Taller: Asociación de tejedores wayuu Iwouyaa
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Macondo
Ubicación: Riohacha, Macondo
Km 17 vía a Valledupar
3135617561
ceciliatours@gmail.com
@iwouyaa_artesaniaswayuu
“Quien creyera que con la partida de Cecilia Acosta se iba acabar su estela sobre la tierra se equivocó enterito. Como si hubiera sabido que se iría pronto, Cecilia se dedicó a enseñarlo todo, a enseñárselo a sus tres hijas, Ixela, Blanca y Ángela, así como a innumerables jovencitas y mujeres que hoy son experimentadas artesanas, perpetuadoras del legado de su cultura wayúu. Ella misma, seguía la herencia de su bisabuela, abuela y madre.
También preparó a sus tres hijos para que fueran hombres capaces de ser palabreros cuando el turno les llegara; además de conocer del oficio artesanal del pellón o hacer las cargaderas de las mochilas en el telar.
Todo en Cecilia siempre fue mantener la tradición y el apego al territorio. Solía decir que había aprendido a tejer “los hilos de la vida desde los 7 años” y oyó de boca de Ángela, su mamá, que a la abuela le había durado el encierro siete años y que, por supuesto, cuando salió no solo era una maestra en el tejido, sino que le llovieron los pretendientes. Todas las Acosta, y ahora las Sabino Acosta, han aprendido a perfeccionar el tejido del chinchorro, así como el dominio del telar para la gasa y de los múltiples nudos y cordones que pueden realizarse en la elaboración de una mochila. Ixela, la menor de la casa y tremenda embajadora wayuú, cuenta que se había aventurado a aprender a tejer desde sus 9, dos antes de su pubertad, porque en el internado todas lo hacían, así que, cuando se desarrolló, el encierro le duró solo 10 días, los suficientes para sentarse con su mamá y prepararse espiritualmente en este ritual de paso: “Entré niña y salí mujer, no tuve adolescencia”, dice sin remordimiento alguno. Reconoce que allí se le aclaró su misión en la vida, pese a que se desmayó al ver que le habían cortado su precioso pelo largo. Y de la misma manera que sus dos hermanas lo habían vivido antes que ella, entendió el sentido de los kaanás, aquellas figuras que simbolizan estados de la naturaleza o del movimiento y que se plasman en las mochilas, como ese tejido entrelazado que representa los tantos cruces de caminos que tenemos en la vida y que, a veces, nos vuelven a juntar con alguien; los rombos que celebran el caparazón del morrocoy; o la estrella que señala la llegada de la primavera, y con ella, de las lluvias, motivo de alegría infinita que, con toda la razón, le dio el nombre a su taller: Iwoúyaa.
Ixela cuenta que, para su cultura wayúu, también son esenciales los sueños. Recuerda muy vívidamente que, cuando era una niña, una noche se despertó asustada porque se le apareció en una pesadilla un enjambre de abejas. Al correr a contárselo a su mamá, ésta la llevó al baño y con agua helada le despejó cualquier mala energía que se le hubiera querido pegar al cuerpo. Los wayúu creen en los presagios de los sueños y las abejas anuncian desgracias o peligros a los que hay que huirles.
A Cecilia siempre le interesó dar, así que fue natural que quisiera desarrollar un proyecto que le permitiera hacerlo a sus anchas. Fue así como estudió un técnico en operación turística y, luego, lideró procesos artesanales y de etnoturismo en la Ranchería Iwouyáa, de la cual fue su autoridad tradicional. Hoy, los seis hijos Sabino Acosta se encargan de su legado. Ixela y Blanca, tejiendo en aguja de crochet, Ángela Vanessa, administrando el negocio y Evaristo, Amilcar y Alexis haciendo las “cosas de hombres” de la ranchería: ser docentes, matar el chivo, contar las historias en las noches y hacer los oficios de tejeduría que requieren de más fuerza, como el pellón o paleteando el telar.
Allí los turistas encuentran un lugar para adentrarse en la cultura de una forma cómoda, entretenida y respetuosa. Además, desde hace más de 30 años, Cecilia constituyó con su hermana una institución etnoeducativa llamada El Paraíso, que le apuntó a la formación de los niños y niñas wayúu, enseñándoles la palabra, el respeto, el valor de la comunidad, su pensamiento y sus procesos históricos. Se inventaron una manera de transmitir los saberes comunitarios a través del tejido, la gastronomía, la danza y las actividades culturales. Empezó como un proyecto de atención a 7 niños y hoy en día cuenta con 11 sedes que atienden a algo así como 1.500 niños y niñas, desde el preescolar hasta el grado 11°. Todo un orgullo para esta familia.
Así como el trabajo artesanal de todas aquellas mujeres a las que Cecilia les enseñó y con las cuales colaboran a la hora de hacer proyectos grandes. Hoy este legado cultural hace parte del patrimonio guajiro y está asegurado en estos hijos enamorados de un oficio que tiene en los sueños su motor. “
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