Las montañas de Antioquia son algo inigualable porque se sienten infinitas. Uno podría quedarse mirándolas para siempre y posiblemente esa sea la razón por la cual hay tantos y tantos pueblos dentro de ellas. A una ruta frondosa que es todo paisaje, cafetales, gastronomía y arquitectura, le queremos sumar un nuevo ingrediente para hacer de este viaje algo deliciosamente completo: ¡las artesanías! En este paseo te proponemos descubrir la joyería contemporánea de Medellín y Envigado y la tradición de la filigrana en Santa Fe de Antioquia, el trabajo en madera en Marinilla y El Retiro, las inconfundibles cerámicas de Carmen de Viboral, la tejeduría en alpaca, algodón y lana de oveja en Santa Elena y Sonsón, el arte de la guarnielería, o el carriel, en Jericó y San Pedro de los Milagros, la luthería en Caldas y la bisutería étnica en Cristianía, vía a Jardín, además del macramé y la cestería en mimbre en la capital. Cada uno de estos parajes es turismo en oro puro, por su mucha oferta, por su diversidad, por los muchos visitantes que se deleitan recorriendo sus plazas y por las muchas actividades que decoran sus días. Si alguien quiere saber lo que significa la palabra pintoresco, éste es el lugar para entenderla. Porque la gente vive orgullosa de sus calles, casas y tradiciones, es graciosa y dicharachera, generosa y cálida, devota. Su mundo es el mundo. Además, el cantadito de su acento es como una melodía que se pega. Te proponemos, entonces, añadirle una capa y detenerte un instante a ver a estos maestros artesanos trabajar como lo hacen. Con ellos entenderás eso tan difícil de explicar que es la “antioqueñidad”, una orgullosa manera de pisar el mundo, de narrarlo y protagonizarlo. Oyéndolos hablar puedes ver que hay una forma de hacer las cosas “a lo paisa”, con sus propios referentes y sin muchos deseos de cambiarlos. Saben conservar la tradición y la celebran en la figura del arriero. Además, te invitamos a ver su diversidad y sus comunidades indígenas, en este caso, la emberá chamí y su maestría en el uso de las chaquiras, pues también hace parte de este territorio y buscamos exaltarla.
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Te proponemos arrancar por el Oriente antioqueño. Seguramente aterrizarás en el aeropuerto internacional José María Córdova. Cerca suyo hay muchas opciones de alojamientos campestres muy confortables, desde donde podrías iniciar tus paseos por las bellas montañas de esta zona de Antioquia. Dependiendo del tiempo que quieras, podrás montarte en un carro y pueblear, un plan fenomenal porque puedes parar a picar delicias como empanaditas, chicharrón o arepa asada con quesito, además de almorzar buenas frijoladas, y conocer distintos pueblos que vale la pena recorrer. En esta vía al suroriente te proponemos visitar los emblemáticos talleres de cerámica del Carmen de Viboral, a tan solo 24 kms desde el aeropuerto, unos 45 minutos de paisajes frondosos. Allí tendrás para dar y convidar pues encontrarás múltiples talleres donde descubrir una tradición y, si quieres, aprender a moldear y pintar. Luego, tienes dos opciones: o tomar hacia el norte y pasar por Marinilla y Guarne o bajar hacia el sur a Sonsón. En el primer caso, rumbo Marinilla, a apenas media hora, te espera Fernando Toro, un artesano de la madera apasionado de la ebanistería técnica que, además, es cantante de mariachis. Allí podrás visitar el Parque Principal y escoger entre su amplia oferta de museos: el Museo Ramón Hoyos, la Colección de Independencia e historia, la Sala de Arqueología, la Casa Museo Alonso Ríos, y la impresionante Colección de Cruces, Cristos y Crucifijos. Muy cerca también está Guarne, donde podrás apreciar la vastedad del paisaje desde sus altos, el de la Cruz, de la Virgen o del Orégano. En el segundo caso, te sugerimos un cambio de clima: conocer el frío antioqueño en Sonsón, a 74,9 kms del Carmen, un pueblo hermoso donde podrás conocer todos los secretos de la lana, de la mano de Yeison Marín. Allí puedes dormir o regresar a Rionegro.
