Taller: Jaipono
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Risaralda
Ubicación: Pereira, Risaralda
Manzana 29, casa 22, Barrio 22 (esquinero)
3134003964
tanigamanacavera@gmail.com
@jaipono.co
@EmberaChamiJaipono
Esas piezas tejidas en mostacilla checa, que cubren los hombros y el pecho de las mujeres emberá chamí, ese entramado delicado de los símbolos que las acompañan y que requieren de tanto trabajo –ni más ni menos que quince días a cuatro manos–, se llaman okama. Las más grandes son portadas por las mujeres casadas. Estas son las piezas en las que se especializaron los esposos Gladys Nacavera y Mario Tanigama cuando llegaron a Pereira hacia el año 2000. Habían tenido que salir de Pueblo Rico, a casi 100 kilómetros de la capital del departamento de Risaralda, como tantas familias indígenas desplazadas y aunque en la ciudad no hubiera trabajo, sí había un arriendo por pagar. Fue entonces cuando se encontraron con las mostacillas que reemplazaron las semillas de chumbimba, sirindango y chochitos con los que habían aprendido a tejer mucho antes de que sus creaciones se convirtieran en algo que podían vender. Y a pesar de que no podían sembrar sus semillas en la ciudad, aplicar la técnica que ya conocían a las mostacillas no fue difícil, es más, aprovecharon la delicadeza de su tamaño y la variedad de sus colores para hacer piezas cada vez más elaboradas.
Esa es la historia que nos cuenta Edilson Tanigama sobre el camino de sus padres. Sabe que le dieron el mejor ejemplo: el de mantener vivas las tradiciones de su pueblo aun estando en la ciudad, y así, encontrar el balance entre ambos mundos. Por eso hoy en día su vida gira en torno al oficio heredado, que con amor promueve de la mano de su esposa Angie Tatiana Guatiquí, desde el barrio Las Brisas, en Pereira.
Las okama, que son el camino mismo y los pensamientos de quien las porta, cuentan también esa historia. Está escrita en la simbología de sus dibujos, que hablan del encuentro y del territorio. El símbolo del camino, por ejemplo, se parece a las montañas que le dan el nombre a su pueblo, pues emberá chamí traduce Gente de la cordillera, y habla tanto del territorio como del camino que tuvieron que tomar cuando se alejaron de él. De todo lo que anduvo la familia Tanigama Nacavera para vender sus artesanías en los parques, desplazándose a Ibagué y a Medellín, y de cómo ese camino los fortaleció de tal manera que ahora la familia Tanigama Guatiquí lo pueda seguir recorriendo. Está también el símbolo de la flauta y del viento, un recordatorio del instrumento que se usaba para comunicarse incluso cuando se estaba lejos, separados por las montañas de la cordillera Occidental a la que pertenecen. Y las aves, que nunca faltan, aparecen dibujadas en los okama porque, desde siempre, han sido un compañero fiel de los emberá chamí, especialmente de los niños, a quienes les regalaban un lorito que los acompañara al río o a cosechar, es decir, un amigo que los cuidara. Por eso los colibríes, loros y guacamayas elaborados de mostacillas de colores.
¿Y qué sería del camino sin la siguiente generación que lo recorrerá? El de esta familia desemboca en su hija con nombre de flor sagrada, Emily Nepono, a quien su madre le habla dulcemente del significado de cada cosa que hacen. De su maquillaje, sus danzas y cantos. Y a quien Emily le responde cantando en su lengua, orgullosa. Será cuestión de tiempo ver cómo se desenvuelve su propio camino bajo el ejemplo de sus padres, quienes hoy en día están ocupados aprendiendo sobre joyería en plata para recuperar y recrear otra de las piezas que Edilson recuerda ver adornando los cuellos de sus paisanos cuando era un niño: esas joyas hechas con monedas que su padre todavía recuerda cómo hacer, y que de seguro serán otro medio para recordar su historia, así como hasta ahora lo han hecho a través de los okama.
No puede copiar contenido de esta página