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Promesas de selva y río

 

Dominique Rodríguez Dalvard

La guía de viaje Colombia Artesanal es un proyecto de turismo especializado de Artesanías de Colombia S. A. -BIC. Con este faro, el aventurero tiene la oportunidad de descubrir el territorio al que se le rinde homenaje en esta edición: el Amazonas. 

“La indiecita Mapiripana es la sacerdotisa de los silencios, la celadora de manantiales y lagunas. Vive en el riñón de las selvas, exprimiendo las nubecillas, encauzando las filtraciones, buscando perlas de agua en la felpa de los barrancos, para formar nuevas vertientes que den su tesoro claro a los grandes ríos. Gracias a ella, tienen tributarios el Orinoco y el Amazonas. Los indios de estas comarcas le temen, y ella les tolera la cacería, a condición de no hacer ruido. Los que la contrariaban no cazan nada; y basta fijarse en la arcilla húmeda para comprender que pasó asustando a los animales y marcando la huella de un solo pie, con el talón hacia adelante, como si caminara retrocediendo. Siempre lleva en las manos una parásita y fue quien usó primero los abanicos de palmera. De no che se la siente gritar en las espesuras, y en los plenilunios costea las playas, navegando sobre una concha de tortuga, tirada por bufeos, que mueven las aletas mientras ella canta…”. La vorágine José Eustasio Rivera, 1924

Esta fantasía escrita hace un siglo perdura, como la humedad de la selva y el temor que nos produce al sabernos incapaces de andar bajo sus árboles, entre nubes de insectos y a través de trochas colmadas de ramas, oscuridades y rugidos. Acaso, como nos lo deja entrever el autor de esta obra cumbre de la literatura colombiana, el miedo lo podemos disminuir si seguimos las reglas del silencio que la sacerdotisa del bosque nos impuso como única condición para sobrevivir en sus espesuras.

Con esta invitación a la observación atenta de la naturaleza y de los espíritus que la rodean, Artesanías de Colombia diseñó, en 2021, una guía de viaje para descubrir la profundidad del territorio de la mano de quienes lo han tocado con las manos: los artesanos y las artesanas.

El Mapa Turístico Colombia Artesanal busca llevarnos a las raíces, naturales y culturales de aquellos objetos que decoran nuestras vidas con maestría y belleza. Después de tres años de su creación, este proyecto digital registró todos los departamentos del país. A lo largo de sus rutas, Artesanías de Colombia recomienda la visita a cientos de talleres artesanales, muchos de los cuales están liderados por artífices, galardonados con la Medalla a la Maestría Artesanal, que tienen el claro objetivo de transmitir su saber a las generaciones venideras. Este proyecto seguirá creciendo, así que les invitamos a seguir atentos a los nuevos caminos.

El Amazonas, por supuesto, fue uno de los destinos que Colombia Artesanal imaginó incluir en la primera etapa de viajes. Y cómo no, si es uno de los tesoros de nuestro país; aunque, al adentrarse en cada uno de los paisajes de esta guía, se hace difícil elegir qué destino no es más increíble; Colombia es un país por descubrir en su totalidad. Sin embargo, la seducción que produce la selva y el río, tan distintos, únicos e inmensos, hace que esta ruta turística se convierta en una promesa por cumplir: al menos una vez en la vida, vale la pena ir al Amazonas para sentir su poder y ese embrujo que narró José Eustasio Rivera. Entonces, hablamos de navegar por el río que también relató Wade Davis; ese río a quien le cantan las comunidades indígenas que lo habitan; ese río que es tan caudaloso en distintos momentos del año y cuyo horizonte prácticamente ni se ve; ese río que es una serpiente infinita desde el aire que le lleva agua a todo un país; ese río que según la tradición nació por la caída de un árbol tan inmenso que rompió la tierra y la abrió haciendo de sus grietas este canal de agua que nutre al mundo. 

