
Nacida en Patio de Ciencia Dulce, una comunidad de familias uitoto muina murui ubicada en el corregimiento de Tarapacá del Amazonas, Katy Morales ha pasado sus días entre la educación que le dio su madre, Kasia Morales, y la de su abuela, Tomasa Morales Soria. Estas dos mujeres de la selva le enseñaron los tres pilares que sostienen su vida hoy en día: la chagra, las artesanías y la gastronomía tradicional. Aunque Katy ya no vive en su comunidad natal, su esencia está arraigada profundamente a cada palmo de esos terrenos que la vieron crecer. Actualmente, reside en Leticia, la capital del Amazonas colombiano, pero sus pasos siguen cruzando el umbral invisible entre esta urbe y su comunidad ancestral. El vínculo que mantiene con su gente y su tierra es tan fuerte que continúa liderando un legado que va más allá de lo material y reúne las historias, los saberes y las técnicas que heredaron sus manos. Katy no recuerda el momento específico en el que comenzó a trabajar con la chambira o el bejuco, materias primas fundamentales en su quehacer diario. “Siempre he trabajado con mi abuela y mi mamá. Ellas son mis maestras”, cuenta con orgullo. Su aprendizaje no fue en un salón de clases. En su familia, los conocimientos se transmiten de forma oral, entre palabras y silencios cargados de historia. “Mi abuela me decía ‘mija, venga’ y me enseñaba con la palabra y señalaba lo que debía hacer. Con mi mamá fue igual: mirar, observar y aprender”, recuerda Katy, mientras evoca los paseos a la chagra, donde la sabiduría del manejo de las plantas también era parte del legado que le transmitían. Hoy en día, Katy lidera Kasia, Turismo de Bienestar y Artesanías, una organización que comenzó su madre en 2018 y que, desde entonces, ha crecido bajo su joven dirección. Lo que comenzó como un grupo artesanal pequeño en el Kilómetro 11 vía Leticia, se ha expandido a la comunidad de Nazareth, donde otras mujeres han sido incluidas en este círculo de sabiduría y tejido. Entre las integrantes, una madre y sus cuatro hijas no solo tejen, sino que también cultivan la chambira para contribuir a la reforestación de la palma. La organización está conformada por más de 25 mujeres, quienes, como Katy, continúan con la tradición de las artesanías elaboradas en fibra natural. Hay algo especial en Katy y en su madre, algo que las diferencia. Son tejedoras, pero también guardianas de un saber ancestral: la extracción de colores naturales de las plantas. Kasia Morales, su madre, es reconocida por proteger estos conocimientos, que se ha encargado de perfeccionar a lo largo de los años. Su trabajo es famoso, y no es raro que otras comunidades busquen su guía para aprender de sus secretos. Fue Kasia quien desarrolló la famosa mochila chiruy, con un tejido que recuerda la imagen de un pez en una quebrada, y que simboliza el ciclo continuo de la vida en la selva. Aunque muchas mujeres de la comunidad tejen la chiruy, ninguna lo hace como ella, pues Kasia lleva casi 25 años dedicada a esta técnica.
Hay algo especial en Katy y en su madre, algo que las diferencia. Son tejedoras, pero, también, guardianas de un saber ancestral: la extracción de colores naturales de las plantas.
En cada fibra y en cada mochila que teje Kasia hay algo más que una artesanía: hay vida. Por eso, cada vez que va a la chagra sabe que debe pedir permiso antes de cosechar la chambira. Ella dice que esta planta siempre está protegida por Yaire, una culebrita que cuida de las plantas, y por Tintin, un pequeño roedor que siembra las mejores palmas. Cree que la cosecha no se trata de ir, cortar y tomar lo que ofrece la naturaleza. Es recolectar con respeto sintiendo la conexión profunda, porque, como bien dice Katy, “respetar ese orden es lo que te hace persona”
La vida de Katy no se detiene en lo artesanal. Al trasladarse a Leticia, encontró nuevas posibilidades. Junto a su esposo, comenzó a construir un hospedaje, su proyecto personal más grande hasta la fecha. Pero este cambio de residencia no la aleja de la comunidad. Al contrario, le permite tejer puentes entre el turismo y las tradiciones que tanto cuida, mientras sigue dividida entre la comunidad y la vida en Leticia. La historia de Katy también es una historia de liderazgo. Desde los 14 años, comenzó a dirigir a los jóvenes de su comunidad; organizaba juegos tradicionales y actividades para rescatar la cultura. Con el tiempo, trabajó como agente educativa recorriendo otras comunidades, hasta que, finalmente, encontró su vocación en la elaboración de las artesanías junto a su madre. Hoy, tras más de una década de trabajo en este campo, Katy tiene un rol como protectora de la tradición y promotora de la modernización en su comunidad. Ella documenta y traduce lo que le enseñaron las mujeres de su familia. El objetivo es asegurar que no se pierdan las historias y el conocimiento. Katy es una mujer que teje historias, hilos y caminos. Mientras las manos trabajan con la chambira, la mente está entre dos mundos: uno es el de su comunidad ancestral, con culebritas y roedores guardianes, y el otro es el de un futuro que ella misma está creando, compuesto por turismo, artesanías y, sobre todo, respeto por la selva que le ha dado todo aquello que la ha rodeado
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