Desde tu alojamiento en Rionegro dirígete a El Retiro, un pueblo precioso. Date una vuelta por su Parque Municipal antes de aventurarte a uno de los tantos talleres de muebles que hay aquí, el de Carlos Rendón. Si te interesa el ecoturismo, recuerda que en El Retiro está el Parque Ecológico Los Salados, el salto Tequendamita y la Reserva Ecológica San Sebastián La Castellana. Si te gusta el agua no te las puedes perder. ¡Lleva zapatos de cambio y posiblemente una muda porque es lindo sumergirse! Luego, a 30 kms está Santa Elena, un paisaje espléndido, donde podrás ir al Museo Entomológico y Mariposario Piedras Blancas, así como estar entre los telares e hilos de Sandra Jaramillo. Acabado ese paseo, será una buena manera de llegar a Medellín por otra vía. Es montañoso y lindo, muchas curvas, pero gran paisaje. En casi una hora llegarás a la capital con toda la oferta gastronómica y hotelera que te imagines.
La capital de Antioquia es un mundo en sí mismo, con sus museos, parques, jardín botánico, su vida nocturna y cómo no, su gente paisa y su clima cálido. Además, tiene el Parque Explora, el planetario, su propio pulmón verde en el Parque Arví, y está abrazada por cerros, como el Cerro Volador, desde donde se puede apreciar toda su extensión. Con todo lo que hay para conocer, empieza por darte una pasadita por el centro, donde podrás sumergirte en el comercio, conocer la Plaza Botero y el imperdible Museo de Antioquia, antes de disponerte a descubrir a joyeras y joyeros que están marcando la parada con sus diseños, así como sumergirte en otros oficios como la tejeduría en macramé y la cestería en mimbre. Cada artesano de la ruta te mostrará otra cara de la ciudad.
Pegadito a Medellín queda Envigado. Agéndate para tomar un buen almuerzo tardío y después visitar a Helena Aguilar, maestra de la joyería contemporánea. En la noche, regresa a la capital, que será el punto central de tu recorrido por los municipios que te esperan.
A 60 kms, por la carretera 62, está Santa Fe de Antioquia. Prepárate para un clima sabroso y calientito. Luego del golpe visual que tendrás al llegar a este pueblo que es como de postal, y de tomarte un buen café con algún dulce típico que encontrarás en cada plaza, pásate por la Catedral de la Inmaculada Concepción, allí verás el altar central con un gran sagrario repujado en plata. Fíjate bien en él pues detrás suyo se empieza a entender cómo la Iglesia impulsó y sostuvo mucha de la tradición joyera de esta región, al ser su principal benefactora por años. Con esto en mente ve a recorrer los talleres de los maestros de la filigrana en plata y descubre cómo es que una tradición se arraiga en el tejido de nudo. Sus museos, Juan del Corral y de Arte Religioso Francisco Cristóbal Toro, también te darán un buen vistazo de cómo se configuró esta región. No dejes de entrar al emblemático hotel Mariscal Robledo y conocer su increíble biblioteca, así como su colección de objetos antiguos y su enorme piscina. Allí podrás tomarte un café o comerte un postre. Pasa la noche en Santa Fe.
Sigues en el norte del departamento. Podrías irte de Santa Fe a San Pedro, son 76 kms, o salir de la capital, a tan solo 37 kms, por la autopista Norte – vía San Pedro. Descubre el famoso pueblo de San Pedro de los Milagros, la tierra fervorosa de este Milagroso, inspirado en el de Buga y que, como cuenta la leyenda, decidió que su destino sería San Pedro. Las peregrinaciones en busca de sanación son permanentes y entrar a la Basílica, una experiencia no solo espiritual sino artística. Y si de fe estamos hablando, es preciso que conozcas el carriel san pedreño, ¡un milagro de más de cien años que se está recuperando! Visita a nuestros artesanos para descubrir todas sus particularidades y ver las grandes diferencias con el jericoano. Además, se está promocionando este destino para hacer turismo rural y lechero: ¡se le conoce como La Vía Láctea! Aquí tendrás la oportunidad de aprenderlo todo sobre el ordeño y la ganadería silvopastoril y probar las delicias que con la leche se producen. Pregunta por la Granja Don Fer, por la Finca La Ranchera o la Finca Hotel La Fortuna, en cada una disfrutarás de una inmersión maravillosa en este mundo lechero. Pasadías y hospedaje con plan de ordeño y capucchino de madrugada con espuma de verdad verdad, así como cavas de maduración te prometen un tiempo inolvidable.
