
Tico Yesmid Gifichui Buinaje es el secretario de la AZICATCH, la Asociación Zonal Indígena de Cabildos y Autoridades Tradicionales de La Chorrera, que hace parte del Resguardo Predio Putumayo. Su esfuerzo, el de su equipo de trabajo y el de los cuatro pueblos se ve reflejado en una exposición itinerante y en la Casa de la memoria viva de los hijos del tabaco, la coca y la yuca dulce
En el mes de noviembre de 2024, el Centro de Investigación y Documentación para la Artesanía, CENDAR, de Artesanías de Colombia S. A. -BIC visitó a la comunidad de La Chorrera ubicada sobre el río Igara Paraná, en el departamento del Amazonas. Buscábamos un acercamiento a las dinámicas artesanales de los llamados cuatro pueblos de centro —los uitotos, municas, boras, muinanes y okainas—. En el marco de este encuentro, conversamos con Tico Yesmid Gifichui Buinaje, el secretario de la Asociación Zonal Indígena de Cabildos y Autoridades Tradicionales de La Chorrera (AZICATCH), perteneciente al Resguardo Predio Putumayo. Gracias a su guía, conocimos cómo ha trabajado la comunidad para desarrollar una exposición itinerante y el museo comunitario. También, nos acercamos a su relación con la dinámica de lo que fue la época de las caucherías y de La Casa Arana, una compañía peruana que entre 1902 y 1932 sometió a las comunidades de la región a procesos de esclavitud para la extracción del caucho. La empresa levantó esta casa, o sede, cuya estructura sigue en pie, aunque con nuevos sentidos y propósitos.
Tico ¿nos puedes contar quién eres?
Mi nombre es Tico Yesbir Hibichi Uinaje. Soy del pueblo bora, claro que mi mamá es uitota, así que tengo las dos culturas, y de la comunidad de Providencia, una comunidad que queda a seis horas de la comunidad de La Chorrera, que es territorio del pueblo bora. Actualmente, vivo en La Chorrera, en este espacio representativo que es el cabildo del Resguardo Predio Putumayo. Estoy de lleno en este territorio.
¿En dónde vivías antes? Estuve varios años fuera del territorio. Como cualquier joven, después de salir de la escuela, quería seguir estudiando en la universidad, pero, con las posibilidades de acá, nuestros papás no alcanzan a brindarnos ese sueño. Para el año 2010, yo salí de aquí hacia Leticia durante un año y luego me fui para Bogotá con el sueño de estudiar en la Universidad Nacional. Me presenté en varias oportunidades. No pasé, pero estuve mucho tiempo allá, casi diez u once años.
¿Y qué querías estudiar?
Ingeniería ambiental, ese era mi sueño. Puse todo mi esfuerzo y no me arrepiento de eso. De pronto por eso me resigné y dije: “Tal vez no es lo mío. Me voy a dedicar a otras cosas”. Trabajé en Bogotá por varios años y la verdad creo que dejé una buena referencia de nuestra comunidad. A mí siempre me decían “Bueno, bueno, otro muchacho de por allá”, pero no había nadie más. La experiencia fue buena porque uno conoce esa otra cultura y aprende a vivir con ella y, también, a incrustar cosas positivas a la de uno.
¿En qué trabajaste en Bogotá?
La mayor parte del tiempo trabajé en empresas de mensajería. Estuve seis años como auxiliar de los que andan en los carros. Luego, pasé a otra empresa, pero ya solo en la bodega. Por eso es que digo que conozco Bogotá como la palma de mi mano.
¿Y por qué decidiste regresar al territorio?
Tico Gifichui en la exposición itinerante, ubicada por ahora en la Casa de Gobierno de La Chorrera en el Amazonas. Foto: Michelle Olarte García. Precisamente, en ese tiempo, el COVID estaba pegando fuerte. Sinceramente, viendo todos esos problemas, uno piensa en la familia, en cómo estarán los papás. Así que reflexionaba: “¿Qué tal por acá y me muera yo o se mueran ellos?”. Y dije: “¡Pues me voy!”.
