Colombia fue galardonada en 2017 como “Destino emergente LGBT en el mundo”, lugar que no solo se ha mantenido, sino que se ha ampliado y enriquecido en identidades de género como la sigla misma de la comunidad. Respondiendo a una experiencia de viaje amigable, libre de discriminación, segura, respetuosa e igualitaria, Colombia Artesanal no podía quedarse fuera de estas búsquedas, que representan principios y valores. Y aunque esta guía turística está construida en su totalidad con maestros artesanos que tienen en la dignidad y el respeto un manifiesto de vida, y de esta forma atienden a sus visitantes, en esta ruta en particular invitamos a artesanos y artesanas que hacen parte de la comunidad LGBTIQ+ para que tuvieran una cualidad más para sumarle a su maestría artesanal y reflejaran con sus historias de vida el avance inmenso en la adquisición de derechos que aquí celebramos y promovemos. De esta forma, el turista tendrá en la visita a sus talleres, además de una inmersión de oficio, una experiencia muy amigable. Queremos que todos y todas puedan recorrer nuestras rutas, sea cual sea su orientación sexual y de género.
De norte a sur de Colombia, te encontrarás con tejedores de lana, iraca, palma mawisa y calceta de plátano, así como con joyeros contemporáneos excepcionales, delicadas tejedoras emberá de mostacilla checa, y alfareros. Cada cual cuenta de qué manera se enamoró de la artesanía y cómo, gracias a su vocación, está heredando la transmisión de saber dentro de sus comunidades, logrando derribar prejuicios y abriendo, desde la identidad misma, conversaciones importantes alrededor de la salvaguarda de la tradición en nuevas manos que desean perpetuar los oficios artesanales. Esta ruta nos invita a ser una sociedad cada día más incluyente y que abraza la diferencia. Descubre en ella otra capa más de la riqueza de nuestro país.
La Ruta está dividida en cuatro regiones turísticas que se irán ampliando paulatinamente: Gran Caribe, Andes Occidentales Colombianos, Andes Orientales Colombianos y Macizo Colombiano. Según la que escojas, te sugerimos el siguiente recorrido:
Empezamos en la punta norte de Colombia, la Guajira, en el calor de mar de Riohacha y su malecón, desde el que podrás apreciar todos los colores del atardecer. Empieza la visita a los talleres por lo alto, con el maestro de los sombreros wayuu en palma mawisa Gary González. No te pierdas el Santuario de flora y fauna Los Flamencos.
Siguiente parada: Montería, en Córdoba. Visita a Duberney Padilla, artesano ejemplar que, a dondequiera que la vida lo ha llevado, nunca se ha olvidado de la calceta de plátano. Ten en cuenta que estarás a tan solo dos horas de las playas blancas y aguas cristalinas de Coveñas y Tolú, un paraíso caribeño que vale la pena conocer.
La capital de Antioquia, Medellín, es un mundo en sí mismo, con sus museos, parques, jardín botánico, su vida nocturna y cómo no, su gente paisa y su clima cálido. Además, tiene el Parque Explora, el planetario, su propio pulmón verde en el Parque Arví. Con todo lo que hay para conocer, empieza por darte una pasadita por el centro, donde podrás sumergirte en el comercio, conocer la Plaza Botero y el imperdible Museo de Antioquia, antes de visitar a los joyeros contemporáneos Jose Luis Ruiz, Julián Andrés Hernández Cuartas y Juan David Vargas.
A tres horas y media de Medellín está Jardín, dicen que es el pueblo más lindo de Antioquia. Para confirmarlo, pasea en tuk tuk y pide que te lleven al mirador Cristo Rey, desde donde podrás contemplar la inmensidad del paisaje. A quince minutos del pueblo, en el resguardo de Karmata rúa, en Cristianía, te esperan Roxana Panchí y su grupo de tejedoras emberá, con sus okamás deslumbrantes.
Te recomendamos volver a Medellín para pasar la noche. Al día siguiente arranca para Sonsón, también a tres horas, vía Las Palmas – La Ceja – La Unión. Este pueblo de balcones coloridos, que fue el epicentro de la colonización paisa, te recibirá con un clima más frío, para el que serán perfectas las ruanas perreleñas que teje Yeison Marín en su taller familiar. Al terminar el recorrido, estarás a un paso del Páramo de Sonsón y del norte de Caldas.