También será la oportunidad para viajar por ese norte hermoso donde pueblos como Santa Rosa de Osos, Entrerríos, Belmira y Don Matías harán parte del itinerario. En Santa Rosa, por supuesto, el chorizo santarrosano o el queso, también el Cafetazo o festival de cafés de agosto. En Entrerríos, sus muchas fincas cafeteras, el gigantesco embalse de Ríogrande (que surte de agua al 70% del Valle de Aburrá), una piedra como la del Peñol (de hecho, están conectadas geológicamente) para hacer senderismo de aventura, y la galleta cuca como su más delicioso postre. La tradición cuenta que justo de aquí salía el cuero para el san Pedreño. Belmira es famoso por su trucha y pesca… ¡no dejes de probar los exquisitos chicharrones de trucha! También por su páramo, digno de ser visitado, sobre todo en tiempos del Frailejón Fest (a mediados de agosto). Otros tips para probar: el vino de mortiño y la chicha fermentada por cuatro meses. Finalmente, en Don Matías se encuentra la fábrica a cielo abierto más grande de América Latina. Y es de jeans. También aquí hay un par de imperdibles: Bendito Chicharrón, cerdo preparado en salsa de tomate de árbol para chuparse los dedos y el café, con sus notas de cítricos naranja y banano.
A 26 kms de la capital, y rumbo a Jericó por el suroeste antioqueño, detente en Caldas, Antioquia. Será un desvío provechoso, pues allí conocerás a Edwin Serna, un luthero experto en guitarras que te contará las mejores historias del mundo y con quien podrás ver, de primera mano, lo que significa un maestro. Con el corazón temblando, dirígete a Jericó, una belleza que se convirtió en pueblo patrimonio en 1959 y que, gracias a su activa vida cultural, se le conoce como la “Atenas del Suroeste”. Además, es la tierra de la canonizada Madre Laura. Jericó es la cuna de una de las piezas que definen el ser antioqueño: el carriel. Su parque central funciona como plaza de mercado los fines de semana y tiene una variedad inmensa de árboles. No dejes de probar sus dulces, uno de los atractivos de la ruta. Te recomendamos especialmente el de cardamomo, el postre jericoano y las galletas Luisa. Con el paladar dulce, ve a descubrir cómo se hace el carriel, o guarniel, y quedarás con la boca abierta. Lista para un aguardiente en alguna de las tradicionales tiendas del pueblo, una experiencia sin igual. Y si, además, te gusta el ecoturismo, tendrás unos bosques de niebla de ensueño por los cuales caminar: pregunta por el Parque Natural Las Nubes. Duerme aquí, hay amplia oferta de hoteles y restaurantes.
A madrugar se dijo porque dicen que Jardín es el pueblo más lindo de Antioquia. A 94 kilómetros de Jericó, unas dos horas de camino, pasarás por Cristianía, un asentamiento de la comunidad embera, donde quisiéramos que conozcas a las distintas maestras de la bisutería étnica en esta comunidad. No solo es increíble verlas trabajar, y oírles la historia de su pueblo, sino que te puedes hacer a un collar que te protegerá. Ya en Jardín ve a conocer la tienda de las Restrepo, pasea en tuk tuk y pide que te lleven al mirador Cristo Rey, desde donde podrás contemplar la inmensidad del paisaje. Si quieres seguir deslumbrándote por éste, haz el paseo del teleférico La Garrucha, para verlo todo desde arriba o, camina por un sendero ecológico que, en 40 minutos, te llevará a las aguas cristalinas del Charco Corazón. Y un plan que no puedes perderte es la visita a las Cuevas del Esplendor o del Encanto, llenas de cascadas sorprendentes. Aquí puedes pasar una confortable noche antes de regresar a la capital.


