Taller: Aminah Koradi
Oficio: Cerámica
Ruta: Ruta Quindío
Ubicación: Armenia, Quindío
Cra 18 #70-20
3116501753
jimevalencia@outlook.com
@aminahkoradi_dossierdeobra
@artstudioaminahkoradi
Yo siento que, para mí, el barro es un ancestro guía y cuando estoy trabajándolo, siento como si estuviera sentada ahí en mi mesa una abuela vieja y hermosa”, dice con dulce cadencia esta mujer que decidió nombrarse Aminah Koradi, porque la vida así se lo indicó cuando apenas era una veinteañera. Cuando, además, se convertía en madre. Fue el resultado de una búsqueda que la ha hecho viajar por muchos lugares del mundo, entre los cuales Canadá, con la buena fortuna de que allí le presentaron los territorios sagrados de los indígenas Lakota y los Sioux que, sin saberlo, le permitieron encontrar el inicio de las respuestas que andaba buscando y que la hicieron volver de nuevo a casa. Y allí, repasar sus propias raíces, el de sus orígenes nasa, del Cauca para, finalmente, asentarse en la tierra de su padre, el Quindío. Su instrumento para semejante arqueología vital ha sido el barro.
Es una buscadora incansable, una caminante, una exploradora que se adentra en las montañas y los caños para descubrir sus tierras y empaparse de sus gredas de colores. Lo hace en compañía, se deja guiar por quienes saben el camino, por quienes conversan con los espíritus de los bosques, por quienes la dejan cerca de las vetas. Luego, en silencio, y ahí sí en la soledad más íntima, las soba y les pide permiso para extraerlas, y con un puñado le basta. Quizá un punto de quiebre en esta misión de volverse ceramista fue cuando aprendió a hacer tapia pisada en los bordes del lago Titicaca, en Bolivia. Hacer muros y casas de tierra que se sostuviera en su firmeza le indicó que esa sería su materia prima. La tierra, el fuego y las manos, para qué más. Por eso, su más reciente deseo es aprender a quemar el barro en leña abierta en el Amazonas ecuatoriano. Un paso más en su exploración meditativa y contemplativa.
Hablar con ella significa entrar en otra dimensión, una muy honda, en donde hay que soltar la impaciencia y empezar a escarbar en la capa sagrada de las cosas. Basta saber mirar, o querer hacerlo, para empezar a sentirla. Y, así, un cuenco no será nunca solo un cuenco, sino un testimonio del tiempo, una huella salida de la tierra y trabajada por una mano que la eligió con devoción, sabiéndola única y queriéndola única. Cada pieza que tocan y terminan sus manos, entonces, le resulta un ritual, una entrega, parte de la materialización de su misión en este plano. Sabe que hacer cerámica es su ancla, es lo que la amarra a la tierra o, de lo contrario, sería ave o nube. Por eso hace Filomenas, para recordar a su abuela, para ofrecer hogar, abrigo y calor en cuencos. O también hace ballenas, para honrar su necesidad de fluir.
La disciplina del amasar le da templanza. Y equilibrio. Reconoce que trabajar la arcilla combina una energía y una fuerza masculinas que se le suman a la feminidad del horneado y el terminado de una pieza. Cuando lo hace, sola, siempre sola, confronta estas dos energías y las armoniza. Trabajar cerámica para ella es entender de maleabilidad, es decirse a través de esta dura fragilidad que es el barro que no podemos ser tan duros con nosotros mismos, es su metáfora para agradecerle a la vida que le dio la herramienta para jugar y para soltar.
No puede copiar contenido de esta página