Empezamos en la capital, dinámica y cosmopolita, que tiene en sus oficios artesanales uno de sus secretos mejor guardados. Después de la visita obligatoria al centro, con su amplia oferta de museos y comidas típicas, dirígete al norte para conocer a Alec Niño, joyero en plata inspirado profundamente por las estructuras de los hongos.
Al día siguiente, arranca el paseo típico por la región cundiboyacense, de clima frío y bebidas calientes. Al norte, vía a Tunja, te espera Jaime Cortés, maestro del torno alfarero, en Guatavita, territorio de la mítica laguna y del imponente embalse de Tominé. Pero si prefieres dirigirte hacia Tabio, conocerás a Milciades Castro, artesano detrás de la ya reconocida marca Somos Muyscas, tejedor y diseñador de moda en prendas en lana.
Siguiente estación: Boyacá. Te recomendamos hacerlo temprano para que, además de desayunar una arepa boyacense con aguapanela en el camino, puedas ver cómo la niebla se levanta poco a poco de las montañas y se revelan los pastizales, los cultivos de papa y de cebolla que adornarán tu viaje. Después de casi cuatro horas desde Bogotá, llegarás a Iza, patrimonio cultural y hogar de la feijoa, la trucha, y dos exponentes de la enorme tradición tejedora del pueblo que queremos que conozcas: Silvino Patiño y Francisco Gómez, artífices del reputado taller Rebancá. Allí puedes dormir cómodamente. Termina tu paseo bañándote en las termales de Pozo Verde y conociendo las aguas verdeazuladas y la playa blanca de la Laguna de Tota, a 36 kms.
Nariño es tal vez uno de los departamentos del país que más maestros artesanos tiene y en donde se mantienen los oficios como un legado familiar que es puro orgullo y sabiduría. Así lo demuestran las tradiciones que hacen del departamento un destino patrimonio: empezando por el Carnaval de Negros y Blancos, las músicas del Pacífico, las técnicas del barniz de Pasto y del enchapado en tamo. Con tanto para ver, en este caso, queremos concentrarnos en Sandoná, un municipio que tiene profundamente enraizada la tradición de la tejeduría de sombreros en iraca. Aunque tendrás que tomar la Circunvalar del Galeras para llegar a Sandoná, y así bordearás el volcán regalándote un paisaje de ensueño, puedes recortar un poco el viaje si tomas la vía Pasto – Genoy – Nariño – La Florida – Sandoná.
Por último, ten en cuenta que llegar a Pasto es todo un reto de la aeronáutica, debido a los fuertes vientos que se encajonan en su cañón, así que te recomendamos tomarlo con calma y, si no logras aterrizar de inmediato y ello implica que se te pase la mañana, quédate en Pasto y recorre la ciudad antes de emprender tu paseo a Sandoná (fíjate en los maravillosos artesanos que allí viven), que será de, más o menos, hora y media.
Al llegar allí, te encontrarás con Edwin Potosí, un joven carismático y caluroso, que encarna el regreso del hombre tejedor a este oficio. Para cerrar la ruta, endulza el paladar paseándote por la plaza principal, donde es inevitable sucumbir ante la tentación de las melcochas.


Colombia es un país donde la diversidad no solo se celebra: se cocina. Y no es no es solo un atributo: es un principio culinario. Basta un solo ingrediente para narrar una historia con múltiples caminos. Desde los vientos salados de La Guajira hasta las montañas volcánicas de Nariño, cada territorio despliega una identidad propia que se reconoce en el humo de sus fogones, en el bullicio de los mercados, en los puestos al borde de las carreteras, en los patios donde las abuelas amasan el tiempo y en las estufas urbanas que incluyen las cocinas de autor que reinterpretan la tradición. Esta ruta que atraviesa el Caribe, el centro andino y el extremo sur del país, te invita a descubrir un mapa vivo donde convergen pueblos indígenas, herencias africanas, migraciones internas y también las diásporas que entraron por el Caribe —árabes, siriolibanesas, judías sefardíes, antillanas, europeas— trayendo especias, panes, dulces y nuevas maneras de preparar y comerciar los alimentos. A esa mezcla se suma la comunidad sexo-género diversa, que ha dado forma a esta pluralidad; se vuelve un punto de encuentro, de resistencia y de festejo. En definitiva, en este país se cocina para todos —y ese “todos” incluye identidades, cuerpos, acentos y memorias distintas.