La bandeja paisa, tal como hoy la conocemos, se consolidó entre las décadas de 1970 y 1980, cuando restaurantes y promotores del turismo reunieron en una sola presentación los sabores más entrañables del patrimonio culinario antioqueño como símbolo de hospitalidad y orgullo. Los fríjoles, encarnan el profundo arraigo y siguen siendo su eje; lo rodean arroz, chicharrón, carne molida, chorizo, huevo frito, arepa, aguacate y plátano maduro hasta dar vida a una bandeja tan abundante y épica que es difícil de olvidar. Y aunque su fama descansa en esa exuberancia, quienes crecieron con esta cocina saben que la experiencia no está completa, porque el gusto también está en mojar la comida, con un recipiente aparte de sopa de fríjoles. Por tratarse de un caldo tan sustancioso, no es raro encontrar comensales que lo piden, sobre todo cuando más que un acompañamiento, cumple rituales y es una costumbre que se sigue sirviendo a cucharadas.
En Rionegro, restaurantes como El Rancherito y Sancho Paisa son de esos lugares donde ella llega sin pedir permiso. Todo hace de las suyas para completar un plato que no deja espacio para el arrepentimiento. El truco está en revolver un poco de cada ingrediente, encontrar nuevas combinaciones en cada ración y descubrir a qué se debe que no pase de moda.
En esta ruta que incluye al municipio de San Pedro de los Milagros, la leche no es un ingrediente, es una religión con horarios de ordeño. Cientos de miles de litros bajan cada día de las fincas hacia los tarros y las queseras, y con ellos baja también un inventario entero de blancos. Ahí está el quesito fresco que se deshace salado y arenoso en la lengua, la cuajada tibia que se sirve con arequipe o con melao de panela hasta formar el postre sampedreño, el pandequeso que se abre en dos y suelta ese hilo de queso derretido que obliga a cerrar los ojos un segundo. En la Quesera La Margarita, a la entrada del pueblo, ese repertorio se vuelve tangible en la mantequilla recién batida, arepas de queso que todavía humean y una vitrina de quesos que cambia según la hora del ordeño. Y si lo que se busca es la fuente misma, sin intermediarios, el punto de venta de Agro San Pedro Colanta despacha los mismos derivados que salen a diario hacia el resto del país, apenas unas cuadras después de haber dejado la finca.
Una referencia para quienes buscan comida vegana. En Real Vegetal, que se encuentra en la Carrera 4 #8-43 de El Poblado en Medellín, está pensada para presidir mesa y descubrir nuevas formas de saborear ingredientes conocidos. Su sello es un queso de marañón elaborado artesanalmente, cuya fermentación y maduración le confieren una complejidad inesperada y lo convierten en el hilo conductor de buena parte de la carta. Entre las preparaciones que mejor hace estallar su propuesta está la sopa de fríjol verde: un plato que proporciona vitalidad donde el maíz tierno, el apio, el pico de gallo, los hongos fritos y las tostadas de plátano se centran en un juego de texturas que celebra la simplicidad bien ejecutada.

Si la mañana fue extensa, una sopa de cura esperamos que sea tu remedio perfecto. Como su nombre lo insinúa, es una preparación alentadora que muchos consideran oportuna para devolverle el alma al cuerpo. Suele hacerse con un caldo sustancioso al que se suman ingredientes como papa, cilantro, huevo y carne, dando como resultado una sopa sencilla, caliente y enormemente casera. En El Rancherito puedes pedirla o en su defecto, si lo prefieres, también sirven el tradicional sancocho antioqueño, ordénalo sin titubear.
En el extremo sur del Valle de Aburrá, en el municipio de Caldas, Juanjo’s Parrilla tiene un nombre que despierta la curiosidad: costichicharrón. Son cien gramos de cerdo llevados al punto exacto entre lo jugoso y lo crujiente. Llegan acompañados de papas a la francesa, una arepa blanca, gordita y suave, mientras una ensalada de lechuga, tomate y cebolla refresca y equilibra cada suspiro de sabor.
Si avanzamos en el trayecto, en El Carmen de Viboral, La Casa de Vero funciona en una acogedora casa de ladrillo donde el ambiente provoca quedarse horas. Allí la cocina viene de la huerta. Su sopa de ahuyama es cremosa, delicada y perfecta para quienes prefieren un almuerzo ligero conservando intacto su romance con el paladar. Pero si la elección va por el lado de la carne, el chicharrón servido con ensalada y puré de plátano maduro demuestra que un buen trozo de cerdo puede ser notable cuando su cocción confabula con el tiempo.
