Menu

Idalba Niaza

Taller: Arte y Joyas
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Risaralda
Ubicación: Marsella, Risaralda


AGENDA TU VISITA

  Resguardo Suratena Nueva, Marsella
  3216322627
  idalbaniaza35@gmail.com

Cuando Idalba Niaza se imagina a la primera persona que tejió las tradicionales piezas de su pueblo embera chamí, de inmediato se le aparece en la mente la imagen de una mujer. Para ella, eso tuvo que nacer de alguien, una mujer, que tuvo que sentarse y observar con mucha atención la naturaleza y ponerse a pensar en cómo reproducir lo que veía. Luego imaginó los colores, el orden de lo que tejería con las semillas que recogería. Idalba piensa en una mujer porque sabe que, como ella, tienen muchas imaginaciones. Que, aunque los hombres tengan las suyas, las mujeres les ganan. Eso porque están acostumbradas a sentarse a pensar, a planear cada día repasando lo que hicieron el anterior, y lo que harán el siguiente, a tener la paciencia suficiente para resolver en la mente los intrincados diseños que luego harán con las manos, un día después de otro, todos los días. Y la realidad la respalda, porque entre las 800 personas que viven en su resguardo, lo más común es ver a las mujeres tejer con mostacillas checas. Ver a un hombre sería un encuentro poco probable. Lo usual es verlos levantarse en la mañana, cepillarse y salir a trabajar al campo, a los cultivos de plátano y de café.

Y volviendo a las historias fundacionales, Idalba nos habla de su padre, Mario Niaza, uno de los fundadores del resguardo, y su primer líder. El resguardo de Suratena, que le recuerda a la palabra emberá para gusano, surra, lo fundaron en las montañas de Marsella después de tener que salir del norte de Risaralda por el desplazamiento. Luego lo volvieron a fundar un poco más arriba, por los deslizamientos, todavía acompañados por los gusanos, las zarigüeyas, los armadillos y los pájaros, que son sus amigos. Al resguardo lo atraviesan cascadas y quebradas, esos testimonios de algo que su gente tiene muy claro: que sin agua no somos nada, y que plasman cada vez que usan una pepita azul en sus artesanías. Con esa misma atención reciben a quien quiera visitarlos, conocer sus montañas y su trabajo, en su casa del pensamiento. También nos cuenta con entusiasmo que a quien quiera aprender a trabajar el campo, se le enseña.

De vuelta a las artesanías, imagina a su abuela enseñándole a su madre todo lo que después le llegaría y que pasaría a sus cinco hijos. Y aunque fue su madre quién la inició en ese arte, ese poner una después de otra mostacillas diminutas para describir la naturaleza, fue su amiga Solani Zapata la que la empujó a perfeccionar sus collares, pulseras y tobilleras, al punto de ganarse el reconocimiento de su maestra cuando ésta consideró que la alumna la había superado. Después de eso se volvieron colegas, junto con Noralba Murillo, y las numerosas familias de cada una. Trabajan juntas en un grupo en el que la palabra de todas tiene el mismo peso.

Como artesana que hace parte de una tradición, imagina a sus antepasados tejiendo en sus ratos libres en la montaña con la esperanza de que, algún día, otras personas vieran lo que hacían. Y después de mucho practicar, de sentir las secuelas de la concentración en los ojos cansados, hoy sabe que valió la pena tejer. Tejer el amarillo sol, el verde naturaleza, el rojo sangre, el café tierra, el azul agua y cielo, el negro oscuridad y el blanco pureza, que ojalá otros sigan tejiendo, explicándole a quienes se llevan sus piezas el significado de cada color que los acompaña, para que nunca se acabe, porque de acabarse se llevaría consigo su cultura misma, lo que corre en la sangre.

No puede copiar contenido de esta página