Gracias a Dios, en Bogotá, nunca me quedé sin trabajo. Como estaba en mensajería, éramos uno de los grupos privilegiados y nunca paramos. Siempre tuvimos el permiso porque si se muere la mensajería, se muere todo, ¿verdad? Entonces, tenía de dónde sustentarme. De hecho, alcancé a ayudar a varias familias con un mercadito. Recuerdo mucho que en plena Semana Santa del 2020 me dio COVID, pero fue leve y solo estuve 15 días mal. También me llegó la noticia de que mi papá estaba enfermo del coronavirus y no se había recuperado bien. Él quedó con algunas secuelas y se estaba complicando su salud. Así que decidí venir a verlo a La Chorrera. Eso fue lo que me motivó prácticamente a venirme desde allá. Llegué y me quedé con mis papás ayudando con los trabajos que siempre hacemos en la casa: la pesca, la cacería, el mambeo.
¿Por qué te postulaste como secretario de la AZICATCH?
Cuando regresé, de estar escuchando en las noches las narraciones en momentos como el mambeo, se me fue entrando el aire de participar en los espacios representativos del territorio. Y ya en una de las reuniones que tuvimos con el pueblo, les dije que quería postularme como candidato a secretario y les pregunté si me daban el aval para ser candidato. Ellos miran las capacidades y deciden si dan el permiso, y recibí mucho apoyo. Estuve más o menos un año aquí, en La Chorrera, y luego volví a Bogotá de diciembre del 2021 hasta mayo del 2022. ¿Cómo estuvo el regreso a Bogotá? Ya no era el mismo. Me sentía muy incómodo y decidí volver al territorio. Todo estaba caro y había cambiado, ya no era la Bogotá de antes. No me acostumbré o de pronto fue porque llegué de territorio, y el territorio de uno es tranquilo. Volver a sentir esa dinámica de Bogotá fue un impacto fuerte y dije: “Como que esto ya no es conmigo”. Todavía me asombro y pienso: “¿Pero cómo fue que me aguanté diez años?”
Uno llega acá y es otro ritmo, es todo tan diferente…
Sí. Mira que muchos compañeros me decían cuando yo venía para acá a visitar a mis papás: “Bueno, Tico, usted se va a descansar”. Pero no solo era descansar de mi trabajo, sino también de pagar arriendos, luz, agua. ¡Ah, no! Aquí, para la comida, yo salgo y pesco o voy al monte y hago cacería y ya estoy comiendo, ¿no? Si quiero preparar un pedazo de casabe, voy pa la chagra. Acá por lo menos uno se lanza al río y se toma un bocado de agua. De pronto, nos enfermamos un día, pero, de morir, no nos morimos. Acá todo es sano y todavía uno tiene la confianza de tomarse un bocado de agua, no como en otros territorios que ya el agua es peligrosa, tristemente peligrosa.
Entonces, regresas en 2022, te postulas como secretario y tienes el apoyo.
Tuve el apoyo de la comunidad y de los compañeros que en cierto tiempo estuvieron conmigo en la escuela. Somos esa generación que en ese entonces éramos muchachos, luego maduramos, nos encontramos y, al mismo tiempo, nos postulamos a varios cargos del cabildo. Por eso es que somos un equipo muy fuerte. Como lo pudiste ver: llegaron los mismos compañeros a apoyarme. Uno se siente fuerte porque nos conocemos desde niños. Eso es lo bonito de nosotros: somos los que estuvimos jugando en el patio, en la cancha del colegio, los que en el salón discutíamos sobre qué era el territorio. Y ahora estamos ya en una etapa de no solamente discutir, sino, también, visionar qué es lo que vamos a hacer. Somos los mismos que ahora estamos afrontando los grandes retos de este trabajo que no es nada sencillo. La verdad, nosotros somos muy jóvenes para estar aquí, pero recogemos el pensamiento de los abuelos y buscamos relacionarlo con la realidad. Eso es lo bonito de nosotros.
Cuéntanos cuál es el nombre del museo en el que están trabajando y cuándo surgió la idea. El museo se llama Casa de la memoria viva de los hijos del tabaco, la coca y la yuca dulce y nació hace muchos años. Inicialmente, surgió como una propuesta que se le hizo al Centro Nacional de Memoria Histórica para construir unas edificaciones que iban a funcionar netamente como museo. Nos dijeron, directamente, que hacer un museo acá como el que se tiene en las grandes ciudades es imposible y que no se contaba con el recurso. Entonces, cuando llegaron del Ministerio de Cultura y del Programa Nacional de Concertación Cultural se les planteó hacer una sala museo que llamamos la Casa Arana. Nos lo aprobaron porque ya teníamos una propuesta en la que incluíamos la construcción de unas edificaciones con espacios para mambeaderos y espacios que representan a los cuatro pueblos; a los uitotos municas, okainas, boras y muinanes. Esto no nació en el 2023. Es un proceso que traen otros líderes de atrás, pero nosotros lo acogimos y ya lo estamos haciendo realidad.