La carretera que sale de San Pedro y trepa hacia Belmira cambia de clima cada pocos kilómetros. Primero son los potreros verdes, después el bosque de niebla, y al final los frailejones custodiando el agua que surte a media Antioquia. Es un viaje que se emprende con hambre a propósito, porque en las fondas de esta subida el chicharrón se convierte en una ceremonia. La piel se cocina a baja temperatura hasta que truena entre los dientes, la carne queda jugosa por dentro, y se acompaña con arepa blanca y unas gotas de limón que corta la grasa en el momento perfecto. Es comida de marranada, de un domingo en familia, de esas mesas donde nadie habla mucho porque la boca está ocupada.
En el restaurante Amubel, la fonda más tradicional de Belmira, el cerdo comparte la misma bandeja con los fríjoles y la papa criolla igual que lo ha hecho por generaciones; y en el Bar Los Frailejones, ya casi a la salida hacia el alto, se sirve como desayuno tardío para quien baja del páramo con las manos heladas y el estómago vacío. Ahora, también es cierto que allí defienden con orgullo su trucha fresca sacada de los estanques de páramo y servida entera con arroz y patacón. Una verdadera delicia, aseguran quienes han pasado a probar esta cocina.
Quien tenga tiempo de sentarse en San Pedro de los Milagros antes de volver a la ciudad puede cerrar el recorrido en el Restaurante La Abuela o en El Jerez del Caballero, dos comederos a pasitos de la Basílica del Señor de los Milagros donde el menú del día trae sopa, seco -como se le llama en Colombia al plato fuerte en el contexto del almuerzo casero- y jugo por el mismo precio de siempre, o en Pilones, si el objetivo es darse el gusto de una buena parrilla antes de seguir la ruta. Un itinerario que empieza en la leche, pasa por la manteca y termina en la panela.

En Envigado hay dos paradas obligadas para quienes disfrutan del buen chicharrón: La Gloria de Gloria y El Trifásico. En ambos, la promesa es elemental y cumplidora: una tostada partitura que custodia un latido tierno y sabroso, cuyo eco en el gusto susurra la promesa de volver.
Pasando por Marinilla vale la pena descubrir el barriguero, una preparación tradicional elaborada con la barriga del cerdo, previamente adobada y cocida durante varias horas hasta alcanzar una textura suave y rica. Es una receta para gente que sabe esperar.
Y ya que hablamos de La Gloria de Gloria, pide también la morcilla. Hecha tradicionalmente con sangre de cerdo, arroz y una mezcla de especias, podemos decir que es identidad, es poesía que alberga un secreto de profundas notas.
Si prefieres recorrer varios clásicos en un mismo lugar, Sancho Paisa, en el kilómetro 16 de la vía Las Palmas hacia Rionegro, reúne algunos imprescindibles: calentao’ para empezar el día con buen pulso, arepa paisa con quesito, arepa de choclo y las famosas empanadas de iglesia. Su nombre hace alusión a las empanadas que durante décadas se vendían a la salida de los templos, especialmente después de misa. Suelen prepararse con una masa de maíz de textura delicada y un relleno de papa con carne, incluso de solo papita, para luego freírlas hasta quedar crocantes.
En La Casa de Vero, en El Carmen de Viboral, también hablan muy bien de esas empanadas. Y si todavía queda espacio en el estómago, los buñuelos de plátano con queso y bocadillo son una combinación difícil de olvidar: dulces, salados y esponjosos al mismo tiempo.
Las parvas de la cafetería El Buen Pan de Queso, en Marinilla, son de esas que los antioqueños describen como “mundiales”: un elogio muy colombiano para decir que son extraordinarias. Y si el antojo es de pan de yuca, en Rionegro La Tienda de Pedro se ha ganado un lugar entre quienes buscan esas delicias que desaparecen como por arte de magia apenas llegan a la mesa.
Si de sopas se trata, el mondongo merece su propio capítulo. Elaborado con pancita de res, cuidadosamente lavado y cocinado durante horas junto con papa, verduras y aderezos, es uno de esos alimentos que generan devotos. En Medellín, Mondongo’s lo ha convertido en un emblema de la ciudad. El ambiente es cálido y el servicio cordial. Ve a probarlo.
