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Roxana Panchí – WËRAPARA

Taller: WËRAPARA
Oficio: Bisutería y tejeduría
Ruta: Ruta Diversa con enfoque LGBTIQ+
Ubicación: Jardín, Antioquia, Ruta Diversa


AGENDA TU VISITA

  Comunidad Karmata Rúa, Jardín
  3113625619
  panchigutierrezroxana@gmail.com

Roxana Panchí cuenta, entre risas, que eligió este nombre de Roxana por la telenovela Amigas y Rivales. Le encantaba ese personaje porque “era la mala” y ella quería serlo, ser mala, dice con tono teatral, una pose, un juego casi, pues basta oírla hablando de lo que han sido su vida y sus decisiones, para saber que no lo es, ni lo será. Roxana es una mujer trans emberá. Es una tejedora en todo el sentido de la palabra, pues no ha hecho otra cosa que bordar puentes en mostacilla para poder ser y estar de la manera que quiere. Representa, con su grupo Wërapara, que significa mujeres trans en su lengua, a las artesanas diversas de su comunidad étnica de Jardín, Antioquia.


Recuerda ver a sus mayoras sentadas tejiendo. A su mamá, Gilma Rosa, la tiene grabada en la memoria siempre con las manos ocupadas. Entonces, se le hacía al lado, absorta, a sus seis o siete años, y le preguntaba si le podía ayudar. Empezó haciendo aretes y cositas sencillas como manillas, para ir entrenando la mano, porque, a diferencia de otros oficios artesanales de la tejeduría, como aquellos que usan el telar, dice que en el suyo “las artes se manejan a través de las manos”. Las artesanas emberá elaboran sofisticados collares en mostacilla o chaquira, pepitas de colores con las cuales diseñan okamás cargados de significados sobre su historia y su territorio. En el resguardo de Karmata Rúa, en Cristianía, a 15 minutos de Jardín, estas mujeres indígenas comparten conocimientos que se han ido transmitiendo de generación en generación.


Roxana practicó y practicó con las pepitas y a los diez ya podía hacer tejidos más complejos, así como combinaciones de colores, que se fueron puliendo conforme iban pasando los años. Pero a los 13 tuvo que parar para centrarse en los estudios y en el trabajo de cuidar a sus cuatro hermanos menores; con cada segundo que podía dedicarle en el colegio a las materias artísticas retomaba eso que tanto le gustaba hacer junto a su mamá. Sin duda fueron años complejos para ella, pues también atravesaba todas sus preguntas alrededor de qué identidad habitar. Reconoce que nunca fue “alborotada”, y que, por el contrario, siempre la caracterizaron la seriedad y una mente madura. Quizá por eso a sus 14 se enfrentó con su mamá, le dijo quién era y se empezó a pintar y a vestir como la mujer que quería ser, que era. Nada de esto fue fácil para nadie, pero tenía el apoyo de otra mujer trans, mayor que ella, Pamela, que le contó de sus propios pasos y le dio la mejor recomendación: ser fuerte. Y lo fue, siendo capaz de quitarse el nudo que tenía en la garganta desde hacía tanto. Roxana hoy sabe que de haberse seguido ocultando habría muerto ahorcada en su interior.


Pero si ella se descubrió frente a su familia y su comunidad, también a ella la descubrieron. Fue la diseñadora de modas Laura Laurens quien, por el año de 2019, luego de una prueba en donde le pidió una pechera que fusionó con una prenda suya y que resultó espléndida, le propuso que prepararan juntas una pasarela que tendría en Londres. Allí empezó una colaboración que no solo ha sido artística sino empoderadora, y que ha llevado a estas artesanas también a desfilar; con la consecuencia natural de haber llamado tanto la atención, por ese excepcional talento y bellezas combinadas, que les han hecho innumerables entrevistas e incluso un documental dirigido por Claudia Fischer, llamado Wërapara. La moda les ha dado propósito.


A Roxana no se le sube la fama a la cabeza. Está agradecida y sabe que esta oportunidad que les dio la vida ha sido preciosa, aunque sabe también que las cosas apenas comienzan. Son seis chicas en su grupo, pero vivir de la artesanía es difícil, por lo cual varias tienen en la recolección de café una fuente de ingresos estable cuando hay cosecha, sin embargo, la verdadera lucha es por construir un proyecto que les dé seguridad, física y económica. Su sueño es tener un taller en su propio terreno y ser capaz de darle trabajo a sus amigas. Por eso, se abriga con el legado de su abuelo Luis Virgilio Carupia Panchí, uno de los primeros líderes que recuperaron la tierra donde ahora viven. Su familia sabe lo que es buscar lo que se quiere y Roxana se ha convertido en esa voz que les da voz a sus amigas y a tantas más. Con su mano fina pule el trabajo que hacen y les enseña a todas a tejer mejor cada día. También invoca en sus prendas a estas personas que les dieron fuerza, como Aníbal Tascón González, otro de esos pioneros que recuperaron la tierra, a quien hoy está tejiendo en una gran prenda en mostacilla para exaltar su labor. Mostrarlo es su manera de reconocer su valor y celebrarlo en quien lo porte. Es su reliquia y su forma de honrar su pasado.


Además de los retratos que teje con dedicación, hace pecheras, chalecos, correas y carteras. Pero nada de esto, que ya es mucho, sería tan significativo si estas chicas no tuvieran esa determinación que las hace combinar sus tradiciones con lo que el mundo de la moda les ofrece. Conservan sus saberes, como Alexa que canta los sonidos de las ancestras o como Marcela que es médica tradicional y a quien, a veces, Roxana le dibuja un tigre para que lo use en sus ceremonias y se comunique con los jai, los espíritus. Gina teje y Jaima Nicole trabaja con lana. Todas quieren ser artesanas y, cómo dudarlo, ya lo son. Tan decididamente, como con ellas mismas. Ya tienes una razón más para conocer Jardín, ese pueblo hermoso que, además, alberga a estas artesanas de la moda que están brillando como sus pepitas de mostacilla.

Artesanos de la ruta

Artesanos de la ruta

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