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Edwin Potosí

Taller: Manos que tejen tradición
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Diversa con enfoque LGBTIQ+
Ubicación: Sandoná, Nariño, Ruta Diversa


AGENDA TU VISITA

  Cra 3, calle 12 No 10-07 barrio Hernando Gómez, Sandoná
  3108225179
  potosiwdwin310@gmail.com

“Yo desde niño siempre supe que el arte, el dibujo y la pintura, eran mi lugar feliz, era en donde yo quería estar”, nos cuenta Edwin Potosí, artesano heredero de la tradición tejedora en paja toquilla o iraca, del emblemático pueblo de Sandoná. Este joven carismático y caluroso, encarna, además, el regreso del hombre tejedor a este oficio, como, de hecho, lo había sido el origen del sombrero Panamá. Su ejemplo ha hecho que muchos más hombres nariñenses estén aprendiendo a tejer y acompañando a las mujeres que nunca han dejado de hacerlo.


Edwin recuerda que fue su abuela paterna, Rosa Potosí, quien empezó a tomarle las manos para que cogiera el sombrero, cuando tenía algo así como diez años y, luego, que su otra abuelita y su mamá, Isabel y Roxana, con quienes se crió, fueron quienes le terminaron de enseñar todo lo que necesitaba saber alrededor de la artesanía. Y resulta que esos intereses no hicieron más que despertar otros. Porque también le emocionaba ver que su abuelo y su papá tallaban y pintaban. Y él quería pintar. Por eso, cuando tuvo la oportunidad de imaginarse un futuro, lo hizo soñando con volverse artista, por lo cual terminaría estudiando Artes Visuales en la Universidad de Nariño, en Pasto. Pero antes de eso, debemos mirar detenidamente cómo le dio lugar a su propio movimiento.


Desde niño supo que no era igual a los demás. Era más sensible que sus compañeritos y la dulzura lo conducía. Y no estaba dispuesto a abandonar ninguna de estas dos cualidades con tal de encajar. Así que se enfrentó a todo lo mejor que pudo, afortunadamente contando con una familia amorosa que lo respaldó. Por supuesto, nada fue fácil. Vivir en un corregimiento, en este caso el de Santa Rosa, a media hora de Sandoná, lo volvía objeto de miradas no siempre amables. Hoy repasa esos días en los que se maquillaba y reconoce que fue una manera de reafirmarse, expresando con desenvolvimiento ese cuerpo y esa alma que buscaban su libertad. Lo hizo en el pueblo, lo hizo en Sandoná y lo hizo en Pasto, en la universidad. Fue su manera de romper con los miedos. Y lo logró, al punto de que ya no necesita de sombras o pintalabios para demostrar quién es y solo los usa si así lo quiere. Descubriéndose encontró a quienes son hoy sus mejores amigos y amigas, sus pares queer. Entre esta comunidad y su familia, cuenta con la fuerza necesaria para pararse firme en sus convicciones y emociones.


Recuerda, también, cómo fue pasar del frío de Santa Rosa al calor de Sandoná y cómo el clima era apenas una manifestación más de la diferencia; era el chico de los cachetes rojos por ser del altiplano andino, también el del cantadito dulce. Todo, todo le señalaba que salir de la protección de la casa, de la abuelita Isabel, lo exponía a los otros. Y claro, al principio le costó y le dolió, pero rápidamente y como él mismo dice, “depende de uno quedarse ahí mal, sufriendo, o tomar el toro por los cuernos”. Y eso fue lo que hizo.


Sus profesores encontraron a un chico con inmenso talento, que se entregó a lo que le corría en las manos: el legado que le daría sentido a todo. Y si bien se fue a Pasto para aprender de artes, fue allí mismo, con todo lo que se le abrió al aprender tanto de tanto, que regresó la mirada a lo que había sido su historia, la suya y la de su pueblo. La paja toquilla se volvía entonces una pregunta necesaria, un referente de oficio, de economía, de tradición. Entendió que su familia, como tantas otras, se había dedicado a tejerles a los demás, a surtir talleres y a quedarse en silencio, regalándole la voz a los intermediarios. Y decidió, como todo lo que había estado haciendo consigo mismo, hacerle frente a esto. Le dijo a su familia que abrieran un taller y que hablaran, por fin, en coro.


Y así, sumó el saber de esa mamá que teje el sombrero extrafino, característico de Sandoná, con el de esas otras mujeres de su casa que nacieron con la iraca en las manos, y le añadió su espíritu innovador y su talento para pintar. Combinó, además, los conocimientos tradicionales del tinturado de la paja con lo que aprendió de teoría del color en la universidad. Y con esta fórmula estimulante se lanzaron al ruedo como taller familiar. También se alió con su amiga y socia Ana Milena Linares, directora de la casa cultural Irakasa, para hacer allí exposiciones y encuentros, así como ofrecer talleres de tejeduría y vender los productos que nacen de todas estas manos creativas. Una bella excusa, vemos, porque lo que sucede es que tejer se vuelve el medio para que muchos espíritus y corazones tengan un lugar donde crecer. Edwin se dio cuenta de que algunas de las mamitas que les enseñaban a tejer a los otros tenían hijos en condición de discapacidad y que éstos querían aprender, pero no tenían las capacidades para realizar algunos tejidos que son difíciles. Así que, junto a Ana Milena, que es diseñadora, se idearon unos tejidos más contemporáneos que sacaran esas habilidades que tenían escondidas. ¡Qué renacimientos han presenciado! Tan bien ha acontecido todo, que esta enseñanza se ha convertido en otra línea de su emprendimiento artesanal.

Y así como a él alguien le vio el potencial, él se lo ve a otros y les da las alas que los pusieron a volar. Porque qué mayores regalos que la dulzura y la sensibilidad para hacerlo.

Artesanos de la ruta

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