lo más normal contar cómo es que la tejeduría es algo que hace parte de la cotidianidad de los boyacenses. Porque muchos tienen un pedacito de tierra, un matorral de paja de esparto con la que hacer los canastos y una o dos ovejas a las que saben esquilar, hilar y tinturar su lana para luego tejerla. Pero, sobre todo y de ahí su naturalidad, porque las necesidades y la pobreza han hecho que, desde siempre, la gente de Monguí se teja su suéter, ruana, gorros o medias, así como se haga las cobijas con las que se le escapa al frío. Puro sentido de la supervivencia.

Y así, con 20 telares verticales y muy al comienzo de los años ochenta del siglo pasado, los aprendices emprendieron la tarea de medírsele a cosas nuevas, entre las cuales la elaboración de las gualdrapas en lana. Le gusta contar que éstas se trabajan con una doble trama, es decir que se hace un primero urdido en algodón sobre el telar vertical que luego se va tramando con una vuelta en hilaza que es la que se va entrelazando para que apriete la lana y, a partir de ahí, se van anudando, uno a uno, sus copitos de lana, hasta lograr esos tupidos tapetes sobre los cuales es una felicidad echarse. Cuenta, además, que un tapete grande, de varias gualdrapas de 70 por 70 centímetros juntas, tarda en hacerse, en manos de los más experimentados tejedores, dos días de diez horas de trabajo y cuatro personas haciéndolo sin parar.

Sin embargo, si narrar este trabajo dedicado le produce alegría, basta verla contando su fascinación por el arte del tinturado de esa lana que decorará luego nuestros hogares para sentirla en su salsa. Su interés se detonó al descubrir que los colores de los frescos de la parroquia de Monguí provenían de tintes naturales. Allí se le abrió un mundo y empezaron a desfilar ante sus ojos curiosos múltiples plantas con las que ha investigado a lo largo de los años la coloración de las lanas. Los líquenes, el eucalipto gris y el brevo para los verdes, la baya del tinto para los azules, el color, así se llama y cuya raíz parece una orquídea, le produce el amarillo, la curtidera para los morados, las raíces de la tintórea, el añil y el rejalgar para los marrones. Todo en ella han sido años de estudio, pruebas, errores y logros, así como ensayos para quitarle a la lana teñida algún aroma no querido, como a viejo y guardado, que es lo que menos quiere producir con sus tapetes. Le gusta saber que lo ha logrado y se sabe botánica y conservacionista, nada de ir arrancando porque sí, ni deforestando ningún bosque. De sus caminatas se trae semillas y las siembra en su huerta a ver si cogen en su jardín.

Disfruta inmensidades su oficio, que es su vida. Tejer es su terapia contra el estrés y su manera de compartir, entre mística, risas, cuentos y chismes. Es su feliz forma de vivir.