Empecemos este viaje con un sabor que nos une, unánimemente, el maíz, que, en manos wayuu, campesinas, afrodescendientes, paisas o pastusas, se transforma en decenas de amasijos y revela su diversidad en arepas de maíz pelao’, bollo de maíz, arepa de chócolo, envueltos dulces, almojábanas, cucas y los quimbolitos -un delicado pastel cocido al vapor en hojas tiernas de achira- con olor a mantequilla en Nariño. De la misma manera, la yuca puede ser casabe, carimañola, sopa espesa o buñuelo dorado; el ñame puede convertirse en sancocho, dulce, bollos o incluso bebidas fermentadas; la papa nativa, en sopas ceremoniales, chips artesanales y panes rústicos. Colombia es un país donde un ingrediente nunca tiene una sola vida.

En esta cartografía de sabores, los caminos nos conducen a Sonsón, un municipio donde la tradición paisa convive con las nuevas generaciones, se vuelve un diálogo entre patrimonio e inspiración y todo a la vuelta de la esquina. Allí, La Popular honra la cocina criolla con carnes preparadas con paciencia, esa misma que nos ofrece el artesano de este pintoresco pueblo antioqueño que queremos que visites con la panza contenta.
Y ya en las ciudades, la diversidad se vive en espacios que abrazan con calidez a todas las personas. En Medellín, San Baco te recibe con una fusión encantadora de una buena comida para compartir y estar allí un buen rato, entre arte y atardeceres contemplativos. También, está Candelaria Café-Bar-Restaurante, un refugio seguro, especialmente para mujeres lesbianas, donde los platos caseros comparten la mesa con conversaciones que saben a comunidad. En el barrio Laureles, Brunch Chick convierte los domingos en un ritual festivo: un brunch colorido, frutas frescas, preparaciones golosas y un show drag vibrante que recuerda que la cocina es un buen pretexto para celebrar la identidad y la libertad.
Estos lugares -íntimos, festivos, rurales, urbanos-, muestran apenas un fragmento de lo que significa diversidad en la cocina colombiana. Diversidad es tener más de mil frutas posibles en una misma geografía; es que las preparaciones con el maíz, la yuca o el plátano puedan ser infinitas; es que se fundan técnicas indígenas, ritmos afrodescendientes, herencias campesinas y sabores llegados de otras tierras; es que la cocina sea a la vez refugio, fiesta, memoria, resistencia y creación.

La carretera, siempre tan colombiana, es un aula abierta y también tiene voz propia en esta ruta. Puestos improvisados donde una olla humeante, una parrilla al borde de la vía o un puesto de fritos revelan el alma del territorio. Allí te esperan las arepas de maíz pelao’ en Uribia, los bollos, el bofe y butifarras cordobesas, las arepas dulces en las vías antioqueñas, la fritanga rural en los pueblos de Cundinamarca, las empanadas de añejo en Nariño. Comer en la ruta es detenerse a conversar, escuchar a quienes viven de estas recetas; una verdadera lección de aquellos que las celebran cada día sin pretensiones, y sin prisa. ¡Guardianes silenciosos de la sabrosura!
También están estas joyas irresistibles de la cocina colombiana: el ajiaco bogotano con sus papas que se funden en un caldo que reconforta; el friche -plato wayuu a base de carne de chivo que se frita en su propia grasa hasta quedar crujiente y lleno de sabor. La sopa de guineo antioqueña, generosa; y el cuy, dorado y crocante de Nariño, que te va a unir con los Andes más profundos.
