Taller: Arte y Joyas
Oficio: Joyería
Ruta: Ruta Risaralda
Ubicación: Quinchía, Risaralda
Calle 6 #7-15
3117619490
artejoyas58@gmail.com
@arteyjoyasquinchia
@rteyjoyasquinchia
El trabajar en un taller de joyería en el centro de Quinchía haciendo piezas en filigrana, cadenería y casting de seguro no sería lo mismo si no se conociera todo lo que recorre una persona para encontrar su preciado material: el oro. Ese metal esquivo y codiciado que ha puesto a tantos a soñar con su brillo y que ha marcado la historia de los municipios en cuyas tierras se esconde. Sin irnos tan lejos en el tiempo, sin hablar de la leyenda del Dorado, Quinchía es un ejemplo de cómo la economía y los trabajos en el pueblo siempre han tenido todo que ver con el oro. Su historia ha sido moldeada por minas artesanales, familias acampando junto al río para buscarlo, y las actuales minas privadas y las familias que cada vez deben excavar más hondo en la ribera para encontrarlo.
Así creció Albeny Navarrete, en un pueblo de oro, buscándolo en las quebradas y en las riberas del río Cauca y Opirama durante las faenas mineras de su familia. Desde que tenía siete años acompañó a su mamá y a sus tíos. Salían el lunes y se quedaban allá acampando hasta el viernes, y se comían los bagres y bocachicos que su tío recogía en la tarde, de los anzuelos que dejaba en el agua por la mañana. Y así hasta que cumplió trece, en un tiempo en el que el oro todavía se encontraba en las playas, en los hoyos de un metro y medio que cavaban en la arena grisácea que luego lavaban en una batea. Luego, Albeny dejó de hacer parte de las faenas porque se quedó en la casa confeccionando una vez aprendió a coser. Pero el oro la volvió a encontrar, porque recién se casó, su marido entró a trabajar en una mina, y porque después, hacia finales de los noventa, un gobernador se interesó en que el oro de Quinchía saliera del pueblo transformado y trajo a un maestro de la filigrana del Chocó para enseñarles, camino que se siguió nutriendo con capacitaciones de Artesanías de Colombia.
De esos cursos hicieron parte Albeny Navarrete, Amanda Ladino –a quien, por cierto, casi no dejan inscribirse porque los cupos estaban llenos, pero menos mal insistió porque si no no estaría en esta historia–, y Efraín Molina, todos integrantes de Arte y Joyas, a quien se sumó Keira Hernández. Por cierto, Efraín también cultivó una relación estrecha con su material antes de llegar al taller, que describe como seco y cómodo en comparación con las minas en las que trabajó, donde le llovía constantemente agua y a veces, por lo estrecho de los socavones, le faltaba el aire. En el taller, además, no se corren los mismos riesgos, como los vivió durante 12 años. No se trabaja con la dinamita que aprendió a usar para abrir la montaña, no se trabaja al calor, sudor y agua, y no se somete el cuerpo al esfuerzo que daña las articulaciones, las espaldas, las manos y los pies tras tanto andar a gatas por canales tan angostos. Eso cuando las minas no cumplían con las reglamentaciones de hoy en día que, si bien las han vuelto más seguras, con túneles de dos metros de alto por 80 de ancho, también se han privatizado e internacionalizado.
Sí que han visto cambiar el paisaje estos joyeros, y han pasado de recoger el oro de la Tierra a entregarlo convertido en joya y adorno. También han vivido otros cambios: si antes, cuando empezaron a aprender el nuevo oficio, todas las familias les mandaban a hacer a los hijos graduados un anillo de oro cuando el gramo costaba 13 mil pesos, y cada uno en el pueblo se embellecía con cadenas y aretes dorados, ahora, en el taller, lo que más se usa es la plata. El oro empezó a escasear y la gente a invertir más en él, hasta que el precio ya pasó de los 400 mil pesos. Quienes aún lo buscan en las riberas ahora tienen que bajar más, excavar una L más profunda y llegar hasta debajo del cauce del agua, para dar con el oro. Pese a todo, el amor por el material permanece, ese que los hizo conocer cómo tratar un metal, cómo convertirlo en esas piezas bonitas que hacen inspirados en su Villa de los Cerros, Quinchía, en especial, el Cerro Gobia, y en el maquillaje con que se adornaban, en las épocas del imaginario del Dorado, los Irras y Tapascos, que vivían en estas tierras.
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