Ahorita planteamos el museo como la fase de la Casa Arana para hacer la propuesta más dinámica. Hasta 2023, solo se tenía la casa como parte de la institución educativa de la comunidad, del colegio indígena Casa del Conocimiento, que también es un internado. En ese espacio están las oficinas del colegio, los dormitorios de quienes viven lejos del centro y los salones junto a otros espacios abandonados. Así que estamos pensando en implementar otras iniciativas dentro de la casa.
Cuéntanos qué otras personas de la comunidad han estado en este proceso del museo y de la exposición. Estamos Juan Carlos Gittoma Maribba, Manuel Gerardo Sueche Cañube y Uatan Teteye Botyay. Con ellos, precisamente estuvimos hablando en un recorrido por la comunidad. Mis compañeros me decían: “Bueno, Tico, ¿aquí por qué no podemos aparecer nosotros? ¿Por qué cuando se muestra y se habla de las iniciativas culturales nosotros no somos nombrados?” Y yo les respondía a ellos: “Eso es lo que yo también digo: aquí tiene que aparecer toda la generación que decidió luchar y que está aquí en el territorio”.
Entonces, ¿el museo Casa de la memoria viva de los hijos del tabaco, la coca y la yuca es un proyecto de todos?
Claro que sí y ese es un buen punto. Yo siempre le he dicho a las personas con las que hemos hablado: no sientan que el museo es de la secretaría de la AZICATCH. Este museo es de todos. Se le ha explicado a la gente de qué se trata la iniciativa en asambleas, junto a las autoridades, para que todos se apropien del lugar. Hemos hablado de que si tienen algún elemento para aportar, lo pueden hacer. Por eso ahí están los cuatro pueblos: el pueblo uitoto munica de la Chorrera, el pueblo okaina, el pueblo bora y el pueblo muinane. La idea no es que compita un pueblo con el otro a ver quién hace las cosas más bonitas. No, la idea es representar lo que cada uno es.
¿Y las mujeres cómo participan en el proyecto?
En el museo tenemos el espacio de las artesanas y las abuelas. Y, en lo que exponemos, se ve reflejada la mujer tanto en las artesanías, tejidos y canastos como en las prácticas culturales que mostramos. Siempre son incluidas en todo el espacio comunitario porque las mujeres son la parte fundamental de nosotros los pueblos indígenas, empezando en la maloca. Por ejemplo, si no está la abuela, el abuelo no va a poder mantener solo la maloca. Si no está la abuela, no va a haber caguana para tomar, y la caguana es la que lo hidrata a uno. También, hay mujeres en el equipo de trabajo del cabildo. Tenemos a la secretaria de Educación, a la de Salud y a la de Género y Familia.
Pensar en la Casa Arana como el lugar del museo es una oportunidad muy bonita para resignificar su historia.
Totalmente. Nosotros hablamos mucho de la resignificación, de la visibilización. Anteriormente, nuestros abuelos nos decían: “Los conocimientos de nosotros no tenemos por qué irlos a dar en entrevistas o contarlos en periódicos o en revistas”. Y se mantenían los conocimientos muy reservados. Pero ahora nosotros sentimos la necesidad de visibilizarlos para que la misma sociedad se dé cuenta de nuestra historia, de que estamos resistiendo a todas las dificultades que tuvimos y que aquí estamos; eso es lo que queremos. Entonces, ahora nuestros mayores ya nos dicen: “Bueno, les damos la autorización para que busquen otros espacios, para que vengan y nos conozcan, para que seamos nosotros los que mostremos nuestra cultura, cómo hacemos artesanías, cuáles son nuestras narraciones”. ¿Nunca se pensó en echar abajo la Casa Arana? No, nunca. La Casa Arana como tal es una historia triste. Pero, en este momento, tenemos en la memoria esos hechos como algo histórico que pasó allí. Ahora, la casa es el espacio para nosotros resurgir. Ya se hizo un evento por allá en el año 2012. Se cerró el canasto de la tristeza y ahí mismo se abrió el canasto de la abundancia, que es lo que estábamos viendo. Todotiene un proceso, todo tiene un orden.

Qué bonito es eso que dices. Uatan Teteye Botyay, Juan Carlos Gittoma, Manuel Geraldo Sueche y Tico Yesmid Gifichui hacen parte de la secretaría de Cultura de La Chorrera. Fotos: Michelle Olarte García. Nosotros no hablamos porque se nos dio por decir algo, sino porque tuvimos la guía de los mayores. Entonces, en ese tiempo, se cerró el canasto de la tristeza y ellos nos dijeron que no habláramos más de la Casa Arana como una historia triste, sino que abriéramos el canasto de la abundancia para que llegaran programas y proyectos para implementar con la comunidad.