Los tamales antioqueños también forman parte de la lista de los inevitables. Se preparan con masa de maíz, carne de cerdo, pollo, zanahoria, papa y otros ingredientes que varían según la receta familiar. Todo se envuelve cuidadosamente en hojas de plátano antes de danzar en el letargo del calor, permitiendo así que sus sabores se fusionen poco a poco. Entre Medellín, Marinilla y Rionegro, muchos aseguran que este corredor guarda algunos de los mejores del departamento.

Llegó la hora del postre, de la merienda; de las onces para la media tarde. Y vuelven los paisas a demostrar por qué investigan sobre culinaria y cocinan pensando en la familia, al día de hoy usando recetas donde las abuelas, con dieciocho hijos a cuestas, enseñaron que nada del solar se desperdicia.
De esa herencia nace el Postre Jericoano: toronja que perdió su amargo con suficiente calma, papaya verde, papaya madura, piña, coco, brevas caladas en su melcocha de panela y arequipe dorado tras quince horas de fuego y mecedor. Cinco capas de fruta, dos de bizcochuelo tierno, todas bañadas en vino y ron que las abraza, diez, doce, quince días de espera artesanal sin más conservante que el tiempo y la candela. Cuando lo guardan en la nevera se vuelve más sabroso, como los recuerdos que con los años se hacen dulces, y hoy lo custodia Nancy Garcés en La Pizzería de José, en Jericó, heredera de una receta centenaria que se sirve, capa a capa, a quien llegue a esa mesa.
Junto a él, más discreta pero no menos querida, La Luisa aguarda el momento propicio. Es una galleta de harina con trocitos de mogolla, hecha en horno de leña, untada con miel de panela que se derrite y mermelada de guayaba que la corona, viene espolvoreada de azúcar como escarcha de montaña y es compañera fiel del café de la región, del que Jericó guarda más de treinta y cinco marcas propias y que también acompaña las tardes en El Mesón del Poeta, en la reconocida Calle del Comercio en Jericó, otro rincón donde el pueblo se sienta a conversar y a merendar.
Los turrones, los pasteles Gloria -pequeñas joyas de hojaldre rellenas de dulce de guayaba y, en ocasiones, de queso-; mientras tanto los piononos, rollos de bizcocho suave colmados de arequipe, crema o frutas, tan delicados que prácticamente se deshacen en la boca, o los moros -un pastelito esponjoso, en forma de corazón, pollo, rana, cerdo o cualquier figurita, relleno de crema y que bañan con un delicado glaseado- hacen parte del repertorio de dos nombres que cualquier persona de esta zona del país reconoce: Pastelería Santa Elena y Repostería Astor. Negocios de trayectoria donde varias generaciones han celebrado cumpleaños, comprado un detalle para llevar a casa o simplemente escoltar la tarde con una buena taza de café. Además de El Poblado y el Centro, el más típico, es posible encontrarlos en diferentes sectores de Medellín y también en los aeropuertos que conectan al departamento con el resto del país.
Ahora, el pastel de pollo de la Repostería Astor representa una verdadera joya de esa cocina de mostrador que Medellín ha sabido querer; es, en esencia, una pequeña cápsula de nostalgia. Se trata de una masa sutil y honesta que encuentra en las verduras su mejor aliada. Su encanto se atribuye a esa voluntad de perdurar inalterable, vinculando el calor de lo hogareño con una urbe que va a toda velocidad.
Si lo tuyo son las bebidas tradicionales, la aguapanela nunca falla, fría o caliente, vale la pena. Del mismo modo la chicha de maíz, fermentada y ancestral, o el guandolo, una bebida refrescante hecha con panela y limón, de color ámbar claro que aporta un equilibrio delicioso entre lo dulce y lo cítrico.
Llegando a Marinilla vale la pena hacer una pausa por una aromática de manzanilla. Además de su sabor delicado, suele disfrutarse por sus propiedades digestivas y relajantes, en especial después de una buena comida. Y si el plan incluye café, en Le Montañeré, en El Retiro, en Medellín, cada taza invita a descubrir los aromas y matices del café de origen.
