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Elva Jay de Archibold

Taller: Memorias en las manos
Oficio: Trabajo en tela
Ruta: Ruta San Andrés
Ubicación: San Andrés, San Andrés y Providencia, San Andrés


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  Saint Luis Flat Farm, diagonal a sol Caribe Playa (tiene nombre de ella escrito en la pared), San Andrés, San Andrés y Providencia
  3153035684

Miss Elva sabe que sus apellidos vienen de lejos. El Jay paterno viene de la China y el Robinson materno viene del Reino Unido. Ella nació en Providencia, pero desde muy joven se fue para la isla de San Andrés. En 1946 la misión Capuchina había fundado el Colegio La Sagrada Familia, así que cuando Miss Elva estuvo en edad de estudiar, entrada la década de 1950, allá la enviaron para que se evangelizara y aprendiera español. Con las hermanas, como parte de sus días en el internado, aprendió, como todo el resto de las niñas, a coser y a bordar.

Ese es su recuerdo más lejano del arte al que le consagró la vida. Miss Elva es referencia en el oficio del patchwork en San Andrés, esa maestría en el juntar, como ella lo hace, milimétrica y ordenadamente, cuadritos de tela para hacer con ellos grandes telas que se volverán una colcha, una cortina, un cogeollas, una falda o una cartera. Haciéndolo se le pasan las horas y los días y, así, se le han sumado las décadas.

Técnica en Confección y Artesanía del Sena, Miss Elva le consagró la vida a esta institución como profesora de todos sus conocimientos. Le regaló su vieja máquina de pedal Alfa a su hija con la ilusión de que le siga los pasos y sigue siendo una habilidosa maestra de la aguja. Ha tenido innumerables aprendices y sabe que sus tardes son felices si se sienta a recibir la brisa junto con un pedazo de tela y unas amigas con las cuales conversar y reír mientras cosen. Al tener máquina, también les brinda esta herramienta a sus aprendices para que sigan creciendo en su oficio.

Recuerda a su madre cosiéndole colchas lindas a las hijas, a esas cuatro muchachas entre ocho varones, y a quienes les enseñó a coser. Eran los regalos que se hacían y que se recibían con toda la alegría del mundo. Porque no solo eran bellas, sino que se sabía el inmenso trabajo que tenían detrás. Solo viéndolo uno entiende que una colcha en patchwork es una forma del querer. Así, se ve, de niña, doblándole las punticas a los cuadros que su mamá cosería a continuación. Al hacerlo nunca se imaginó que serían luego sus discípulas quienes le pasarían a ella los cuadritos listos para formar un dibujo.

Verla coser es un deleite y una lección de paciencia. Corta cada cuadrito de 3 x 3 centímetros, o de 4 x 4 o de 5 x 5, y haciéndoles un borde con la mano, va organizándolos uno a uno con la aguja, hasta llegar a la pieza que se propone. Otro nivel es mirarla hacer rosetas, otra técnica del patchwork que consiste en hacer unas rositas, jalando el hilo hacia el centro del cuadro, frunciéndolo para formar florecitas, y, uno a uno, pegarlos hasta hacer una pieza. Un cojín, por ejemplo, de 40 x 40 centímetros, puede llegar a tener 64 florecitas, cada una hecha a mano.

Muchos tienen sus colchas, varios hoteles las tienen como su bien más preciado y el último encargo que le hicieron fueron las cortinas de su iglesia, la Emmanuel Baptist Church, de donde es directora del comité de decoración. Basta mirar bien para encontrarla desplegada en todos eso cuadritos, todo un patchwork con historias de vida de la isla de San Andrés.

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