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Jesús Antonio Gómez

Taller: Genios Artesanales
Oficio: Trabajos en madera
Ruta: Ruta Cauca Patrimonial
Ubicación: Timbío, Cauca


Jesús quería ser médico pero, por cosas de la vida, terminó dedicado a las artesanías. Por cuenta de ese sueño de meterse en los quirófanos, viajó al Cauca, pues allí estaba la facultad de Medicina en la que quería matricularse. En 1979 se cambió de ciudad y de su Ubaté natal terminó en otro paisaje muy distinto al suyo. Sin embargo, Popayán resultó imposible para él y, definitivamente, no pudo estudiar, así que miró cómo no frustrar su decisión de iniciar una nueva vida en otras latitudes.

No podía regresarse a Cundinamarca con la frente agachada. Allí fue cuando encontró que Timbío, cerquita de la capital caucana, se le abría como una oportunidad. La necesidad lo llevó a acercarse a un artesano que hacía biombos, con quien aprendió las bases de la ebanistería, pero quien, al verlo cual discípulo superando al maestro, lo despachó rapidito pues no se aguantó la competencia. Tuvo suerte porque dio con otro tallador que le siguió enseñando y así, trabajando parejo, pudo llevar el pan para alimentar a su señora y a su primer hijo.

Empezó haciendo repisas y servilleteros y decoraba piezas de tríplex con figuras pirograbadas, la Ermita o la Torre del Reloj de Popayán, figuras que vendía en mercadillos callejeros con “los que pagaba el arriendo”, como recuerda. También hizo las frutas de madera que estuvieron de moda durante tantos años. Pero el deseo por hacer esos biombos que tanto le habían gustado siguió intacto y no paró hasta aprender a tallarlos a la perfección, como hoy podemos decirlo sin sombra de duda.

Jesús es uno de los artesanos colombianos que domina este arte con inmensa maestría, al punto que en 1996, con un biombo de cedro, se ganó un concurso que le impuso el Sello Calidad Hecho a Mano a su producto. Basta ver el que llamó “jardinero”, plagado de flores detalladas, hojas, muchas hojas, y tallos de distintas alturas, todas caladas a mano, para darse cuenta del inmenso trabajo que llevan estas piezas que pueden tardarse 45 días en su elaboración minuciosa. Para llegar a hacerlo probó mucho tiempo y con muchas maderas distintas.

Hoy se enorgullece de llevar más de 40 años en el oficio y habla con soltura de ese dominio de las maderas blandas, todas las variedades del pino, el urapán, el guayacán o el granadillo, e incluso trabajó por tiempo la madera de café, siempre recuperando aquellos restos que, de otra manera, terminarían en el fuego. De este ejercicio disciplinado lo pone orgulloso saber que su taller se ha convertido en una escuela y que tiene un muchacho que se está convirtiendo en su heredero en el calado en segueta, así como varias chicas que han aprendido a tallar espléndidamente.

A todos, les hace él los acabados. Por si fuera poco, también domina el torno, y con él se ha dedicado a recuperar los juegos tradicionales de madera, deleite en forma de yoyos, trompos y cocas, de todos los tamaños y formas. Jesús es feliz de saber que hizo su vida a machetazos, a “trancazos”, inventándose las herramientas y las máquinas rústicas con las que trabaja; con todo se siente realizado, y aunque el sueño le cambió, se le convirtió en otro que ha podido cumplir con alegría y satisfacción.