Taller: Arte Colombiano
Oficio: Tejeduría y confección
Ruta: Ruta Quindío
Ubicación: Circasia, Quindío
Quebrada las Yeguas, Calle 7 #3-00
3107893439, 3046822806
jmarisssa@gmail.com
@wandrahome
Con José Edilson siempre tendrá cuento para largo. No solo porque ha vivido mil vidas, sino porque adora lo que hace y podría quedarse la vida entera conversando mientras teje sus canastos. Y es curioso porque, aunque de niño aprendió a hacerlo por la herencia de sus abuelos y porque sus tíos se lo enseñaron todo, solo hasta la pandemia descubrió que, verdaderamente, este oficio le estaba señalado como un camino desde siempre. Sin embargo, para descubrirlo, hasta Jerusalem llegó.
Desde niño supo que tenía un don con las manos. Mientras a la mayoría de la gente trabajar el bejuco se le dificulta porque no es una fibra blanda y para conseguirlo hay que ir más allá de la vuelta de la esquina, para él era como un juego. De hecho, recuerda que en su casa no había para juguetes, así que se hacía los propios con cajas de bocadillo y se inventaba las llantas con tapas. Luego vendría la bicicleta en bejuco. Nunca se varó con nada y la recursividad le sobra. Les aprendió a sus tíos Homero y Nilsa mirándoles las manos moverse con agilidad. También a la tía Vidalia. Todos ellos les heredaron el saber a sus papás, los abuelos de José Edilson, don José Marín y doña Rosana Orrego. La tradición familiar de la cestería venía por vía materna.
De adolescente, sin embargo, tuvo algo más que la aguda observación de sus tíos. Su tía Vidalia era una maestra tejedora de gran reputación a quien invitaban a dictar cursos en Comfenalco, en el Instituto Nacional de Ciegos, INCI, y hasta en las cárceles. Lo dicho, la cestería es una vocación de esta familia. Una que, en todo caso, se tardó mucho en reconocer José Edilson. Confiesa que le perdió el gusto al oficio cuando ya de veinteañero empezaron los amores y la artesanía no le daba para sacar a las novias. El mal pago del trabajo y la falta de valoración del mismo lo desanimaron. Por eso se desvió del camino, y por bastante tiempo.
En ese paréntesis de décadas, hizo de todo. Desde trabajar en carritos de comidas rápidas y vendiendo libros sin saber leer en el Pasaje Yanuba, en Armenia, hasta acompañando a un transportador de obras de arte por todo Israel, aventura en la que terminó siendo deportado de regreso a Colombia por haberse quedado más de la cuenta. Se ríe al contarlo, como si se tratara de alguien más a quien le pasaron las cosas más insólitas del mundo. Quizá lo más cercano al trabajo con las manos por esos años fue el que hizo con la cera de las velas. Aprendió de cerería (o candelería) y con el manejo de la parafina no solo vendió velas en un negocio que le resultó bastante rentable, sino que, ya inscrito en la Asociación de Artesanos del Quindío, fue invitado a participar en una muestra cultural en donde volvió a sentir que la creación le hacía falta. Se inventó un traje de época en parafina, con sus flores y sombrero, que lo hizo merecedor de todos los aplausos y un premio que le hizo recordar sus orígenes artesanos. Pero pasó el terremoto y se le quebró el negocio. Por eso el trasegar que lo llevó a toda clase de actividades en donde hizo y deshizo para sostener a su familia.
Familia que siempre estuvo allí, como lo sigue estando porque recuerda con un nudo en la garganta que al regresar deportado, con una mano adelante y otra atrás, quienes rompieron la alcancía para ayudarlo a volver a empezar fueron su exesposa Claudia Milena y su hija Marisa, hoy, su mano derecha en el comercio electrónico de su próspero negocio, esta vez sí de artesanías en bejuco, cabuya y fibra de papel. La pandemia, como a todos, le cambió la vida. Lo devolvió al origen y frente a la perspectiva de no tener cómo sostener la casa, lo llevó a regresar a lo único que sabía hacer y que no requería de gran inversión: la artesanía. Con tan buena suerte que el mundo, volcado en las redes, vio sus canastos y animalitos y espejos y lámparas y el negocio despegó. Sacó, entonces, de su memoria las lecciones de sus tíos y el recuerdo de sus abuelos, y se decidió, al fin, a seguir el oficio que llevaba en la sangre. Hoy, en su taller son seis personas, que suben a diez con los proveedores de materia prima, y no se imagina haciendo nada distinto a tejer. Se tardó en aceptar su destino, pero ya sabe que no lo dejará jamás. Simplemente, porque lo hace profundamente feliz.
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