Taller: Arte y Diseño FMC
Oficio: Cestería
Ruta: Ruta Risaralda
Ubicación: Santa Rosa del Cabal, Risaralda
Carrera 24B #18-17
3138478322
Ha sido toda una vida de hacer canastos en bejuco, de tejer con las manos el legado de los hombres de la familia Morales, el de don Francisco José, don Vicente y don Serafín Morales, padre, abuelo y bisabuelo. Fredy lo aprendió de niño cuando su padre lo llevaba, junto con sus seis hermanos varones, a recoger el cucharo y el yute a las montañas de Cartago, Valle, en donde pasó la infancia antes de que la familia se mudara a Santa Rosa de Cabal, en Risaralda; por eso el acento de este artesano oscila entre el paisa y el valluno. En ese tiempo aprendieron todos, haciendo los antiguos canastos cafeteros que los recolectores se guindaban a la cintura para recoger los frutos rojos y maduros, mucho antes de que llegaran los recipientes de plástico. Cuando esto pasó la mayoría de los hermanos tuvo que dedicarse a otra cosa, buscando otros medios para subsistir, a lo que les tocó sumarle el cansancio que les produjo la estigmatización por recolectar su material de la naturaleza, asumiendo que éste no se regeneraba, cuando lo que en realidad pasa es que vuelve y florece. Fredy cuenta toda esta historia y a pesar de haber aprendido el oficio temprano, y de dedicarse a él hoy en día, antes tuvo que atravesar los golpes que trae la vida, como el haber perdido al hermano que más gasolina le metió al oficio familiar.
A su hermano Walter nada le asustaba. Era de esas personas de las que se dice que son echadas pa’lante. Tan poco le intimidaba el lanzarse, que cuando un señor en Santa Rosa de Cabal le ofreció una casa para que pudiera vender sus artesanías, frente al restaurante La Postrera, un parador de tradición y parada obligada en la entrada al pueblo, él, recién cumplidos sus veinte años, le dijo que sí. Sin saber cómo lo sacaría adelante aceptó y convenció a los otros hermanos de unirse a la aventura, de juntar fuerzas para darle a su madre, Luz Marina Carmona, una vida más tranquila, aliviarla de todo lo que había tenido que trabajar para criar siete hijos y cuatro hijas. Y lo hizo, y tuvieron tanto trabajo que no les alcanzaban las manos para hacer canastos. Ya no les tocaba buscar a sus clientes, porque llegaban solos. Hasta que llegaron las vacas flacas y la pena cuando un carro atropelló a Walter y a su hijo de cinco años en la carretera, y con él, se llevó el sueño de los canastos. Era simplemente demasiado doloroso mantenerlo en pie sin él, en especial para doña Luz Marina.
Aún después de un golpe de la vida tan fuerte, Fredy decidió volver al trabajo artesanal. Se dio cuenta de que nada le despertaba el mismo amor por el oficio que el bejuco después de trabajar por tres años en una fábrica de pipas de gas. Lo dice con claridad: a un canasto se le puede coger cariño, a una pipa de gas, no. Al final, se trata de hacer lo que le nace a cada uno del corazón. Por eso ha rechazado otros trabajos, aun sabiendo que su familia se lo reprocha, que no entienden por qué no escoge el trabajo que más plata le daría, pero él se queda con el bejuco porque lo hace con ganas, porque le gusta, si no ¿cuál es el punto?
Quizá nada de esto habría pasado sin el empuje de su hermano Walter, ese que después de partir le enseñó a volver a crecer, y creer, agarrándose de los árboles como el bejuco tripa e’ perro, o tripillo, que se da en estas tierras más altas que Cartago y que, de tanta familiaridad, se convirtió en su materia prima preferida, después de haber aprendido a punta de bejucos cucharo y yaré. El tripa e´perro, esa planta larga y resistente que hay que jalar de las ramas de las que se prende, pelarlo y clasificarlo para hacer las lámparas, lo baúles, y las cunas moisés que ya muy pocos hacen, y que celebra una de las frases con las que Fredy se describe a sí mismo: “Yo nací entre una canasta y ahí me quedé”.
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