Pensábamos que Rivera se lo había inventado todo, empezando por el lenguaje, la abundancia, belleza y poesía, pero ahora lo vemos. Él solo le dio a Arturo Cova, su protagonista, los ojos bien abiertos para contarnos sobre esa selva que se lo devoró. Si hubiera escuchado a sus habitantes naturales, a los hombres y mujeres que escuchan el rumor de la selva y saben pedirles permiso a sus almas, si hubiera escuchado más, con menos vanidad y menos codicia, tal vez habría tenido un mejor final. La invitación es a cumplir la promesa de visitar y descubrir esta tierra: Porque qué más dulzura que la voz dulce de quienes viven en lugares con nombres serenos como la comunidad indígena Patio de Ciencias Dulces o la comunidad del Cabildo indígena Herederos del tabaco, la coca y la yuca dulce. Porque se puede ser más conscientes del equilibrio del sistema al perpetuar la especie uniendo a miembros de clanes distintos, por ejemplo, una persona del clan del pájaro paujil con una del de la serpiente, aire y tierra, ambos listos para procrear; o tejer y tallar para ofrecer abrigo y ritual; o hacer hogar alrededor del fuego y la chagra. Porque si se soba el barro, será luego de haberle pedido permiso a la boa sagrada para que nos deje acariciarle sus huellas. De lo contrario, nos castigará con una cerámica rota. Porque si queremos alejar el mal de ojo y la envidia, más vale untarse la tintura uito en la piel. Porque el camino de la vida saldrá trazado en la señal que queda en el cuerpo luego de cortar el cordón umbilical. Porque para aprender del paisaje exuberante, que se cuela entre las ramas, se hacen muñecos en yanchama de curupiras, osos hormigueros, abuelos arrendajos, tapires, anguilas, mariposas y picaflores. Y se crece siendo niño boa y bailando en la fiesta de la rana. Porque quien tiene la sabiduría nunca tumbará un palo sangre antes de tiempo, sino hasta que el gorgojo, después de años de golosería, deje el corazón del árbol listo para ser tallado. El insecto y su paciencia son maestros que enseñan de tiempos, lunas y soles y ofrecen, en los ancianos, mayores y mayoras, esa sabiduría de la que hay que cultivarse. 

Porque una espina, como el caudal del río, como el rumor de la selva, como el rugido del tigre, se trata con respeto. Se toma una a una y, de hacerlo bien, no se causará daño, y así se nos permitirá tejer el canasto en chambira para recoger la yuca que nos alimentará a todos.

Porque el pez envuelto en hoja se vuelve pescado ahumado a la leña y se le se llama patarasca y se enciende con ají de tucupí. Porque la fiesta de la pelazón es el rito de paso de las niñas que se hacen mujeres y se preparan para tejer el futuro. 

Porque qué más lindo que trazar un camino, como el que dibujamos en Colombia Artesa nal, donde todo esto, que se narra y aprende, se puede sentir y conocer en las coordenadas que marcamos (Leticia – Kilómetros 6, 8, San Pedro de los Lagos, 11 y 22 – Nazareth – Arara – Nuevo Jardín – Macedonia – San Martín de Mocagua – San Martín de Amacayacu y Puerto Nariño), a través de múltiples comunidades étnicas que enriquecen nuestra perspectiva de lo que es la selva. Queremos que vayan a todos estos lugares siguiendo la Ruta Amazonas. También, les invitarles a añadir nombres a esa geografía y conocer así a artesanas y artesanos tan magníficos como Matilde, Pastora, Alba Lucía, Grimanesa, Deisy, Katia, Antonila, Rosa Amelia, Credi, Alirio, James, Milena, Magri Lorena o todos los miembros de la Asociación Chunaki Baru. Ellas y ellos son herederos de los pueblos tikuna, bora, murui y cocama; son un pedacito de ese Amazonas que cargan consigo gracias a la maestría de sus manos.

Pisar el Amazonas, finalmente, también se hace a pie porque, allí, como en pocos lugares del país, se hace evidente el efecto del clima sobre su paisaje. Una tierra es en invierno, otra, muy distinta, es en verano. Cuando alguien la recorre en invierno, incluso empapado, puede felizmente decir que la cruzó en río. Y esa misma tierra será muy distinta cuando esté vestida de verano. 

Sin más remedio que caminar el Amazonas, qué maravilla de castigo resulta. Hacer el viaje así permite concentrarse en los árboles y oír la música que sale envuelta en plumajes infinitos. También, es posible toparse con hongos e insectos únicos, ver cómo caminan las palmas con sus raíces aéreas y sentir la humedad para entender por qué estamos dentro del pulmón de la tierra. Ensopados, sentiremos cómo la selva respira y transpira. En medio de ella y su asfixia sobrecogedora, sabremos que estamos siendo testigos del nacimiento del mundo. 

Este año, después de cien años de la publicación La vorágine, se registraron más sequías que en años anteriores, una tendencia persistente por cuenta del creciente cambio climático y, para nuestra desgracia, de la creciente deforestación. Veremos qué compromisos se cumplen después de la COP-16, esa que le prometió actuar a todo el Amazonas. Mientras tanto, honrémos esta tierra visitándola con la conciencia plena de estar, posiblemente, ante un milagro.

Matilde Santos soba el barro en Mocagua, Amazonas
Foto: Colombia Artesanal

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