Taller: Ana Delia Barahona
Oficio: Trabajos en cáscara de huevo
Ruta: Ruta Quindío
Ubicación: Armenia, Quindío
Manzana C casa 30 Barrio Belén
3122679944
neutrologa.58@hotmail.com
@anadeliabarahona
@p/Ana-Delia-Barahona-10006393955827...
Para Ana Delia es claro que quien le dio el don para hacer artesanías fue Dios, “recibí la bendición del padre celestial”. Cuenta que se lo dijo en sueños y que no dudó en hacerle caso, esto, pese a que no hubiera tenido ninguna tradición de esta naturaleza por parte de su familia. Eso sí, recuerda que siempre le gustó hacer cosas con las manos y que era bastante buena. Sin embargo, pasó mucho, mucho tiempo, y muchos viajes por Colombia, para que se le revelara la vocación. De hecho, ni siquiera es del Quindío, sino de La Paila, Valle, pero la ciudad que le ofreció todo para volverse la maestra artesana que es fue Armenia, por eso se declara quindiana de corazón, hija adoptiva de esta tierra cálida.
Ana Delia hace algo único en el campo artesanal de nuestro país: trabaja con cáscara de huevo. Hace contenedores imponentes que resulta insólito saberlos elaborados con tan frágil materia prima. Llegar al nivel de perfección que hoy la revelan como una de las mejores artesanas de su departamento ha sido tarea de tiempo y paciencia, de años, de horas y horas sentada en su mesa de trabajo descubriendo las cualidades de este material, explorando cómo se comporta, cómo se aglomera, cómo se sostiene, cómo se seca y cómo se pinta.
Pero vayamos al comienzo porque ella nunca se habría imaginado haciendo estas artesanías cuando arrancó su vida adulta. De hecho, creció viche porque al ser la mayor de nueve hermanos tuvo que actuar como una segunda mamá de todos ellos. Y, así, para eso de jugar o imaginarse mundos con las manos, simplemente no había tiempo. Cuenta que vivió en La Paila hasta sus veintitrés y que solo hasta ese momento pudo pensar en hacer algo por y para ella, pues la vida se le había ido en la crianza de sus hermanos. A esa edad, agarró sus cositas y se fue para Bogotá. No era allí donde habría querido ir, sino a una tierra vecina, Pereira o la misma Armenia, pero las oportunidades se le dieron en la capital. Como ella misma dice “uno piensa una cosa y el destino le tiene preparada otra mejor”. Allá empezó su trasegar, siguiendo el trabajo. En Bogotá vivió durante una década, trabajando en distintas casas, haciendo de todo. Luego, ya con amor a bordo, se fue de andariega y lo siguió al Guaviare y a Boyacá. De eso fueron otros ocho años hasta que regresó a su pueblo en el Valle. En todos estos lugares combinaba sus quehaceres con las manos, así que hizo algo de cerámica y también tejió en dos agujas.
Pero fue cuando se volvió a asentar en su cordillera, ya grande, que descubrió que sus manos le harían descubrir su pasión. De eso ya son veinte años… “estas canitas no son de mentira”, dice riéndose de sus sesentas bien vividos. No obstante, al huevo llegó luego de pasar por el reciclaje. E hizo cuanto curso encontró. Cuenta que le fascinaba reutilizar materiales desechados por otros, reconvertirlos y darles una nueva vida, a los metales, a los plásticos, a los vidrios; todo cuanto cayera en sus manos. Se divertía haciendo faroles con botellas de gaseosa, mosaicos, bolsos con jeans viejos, cajas y cajitas con cartones… hasta que una escena le cambió la perspectiva. Resulta que estaba en una de esas ferias de barrio en donde se ofrece de todo, ella, muy orgullosa de sus piezas, oyó a una mujer que le decía a una amiga que le estaban “poniendo caché a la basura”. Eso le dolió y la ofendió. Pero también la movió. Se dijo que haría algo que nunca hiciera dudar a nadie de su belleza. Y allí llegó la cáscara de huevo.
Entre exploraciones propias con la cáscara y talleres guiados por Artesanías de Colombia, Ana Delia ha ido aportándole a la consolidación de una técnica artesanal en tiempo real. Sus ensayos y errores están documentando este nuevo campo de la artesanía en el país. Verla trabajar hipnotiza. Su concentración, el ojo y las manos pegados al proceso –de hecho, perdió sus huellas dactilares con el calor del lijado–, la elaboración de las tres a cuatro capas de polvillo de huevo depositadas delicadamente sobre un globo que luego se reventará al secarse la forma del contenedor imaginado, el secado paciente que obliga a volver a empezar si se retrabaja antes de tiempo, la resanada que requiere de manos de algodón… en fin, ella se ríe al vernos sorprendidos por tanto trabajo que ella hace con gusto y alegría y finaliza contando que repasa cada pieza unas doce veces. Sea Dios o sea ella, o ambos, lo cierto es que tamaña consagración se merece todos los aplausos que ha recibido aquí en Colombia y en el exterior. Porque logró hacer de su obsesión, el reciclaje, un gran ejemplo de belleza.
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