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Dora María Cándia

Taller: Artesanías Dora
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta del Barro
Ubicación: El Guamo, Tolima


CONTACTO

  Carrera 5 # 1-127 barrio el Carmen Guamo, Tolima
  310 2399326
  nicolnatalia1029@gmail.com

La gente le pregunta que si después de 60 años de hacer sombreros no se siente aburrida. Ella, sin dudarlo, contesta que no y, por el contrario, celebra que todavía tenga la agilidad y la dicha para seguirlos tejiendo. Dora Candia, con sus más de setenta, se dice jocosamente “cuchibarbie”, habla con serenidad y alegría y se sabe la continuadora de un legado que empezaron sus abuelos maternos, Cleotilde Tocora y Wenceslao Candia, quienes descubrieron en la palma real la materia prima para resolver, en primera instancia, el techo bajo el cual vivir y al que muchas familias campesinas recurrieron por décadas para cubrirse del frío y la lluvia y que, luego, se convertiría en la fibra para hacer los famosos sombreros tolimenses. De esto estamos hablando de hace más de siglo y medio, pues su ascendencia ha sido tremendamente longeva y, para la muestra, nos cuenta que su madre, Isabel Candia, la heredera directa de la tradición, vivió 90 años, y ya murió hace una década.

Dora habla de la palma real como algo cercano, cómo no si a ésta le ha dedicado su vida y sus manos. También de esta palma real nació la insignia del Corpus Christi, esa que se eleva en oración durante el Domingo de Ramos. Además, como reiterando su importancia, nos recuerda que de la palma se extraen unos frutos, los cuescos, con los cuales se produce un aceite que alivia los problemas bronquiales. “Para todo esto sirve la palma real”, dice orgullosa, sin dejar de mencionar que, en todo caso, es un árbol que hay que proteger a toda costa y no confundirlo, como se ha hecho creyendo que es palma de aceite, lo que ha llevado a cortarla indiscriminadamente. Y esto sí que es una tragedia, pues el tiempo que se tarda una palma real en estar lista y lo suficientemente gruesa para producir la fibra que se necesita para tejer, es de, por lo menos, 20 años.

Cuenta que allá, muy arriba y a lo alto de su tallo único, es de donde se extrae la fibra que viene enrollada en lo que se conoce como un cogollo y que los artesanos han bautizado, espiritualmente, como “el ramo”. De allí salen sus hojas, esas que “se ponen todas frondosas”, y las mismas que se extienden y hay que hacerles todo un tratamiento para poder, luego, elaborar las artesanías. Se refiere con devoción a la extracción, su secado, cocción y trabajo, para dejar lista la fibra para tejer. Recuerda, eso sí, que descubrir cuál era la mejor manera de manipularla solo se dio por los años de trabajo y cómo para la comunidad fue toda una hazaña descubrir que desorillando la fibra y cocinándola se lograría el color beige claro que la ha hecho famosa. Aclara todo esto porque antes de que los sombreros se hicieran de esta manera, simplemente se bajaba el cogollo y se tejía en crudo.

Si bien para nosotros hoy es normal hablar de la comunidad tejedora de El Guamo, ella recuerda que en los tiempos de sus abuelos, e incluso en los de su madre, eran muy pocos los artesanos que había en esta región. Esa memoria parece lejana frente a un lugar que se ha ganado el reconocimiento de muchos por la destreza de sus tejedoras, y de ella en particular, quien en 2004 se lanzó a hacer con la palma real 21 vestidos de las mujeres que concursarían en el Reinado Nacional de la Belleza y que quedaron grabados en el imaginario colectivo como algo extraordinario. De hecho, se pone feliz al saber que la han visitado de 13 países para ver ese prodigio natural hecho moda.

Mucho ha pasado por su vida desde que iba los días de mercado a vender los sombreros que hacían en la casa de sus papás. Recita que pasaban por El Espinal, Natagaima, Coyaima o Girardot, y que iban a Purificación los sábados y a Ortega los domingos o siguiendo la romería de las festividades religiosas y los tiempos de cosecha. Ha sido una vida larga y dedicada y, sin duda trabajosa, aunque agradece que el tejido siempre le permitió ponerles a sus hijos un plato de comida en la mesa. Dora se siente realizada y para ella no hay final ni descanso a la vista. Sigue tejiendo, sin freno y con alegría.