Nunca hemos pensado en demolerla o quitarla de ahí, sabemos lo valiosa que es. Yo creo que es uno de los atractivos que tenemos nosotros. Cualquiera que llegue a este territorio pregunta por la Casa Arana. Es un potencial que tenemos aparte de muchas otras cosas. Después de todo lo que pasó, somos afortunados. Cuando ven los resultados muchos dicen: “Pero bueno, ¿ustedes cómo hacen para que lleguen tantas instituciones del gobierno nacional?”. Y se quedan asombrados porque somos puros pelados al frente de la dirigencia.
Yo creo que esa obediencia que nos inculcaron los mayores es lo que nos hace fuertes, porque cuando uno no escucha a los mayores, pues uno se descarrila, hace cualquier cosa y falla. Pero, en cambio, aquí nosotros vamos por donde ellos nos dicen: “Por aquí debe ser, usted debe hablar así, esto dice el abuelo”. Y por ahí vamos. O “Esto dice el consejo o eso no está mucho de consejo”. Entonces, es por ese camino por donde vamos, y qué bonito que es.
Cuéntanos sobre la exposición itinerante que se encuentra en el espacio temporal del museo. Es lo que se está contemplado para el proyecto que será instalado en la Casa Arana. Pero, como por el momento la casa está en remodelaciones, y para cumplir con las fechas, propusimos, a concertación con el Ministerio de Cultura, hacer un espacio alterno como una exposición itinerante. Es por eso que la muestra se tiene en este momento en la Casa de Gobierno, y la gente sí ha visitado el espacio. La verdad es muy provechosa la iniciativa. La misma gente está contenta.
¿Qué hay en la exposición? ¿Cómo se creó? ¿Qué encuentra un visitante?
La exposición está contemplada de acuerdo a los conocimientos de los uitotos municas, okainas, boras y muinanes. Estamos reunidos los cuatro pueblos de este territorio, que defendemos la tierra, que mantenemos nuestras costumbres y que por siempre vamos a estar aquí. Tiene un espacio que es el de la Memoria viva, y otro que recoge la bibliografía, los trabajos que se han hecho. En la Memoria viva, tenemos las propias vivencias de los cuatro pueblos. Allí encontramos artesanías, trajes típicos para los bailes tradicionales, cerámica. Es algo muy impresionante y con las formas de hacer de cada pueblo. Por ejemplo, para hacer un casabe, el pueblo uitoto y el pueblo bora hacen dos cosas muy distintas. Pero al final llegamos a un punto de acuerdo cuando vamos a defender una espiritualidad, un sentimiento de pertenencia y de hermandad con el territorio.
También hay un Centro de Unidad que es el espacio del mambeadero. A ese espacio vamos, nos unimos, nos armonizamos y hablamos con el mismo lenguaje espiritual. Cada uno tiene sus propios dialectos, pero allí, en ese espacio, es donde vamos a armonizar todos de la misma forma, consumimos el mismo ambil, el mismo mambe, el mismo tabaco.
En la exposición también está la yuca dulce, un elemento que los cuatro pueblos compartimos. La yuca dulce significa la mujer, y es la mujer quien endulza. La yuca dulce es un jugo y se tiene que servir frío para que endulce a la persona. Si usted le da a alguien un vaso o una totuma caliente, ya tiene otro significado. Es la yuca dulce, la que en un momento ya no está caliente, la que es esencia de la mujer indígena. Desde estos cuatro pueblos es que estamos aquí, en el territorio, en el museo.
Escuché las expresiones “endulzar la palabra” y “amanecer la palabra”, ¿qué significan? Endulzar la palabra es cuando los abuelos cogen esa maldición, puede ser una enfermedad, y la endulzan. ¿Cómo la endulzan? Con sus rituales, sus propios rezos especiales que hacen al padre creador, decimos nosotros al abuelo tabaco de vida. Para nosotros el abuelo tabaco de vida es el padre creador, o sea a él se le pide que endulce ese mal que está en el territorio, que está con X persona. Y el amanecer la palabra es como decir que tengo una agenda y mañana vamos a hacer esto. Entonces, en la noche, lo planteo y en el día ya hago la actividad. Eso es amanecer la palabra.
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