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Silvino Patiño y Francisco Gómez

Taller: Tejidos Rebancá
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Diversa con enfoque LGBTIQ+
Ubicación: Iza, Boyacá, Ruta Diversa


A ver, ¿por dónde empezar cuando se carga tanta historia? Tantas historias, porque aquí hablaremos de dos vidas que terminaron juntándose gracias al calor de la lana. La de Silvino y la de Francisco. Empecemos por Silvino, a quien nombraron en honor a su papá, a quien perdió cuando tenía siete años, y por quien terminaron en los Llanos pese a ser boyacenses, por amistades con el Cholo Valderrama… también le pusieron como segundo nombre Arjusto, en honor al rezandero llanero que le quitó la serpiente que dormía encima suyo cuando era apenas un bebé, por allá en Lejanías, Meta, donde nació. Sin embargo, él de quien quiere hablar es de su mamá, Ana Rosa Molina y de su abuelita, Ana Silvia Rincón, madre de 16 y la mujer que lo inspiró para hacer del tejido su vida y otro de sus motivos de orgullo, pues fue una de las primeras ganadoras, luego de tanta devoción a los hilos, de la Medalla a la Maestría Artesanal.


Sigamos ahora con Francisco, quien se recuerda entre telares y fibras desde pequeño, pero no por una tradición artesanal de generaciones, sino porque su mamá usaba el tejido como herramienta para las terapias que impartía. Francisco nació en Bogotá, sin embargo, cuando se empieza a contar, confiesa que nunca le gustaron las grandes ciudades, será porque, de nuevo, cuando hace memoria, el aroma a hogar le llega de sus abuelos en el campo, en Rondón, Boyacá. Y este recuerdo, curiosamente, se le apareció en el lugar más insospechado de la tierra: en un viejo ascensor en París, en época de lluvias. ¿A qué le olieron esas paredes mullidas? A oveja mojada, guardada, a campo, a infancia.


Y aquí vemos, entonces, cómo la vida se encarga de cruzar caminos entre quienes se tienen que encontrar. Silvino recuerda que, en su casa, desde siempre, se tejió. La abuelita hilaba y le enseñó a su descendencia que donde hay lana no hay hambre. Con todo, cuenta que no era un oficio que les diera lo suficiente para vivir, sino que todos lo hacían luego de largas jornadas de trabajo y para no quedarse quietos después de las seis de la tarde… porque como bien repite lo que aprendió en la infancia: “en el campo, a uno no lo enseñan a estar cansado, ni a tener estrés, ni a estar deprimido”. Seguramente por eso cuando trabajó como vigilante por 18 años, usaba sus tiempos muertos tejiendo. Pero, aunque el oficio lo llevaba en la sangre, en realidad solo hasta que estudió Diseño Textil, entendió que lo que hacían sus ancestros tenía un valor incalculable. Y recogiendo entonces el amor por la lana, aprendió de telar vertical y horizontal, a manejar dos agujas, ganchillo, telar pequeño, y malla.


Francisco, por su parte, llegó a la artesanía casi como una afrenta. Al estudiar Artes Plásticas, en la academia siempre le insistieron que lo que ellos, los artistas, hacían, no tenía nada que ver con la artesanía, por supuesto añadiéndole cierto gesto de desdén al comentario. Esto, sin embargo, no lo convencía y, lo ve ahora, le incomodaba. Por eso, a la hora de enfrentarse a su trabajo de grado, cruzó el océano para tener una perspectiva más amplia de lo que quería hacer. Le inquietaba la pregunta del pertenecer, de dónde y qué es el hogar, esa honda exploración que significa saber de dónde venimos y qué queremos ser. Necesitaba distancia para verlo, para entenderlo, y fue en Francia donde pudo ver que tejer no es solo tejer, que detrás del gesto de las agujas o los telares, hay comunidad, hay oficio, hay un deseo concreto por cobijarse y cobijar al otro. Y esto de dar no se lo enseñaron los artistas, sino los artesanos.


Hay algo en la humildad del artesano que los conmueve a ambos. Por lo genuino del sentimiento. Silvino se acuerda de cuando iba al colegio con la maletica en ganchillo que les hizo su mamá a él y sus hermanos; suspira porque se le salían las cosas por los huequitos. Ahora entiende lo duro que fue todo para ella y lo bien que lo hizo. Lo bien que lo hicieron estas mujeres fuertes que lo fundan. Francisco también reconoce que fueron esenciales los mayores para ayudarle a entender que el aprendizaje y el conocimiento no pasan necesariamente por la escuela, que las dinámicas comunitarias rurales que se cohesionan a través del quehacer no se deshacen sino que, por el contrario, construyen redes tan fuertes como los nudos o como el fieltro que tanto le gusta, por la fuerte amalgama que se crea al amasar la lana, creando una membrana que parece una escultura.
De esta forma, con tantas preguntas en común, Tejidos Rebancá nació en 2016. Fue la manera como Silvino y Francisco buscaron darle vida a su imaginación y darle a la lana un lugar en la moda. La marca tomó este nombre en homenaje a esa abuela de Silvino que crió a sus 16 hijos a punta de vender semillas de rebancá, esa matita para alimentar pajaritos con la que se reconocen todos los boyacenses y a la cual el carranguero Jorge Velosa le compuso unos versos… Me imagino yo a mi china preguntando qué será eso que llaman arepa, mazamorra y rebancá.


Con Rebancá han logrado darle el valor que se merece al oficio de la lana. Silvino se prometió no dejar que a su abuela y madre les pagaran un día entero de trabajo por menos de lo que cuesta una hora. Por eso, hoy les paga a sus hilanderas buenos precios y, con ello, está impactando la calidad de vida de 50 familias vecinas de Iza, el pueblo donde se terminaron asentando con Francisco quien, además, le imprimió al negocio su especialización en tinturados naturales, siempre con esa inquietud sobre qué es lo que cuentan los colores. Trabajan con diez personas en su taller y están reactivando siete talleres más en el pueblo, todo para volverle a dar a Iza la trascendencia que tuvo antaño: de allí salían todas las cobijas de Colombia. Era una tierra tejedora por excelencia y en cada casa había por lo menos tres telares. Hoy los reconforta estar empezando a oír de nuevo su sonido y la reactivación del oficio de la tejeduría. Para ellos, que otros jóvenes los vean triunfar se ha convertido en una inspiración para que las nuevas generaciones se animen a vivir entre lanas.

Artesanos de la ruta

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