Taller: Artesanías Don Guido
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Pasto - Sandoná
Ubicación: Sandoná, Nariño
Taller: Calle 7 #05-46, Barrio el comercio Tienda: Centro Comercial Calle Real, Barrio El Comercio
3227014806
guidofernando@gmail.com
@artesanias_don_guido_oficial
“Hace 25 años, la vida de Guido Fernando Arcos Arcos era muy distinta de la de un artesano. Llevaba 8 años trabajando como técnico judicial y se la pasaba entre documentos legales y juzgados. Pero en el 2000 se enamoró de una artesana, Juanita Castillo, y con ella, creció en él inevitablemente el amor por la artesanía. Entonces dejó la vida de los tribunales y aprendió el nuevo oficio. A pesar de haber nacido en Sandoná, y de haber visto sus tradicionales artesanías tejidas en iraca toda la vida, en especial los sombreros, Guido nunca se había acercado al material.
Recuerda esas primeras lecciones junto a Juanita y nos cuenta que chocaban mucho, porque aprender a tinturar no era fácil. Les tomó varios intentos ajustar las fórmulas y el método para darle a la iraca el color del nogal, el achiote, la cebolla larga y el pichuelo. Al final, se inventaron un sistema propio y efectivo, en el que la unidad de medida son los baldados y las cucharadas soperas, nada de gramos ni mililitros. También aprendió del prensado y terminado de los sombreros Panamá, Cordobés o Paso fino, una labor que tradicionalmente le ha pertenecido a los hombres. Y se contagió del amor por la artesanía y las ganas que le ponía Juanita, quien se convirtió en una piedra angular de la comunidad de tejedoras de Sandoná, enseñándoles a tejer sin pedir nada a cambio, deshaciendo un tejido las veces que fuera necesario hasta que quedara perfecto, e invitando a sus compañeras a “aloquecerse, que de las locuras salen cosas buenas”.
Hasta que en la pandemia la vida le volvió a cambiar y le trajo uno de los retos más grandes que ha tenido que enfrentar: seguir adelante después de la súbita muerte de Juanita. No fue para nada fácil, y con los recuerdos viene el nudo en la garganta. Él mismo estuvo al borde de la muerte, pero sobrevivió. Para el 2022 recuperó la salud, pero no las ganas de volver al oficio; era, sencillamente, demasiado doloroso. Sentía que no podía más, pero pudo. Sabe que no lo habría hecho si no hubiera sido por el apoyo de las tejedoras, de la confianza mutua y las palabras de aliento. Le decían vamos, usted puede, usted es un verraco y lo necesitamos. Así lograron que volviera al ruedo, a la cabeza del taller del que dependían tantas mujeres cabeza de familia; que llamara a los clientes y volviera a poner al grupo en el mapa después de la incertidumbre. Lo hizo del lado de Diana Marcela Vallejos, tejedora y apoyo incondicional para el nuevo taller, al que le puso por nombre Artesanías Don Guido.
Después de 25 años en el oficio, de la pausa y el renacimiento, Don Guido ha sido testigo de los cambios en el ecosistema artesanal de Sandoná. Vio cómo, después de centrarse en los sombreros, los talleres multiplicaron su repertorio y empezaron a hacer también productos para la mesa, de decoración y bisutería. Ha visto las tendencias cambiar; si un año están en auge los canastos de todos los tamaños, al otro se mueven más los abanicos o los servilleteros de frutas y animales. Hacen desde una fruta en miniatura hasta un canasto en el que cabe una persona, demostrando la maestría en los múltiples tipos de tejido que saben hacer: el común, granizo, espumilla, ventilado, apareado, entre otros.
Desde luego, conserva esa costumbre que adoptaron con Juanita de enseñarle a quien quiera. Sabe que les están dando, en especial a las mujeres, una opción para valerse por sí mismas; y que están haciendo todo lo posible por conservar el legado y dejárselo a las nuevas generaciones. Cada sábado, las artesanas llegan a Sandoná para hacer mercado, entregar lo que tejieron en la semana y devolverse a sus hogares con los mazos de iraca para el trabajo por venir. Viven en los corregimientos de Santa Bárbara, Santa Rosa, El Ingenio, San Antonio y San Miguel, y tienen entre 18 y 80 años. Así que cada sábado, Don Guido se reúne con las 180 tejedoras y los 6 hombres dedicados al prensado y terminado de sombreros, que hacen posible que el taller funcione. Y si bien él nunca se formó en el tejido, de inmediato reconoce cuando un producto fue hecho con cuidado y amor por las manos femeninas entregadas al arte. Justamente, ha sido esa atención a los terminados y el detalle, que tanto cuidan, lo que les ha multiplicado el trabajo y ha mantenido a flote el taller, aún en los momentos más difíciles.”
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