Además, en esta ruta queremos recomendarte muy especialmente una de esas voces que salvaguarda el legado culinario del país: la de Jaime Rodríguez. Cuando no está de viaje para descubrir cada nuevo bocado que se le atraviese o recibiendo reconocimientos por su labor, sueles encontrarlo en Celele, su restaurante en Cartagena resultado de un recorrido de dos años por el Caribe colombiano para rastrear productos, técnicas y recetas. En esta cocina, cerca de la mitad del equipo pertenece al colectivo LGBTIQ+, un gesto claro del compromiso con la diversidad y la inclusión.

En los departamentos que atraviesa esta ruta -La Guajira, Córdoba, Antioquia, Bogotá, Boyacá, Cundinamarca y Nariño-, la cocina funciona como un lenguaje compartido que conecta territorios distintos y los platos en desuso cobran vida, se resguardan como perlas: el caldo de ruyas boyacense, la mazamorra chiquita muisca en Cundinamarca; los amasijos que huelen a horno de leña, las bebidas que fermentan lento, como el masato y la chicha; y recetas que se reinventan en manos de cocineras y cocineros, jóvenes y mayores, siguen cuidando el fuego. Sabores que sobreviven porque alguien decidió no dejarlos morir. Esto mismo hacen los y las artesanas LGBTIQ+ de nuestra ruta: toman en sus manos la transmisión de saber de sus mayoras y, con su potencia creativa, les prometen vida a las tradiciones artesanales.
El corozo no es simplemente una fruta: puede ser un jugo refrescante en Córdoba, jalea para untar en pan casero en Sucre, postre espeso para fiestas, vino artesanal o un boli -una suerte de helado- que venden en las casas y tiendas de barrio para aliviar el calor en el resto de la costa Caribe y, hasta base de salsas que acompañan pescados y chivos de monte.
Y si esta fruta acidita es la costa en un sabor, el postre de aguacate es la expresión dulce de las montañas antioqueñas de Sonsón. En La Popular prueba esa delicia sorprendente, cremosa, que desafía cualquier idea previa del fruto y demuestra que en Colombia no hay límites para la imaginación culinaria. Y ya en Bogotá, la ruta se encuentra con otro pulso. En Chapinero, barrio diverso, noctámbulo y lleno de vida, Petunia se ha ganado un lugar especial en la memoria dulce de la ciudad. Su torta arcoíris -esponjosa, luminosa y suave- es una caricia, un regocijo para el alma y que no necesita explicación para enamorar.
Este viaje que le rinde homenaje a lo diverso es, sobre todo, una invitación a que mires el país desde la mesa. A entender que cada propuesta culinaria guarda una carrandanga de secretos e historias; detrás de cada historia, un territorio; y detrás de cada territorio, una comunidad que resiste, que inventa y que transforma. Nuestros fogones, sin importar dónde estén, revelan lo que somos y, en esa inmensidad de sabores y voces, está el verdadero placer de viajar. A lo largo y ancho de este país, la hospitalidad, está a la orden del día y se sirve en plato hondo. ¡Buen apetito!

La Red Turística de Pueblos Patrimonio de Colombia es un programa especial del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, ejecutado por FONTUR, que trabaja con 17 municipios de Colombia que poseen declaratoria de Bien de Interés Cultural (BIC) a nivel nacional para su valoración y proyección mediante el turismo, generando así más oportunidades de desarrollo y sostenibilidad en las comunidades.
La Medalla a la Maestría Artesanal es un galardón que Artesanías de Colombia entrega anualmente, con el cual se hace un reconocimiento a aquellos artesanos, empresas y comunidades artesanales que, contando con una trayectoria destacada, sobresalen a nivel nacional por su excelencia en el oficio así como por preservar el quehacer artesanal.

Es un signo distintivo que identifica productos reconocidos o famosos por tener una calidad o características específicas derivadas esencialmente del lugar de origen y la forma tradicional de extracción, elaboración y producción por parte de sus habitantes. La protección conferida sobre una Denominación de Origen implica que ninguna persona puede identificar con la denominación protegida productos iguales o similares a los amparados, cuando no provengan del verdadero lugar y no cumplan con las características o calidades que le han dado la reputación al producto reconocido. Las Denominaciones de Origen para productos artesanales colombianos que han sido protegidas por la Superintendencia de Industria y Comercio en nuestro país son actualmente 13.
No puede copiar contenido de esta página