En Entrerríos, a un tris de San Pedro, el aire de las tardes huele a panela hirviendo con canela y clavo mucho antes de asomarse al fogón. De ahí sale la cuca, oscura y compacta, más parecida a una torta que a una galleta, hija de la misma receta que la familia Marín Pérez custodia desde 1920 y que el municipio ya declaró patrimonio gastronómico. En Las Cucas de Entrerríos, la panadería donde nació, llega aún caliente del horno, todavía mantecosa, lista para mojarse en un tinto cargado o en leche que salió de la vaca esa misma madrugada. Un solo mordisco y confirmas que esta galleta es la reina sin rival.
Otra alternativa que te proponemos es el café Retiro, en el municipio de El Retiro, a 45 minutos del oriente de Medellín. Quienes lo han probado aseguran que es de lo mejor del país que se han bebido sorbo a sorbo. Es un verdadero imperdible.
Y en las mismas montañas, esta vez desde Jericó también llegan los dulces El Jericoano, elaborados con cardamomo y con una buena dosis de aguante y templanza. Desde hace alrededor de quince años, la familia Marín mantiene su taller artesanal, donde hoy elaboran once sabores distintos de confite, cortados con cuidado y envueltos en papel transparente, además de bombones y colaciones donde el pueblo entero se lleva su aroma envuelto para el camino.
En La Casa de Vero, el merengón amerita preparar el fin del recorrido. Se elabora con capas de merengue crocante, crema y frutas frescas que crean un contraste irresistible entre lo sublime y lo efímero. Los de allí, vienen con fresas. Obligatorio pedir una cucharada más.
Insistimos en el cierre que mantiene la dedicación por el detalle. Es por ello que Real Vegetal conserva el mismo cuidado por el origen, y entonces, llega a la alfombra roja el cheesecake de marañón, con base de frutos secos y coco, acompañado de mermelada de mora para ofrecer una alternativa ligera y libre de gluten.
Y termina de armonizar la fiesta y de manera vistosa, el brownie con helado, servido con helado de vainilla, arequipe de maní y semillas de calabaza, un contraste radical y conmovedor.
Más allá del menú, son los pequeños gestos los que revelan la verdadera singularidad del lugar. La contraseña del wifi, “sincrueldad”, resume la filosofía que impregna todo el proyecto. Esa misma convicción asoma en el uniforme del equipo, sobre el bolsillo izquierdo, un corazón bordado acompaña la frase en honor a las vacas. Dos características aparentemente menores que, en realidad, son una declaración de principios, hablan el mismo lenguaje y sostienen esta aventura. Los lunes no abren al público.
Y, desde luego, este terruño le rinde culto al Aguardiente Antioqueño. Tapa azul, tapa verde o tapa roja: cualquiera puede ser la excusa perfecta para levantar la copa por los kilómetros que hacen falta por recorrer y celebrar todo lo bueno que siempre tiene reservado para ti este pueblo pujante. ¡Salud, ome!

La Red Turística de Pueblos Patrimonio de Colombia es un programa especial del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, ejecutado por FONTUR, que trabaja con 17 municipios de Colombia que poseen declaratoria de Bien de Interés Cultural (BIC) a nivel nacional para su valoración y proyección mediante el turismo, generando así más oportunidades de desarrollo y sostenibilidad en las comunidades.
La Medalla a la Maestría Artesanal es un galardón que Artesanías de Colombia entrega anualmente, con el cual se hace un reconocimiento a aquellos artesanos, empresas y comunidades artesanales que, contando con una trayectoria destacada, sobresalen a nivel nacional por su excelencia en el oficio así como por preservar el quehacer artesanal.

Es un signo distintivo que identifica productos reconocidos o famosos por tener una calidad o características específicas derivadas esencialmente del lugar de origen y la forma tradicional de extracción, elaboración y producción por parte de sus habitantes. La protección conferida sobre una Denominación de Origen implica que ninguna persona puede identificar con la denominación protegida productos iguales o similares a los amparados, cuando no provengan del verdadero lugar y no cumplan con las características o calidades que le han dado la reputación al producto reconocido. Las Denominaciones de Origen para productos artesanales colombianos que han sido protegidas por la Superintendencia de Industria y Comercio en nuestro país son actualmente 13.
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