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La artesanía de Antonila Ramos, una tradición viva

 

Luis Aldemar Rodríguez Cifuentes

Antonila Ramos Bautista camina entre los árboles de la comunidad de Arara, en la región amazónica. Su mirada atenta busca el yaré y las fibras de yanchama, esas que desde niña vio transformar en arte a través de las manos de su madre y su abuela. Con 24 años de experiencia en el oficio y al lado de Máximo Manuel Silva, su compañero de vida, Antoni la es la voz y las manos de una tradición que sigue floreciendo, aunque los tiempos cambien y, en la región del trapecio amazónico, las fronteras entre Perú, Brasil y Colombia desaparezcan en medio de las costumbres de las comunidades que allí viven. Desde pequeña, Antonila observaba en silencio mientras las mujeres mayores tejían cestas de guarumá y elaboraban mochilas de chambira. Con el paso de los años, se convirtió en una maestra de esas mismas técnicas. “Aprendí mirando a mi mamá, a mi abuela, a mis vecinas”, recuerda. Las enseñanzas no eran solo lecciones del oficio, sino también de resistencia y de cómo sobrevivir a los tiempos difíciles. Desde niña, entendió que la artesanía era un lenguaje que representaba las raíces y la identidad de su comunidad. La yanchama, el material más preciado, no es fácil de trabajar. Para obtener la tela, Antonila y las demás personas artesanas hacen un corte preciso en la corteza del árbol siguiendo un proceso cuyos conocimientos han pasado de generación en generación. “Primero, se saca la corteza, luego se limpia y se deja secar al sol”, cuenta Antonila, mientras las manos siguen un ritmo de corte invisible, que aprendió tras varios años de práctica. Durante su preparación, cada fibra es tratada con cuidado, estirada y aplanada hasta obtener una textura suave y manejable.  

 

El arte que surge de la yan chama tiene sus propios códigos. Desde joven, Antonila aprendió a dibujar figuras geométricas y animales sagrados, como la boa o el tigre. Estas imágenes estilizadas son reflejos de la cosmovisión de su pueblo, una que ve en cada ser vivo una historia que merece ser contada. “Al principio, solo hacíamos las pinturas tradicionales, pero ahora cada uno puede expresar lo que quiera”, dice con satisfacción.  

 

En los años setenta, cuando Leticia aún era una comisaría, la comunidad comenzó a destacarse por la calidad de sus artesanías. Los trabajos en yuca brava, los cernidores, los tipitis y las piezas de yanchama eran enviadas a lugares lejanos, y la fama de la destreza de Antonila cruzó fronteras. Ella recuerda con nostalgia cómo en aquellos días la artesanía no solo era un medio de subsistencia, sino, también, un motivo de orgullo colectivo. Con los años, Antonila perfeccionó su técnica y fue nombrada por el cabildo como líder artesanal de su comunidad, de la comunidad de Arara. Su voz, que antes temblaba al hablar en público, se ha fortalecido. “Al principio, me daba mucha pena hablar en las reuniones, pero, poco a poco, fui aprendiendo”, comenta con una sonrisa tímida. Ahora, representa a 315 familias, 

Compuestas por cerca de 1300 personas, todas vinculadas de alguna manera a la artesanía, así su trabajo principal sea la pesca o cultivar en la chagra. A lo largo del camino, Antonila ha participado en talleres y proyectos de capacitación, organizados por instituciones como Artesanías de Colombia y Corpoamazonía, que han ayudado a fortalecer su conocimiento sobre el manejo de las materias primas y la conservación de los colores naturales. “Desde 2014, cuando llegó un proyecto de Artesanías de Colombia a la comunidad, comencé a participar en ferias y eventos”, señala.

 

Se convirtió en una maestra de esas mismas técnicas. “Aprendí mirando a mi mamá, a mi abuela, a mis vecinas”, recuerda.

 

Expoartesanías, la feria de artesanías más importante de Colombia, fue un hito en su carrera. La primera vez que fue estuvo como acompañante y sintió la emoción de llevar el trabajo de su comunidad a un escenario nacional. Un año después, fue seleccionada para participar oficialmente y en 2016 viajó a Medellín para mostrar las artesanías ticuna al público. “Me gusta mucho este puesto de líder artesanal, no solo por mí, sino por toda la comunidad”; para Antonila, el éxito no es individual. Lo que considera valioso es saber que el trabajo artesanal sigue generando ingresos para las familias, por pequeños que sean. Dice que: “Eso ayuda a comprar lo esencial: sal, jabón, aceite”. 

Para Antonila, el desafío no está en perfeccionar un conocimiento que ya domina, sino en asegurar que las próximas generaciones no olviden la importancia de la artesanía. “Acá, por regla general, si el papá sabe algo, el niño también tiene que aprender, sea pescador, agricultor o artesano”, explica ella. Su misión como líder va más allá de producir y vender: es un compromiso con la preservación de su cultura. Por eso, pide apoyo, herramientas y recursos para seguir enseñando a los jóvenes. 

 

A pesar de las dificultades que ha enfrentado, Antonila se siente optimista: “Es importante que otras personas también vayan aprendiendo porque algo puede pasar y la comunidad no se puede quedar sola”. Tiene la convicción de que su trabajo va más allá de lo material. Al final, la artesanía es la forma de contar la historia de su pueblo, de mantener viva la memoria de sus ancestros en las fibras de yanchama y de tejer, con cada hilo de chambira, un futuro donde la tradición y la modernidad puedan convivir. 

 

El sol desciende y Antonila sigue trabajando; sus manos nunca se detienen. La mirada, sin embargo, va más allá del presente: imagina un futuro donde las siguientes generaciones no solo recuerden el arte de sus ancestros, sino que, también, lo mantengan vivo, dándole nuevas formas y significados, pero con la misma raíz.

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