Taller: Maitamá Tejidos Ancestrales
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Diversa con enfoque LGBTIQ+
Ubicación: Sonsón, Antioquia, Ruta Diversa
Calle 3 # 5-29 . Barrio La Calzada, Casa azul de reja negra
3219889606
maitamatejidosancestrales@gmail.com
@maitamatejidosancestrales
La primera vez que Yeison Marín estuvo frente a un telar, durante una clase impulsada por Antioquia Mágica en la Casa de la Cultura de Sonsón en 2022, sintió tanta ansiedad al ver los miles de hilos delgados con los que estaba cargado, que le dieron ganas de salir corriendo. Esa tarde volvió a la casa y le dijo a su abuela que él por allá no volvía. Sabía de gestión de talento humano, había trabajado como asistente y administrador para la Halo Trust, haciendo desminado humanitario en el Putumayo, Casanare, Boyacá y Norte de Santander; y no sabía de nada que requiriera de trabajo artesanal. Pero entonces su abuela Rubiela le mostró un tapetico y le dijo que si ella, a sus 74 años, había aprendido a tejerlo, él podría aprender perfectamente a manejar un telar. Entonces se puso una nueva meta, se dijo: si la clase no me gusta, al menos voy a entender cómo funciona esta máquina. Y así lo hizo. Llegó a la siguiente sesión con cuaderno en mano, dibujó las líneas del telar, anotó todo sobre los pedales, su orden, y los códigos de los hilos. Cuál no sería su sorpresa cuando, gracias a haberlo registrado todo en su cuaderno, lo dejaron encargado cuando la maestra se devolvió para Medellín. Era el más joven del grupo, un hombre entre tantas tejedoras sonsoneñas.
Ahora que lo recuerda, cae en la cuenta de que en todos sus viajes laborales compraba alguna artesanía para llevarle a la familia de recuerdo. El amor por el oficio ya lo tenía. Como cuando de niño le pidió a la abuela Rubiela que le enseñara a tejer en crochet. Esa vez no lo logró, quizá no era el momento. Lo sería cuando llegó a vivir con sus abuelos en Sonsón a los trece años, cuando su madre, Consuelo Marín, decidió sacarlo de la vereda San José de las Cruces para alejarlo del reclutamiento forzado, los secuestros, las armas y la muerte que rondaban sus tierras a comienzos de los dos mil. Lo mandó al pueblo confiando en los valores que le había enseñado y en que los abuelos lo guiarán cuando tuviera que decirles que no a los ilegales. Yeison, quien ya había visto cómo su propio padre y tres tíos habían sido reclutados por distintos grupos, aprendió que, si iba a haber justicia, no debía ser con un arma en mano. Así que en Sonsón se puso a estudiar y a trabajar, primero en un granero y luego en una funeraria, trabajo que le ayudaría a reconciliarse con tanta muerte, una inquietud que luego lo llevaría a trabajar en desminado humanitario. Qué curioso como todo lo llevó a su propia sanación y reparación.
Y en ello, volvieron las preguntas. Porque en un punto se le volvió insostenible ver a su familia solamente en las vacaciones. Así que, después de que su abuelo Reinaldo falleciera en 2021, Yeison regresó y se puso al frente de los cuidados que requerían su abuela, su madre y su tía, para honrar una vida de cariño y esfuerzo. Habiendo regresado al hogar, le llegó como un regalo el llamado del oficio. Se encontró con la ruana perreleña que su abuelo guardaba en un baúl, y recordó la tradición que su pueblo había dejado de lado en medio de tanta violencia. Otrora, Sonsón, con su clima frío, había sido conocido por la producción de ruanas y cobijas de la vereda Perrillo. Las tejían en lana, usando telares verticales.
Yeison se propuso recuperar esos saberes. Gracias al curso que tomó en la Casa de la Cultura, empezó a buscar respuestas. Se subió a los zarzos de las casas de su familia, se aventuró a los cuartitos de atrás, y se encontró tesoros: el bastidor vertical de 150 años que había pertenecido a su tatarabuela Rosana Granada, el de 67 años que guardaban sus tías, y el de 47 años. Se le vino a la mente el recuerdo de sus tías escondiendo los telares de la vista de los niños y los hombres, por la creencia de que si los miraban se iban a avinagrar los tejidos, como la comida, y cayó en la cuenta de no había quién heredara la tradición de las tejedoras de su familia, pasada con tanto recelo de generación en generación. Decidió ser él. Les empezó a preguntar por su historia a las mujeres, volvió a armar los telares, y hasta recibió en comodato el telar horizontal de las primeras clases, que ahora usan él y la comunidad de tejedoras en el patio de la casa de su abuela. Así, en 2024 abrió su taller, al que le puso Maitamá Tejidos Ancestrales después de oír a su sobrina llamarle “maíta” a su abuela, y de descubrir que Maitamá había sido un cacique de la región. Instaló en la casa familiar su colección de máquinas prodigiosas; eso le permite cuidar de sus mayores al tiempo que teje, en un ejercicio importantísimo por recuperar el oficio que la violencia casi les quita. Tras un largo camino, Yeison regresó a casa para honrar, día a día, a las mujeres que lo criaron, cuidando de su salud, manteniendo vivo el oficio, y enseñándoselo a quienes lo perpetuarán.
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