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Claudia Gaitán Da Silva

Taller: Pimy Artesanías
Oficio: Cestería
Ruta: Ruta Guainía
Ubicación: Inírida, Guainía


AGENDA TU VISITA

  Calle 25 #6-70, Barrio Paraíso
  3249221623
  pimiartesanias@gmail.com

Claudia dice que todo se lo debe a su abuela Mauricia, hasta la vida misma. Y cuando lo dice, lo dice en serio, pues sabe que le salvó la vida al decidir hacerse cargo de ella apenas nació. Por eso no tiene sino gratitud en su corazón y habla de su vida con un tono dulce y pausado, casi como una caricia, como cuando teje el chiquichiqui y se le mide a los objetos grandes, enormes, como si midiera en amor eso que le quiere transmitir a su abuela, allí donde esté. Se recuerda creciendo en Caño Carbón y cómo a sus seis Mauricia le enseñó todo sobre el conuco y los ciclos del sembrado, también recuerda cuando, luego, empezaron las clases de tejido en fibras de chiquichiqui y moriche.

Además, tiene muy claro un cuento que la abuela le contó de niña. Uno, tan viejo tan viejo, que los perros podían hablar entre sí y contarse sus cosas como, por ejemplo, cuando se quejaban porque los humanos no les botaban ni un trocito de comida y eran tan mezquinos que ni agua les daban. De eso conversaban estos animalitos, siempre creyendo que algo en la conducta de los hombres cambiaría. Pero no pasaba. Nunca cambiaron. Por eso, decidieron cerrar sus hocicos y nunca volver a pedirles nada a los egoístas, y, así, los privaron de sus voces y sentimientos. Sonríe al contarlo y cada vez que puede se lo repite a quien quiera oírlo. Haciéndolo, suspira por la bondad de Mauricia.

También la abuela le enseñó sobre los petroglifos que aparecieron casi sobrenaturalmente sobre las piedras de su Río Inírida y le mostró cómo dibujar a Iñapirrikuli, el dios de los curripakos, que carece de forma y es todo espíritu. En sus canastos se le aparece como un símbolo. Vemos pues, la influencia de esta mujer en el andar de una artesana que le rinde tributo en cada puntada.

Es increíble lo que hace la memoria afectiva porque, aunque Claudia vivió con ella hasta sus 18, cuando falleció la abuela, todavía la siente a su lado, como la guía que siempre fue. Y, seguramente, también fue ella la que le enseñó de generosidad y paz en el alma, porque fueron muchos años después cuando madre e hija se volvieron a encontrar y hoy son un equipo artesanal que ha logrado superar las duras y las maduras. Mariluz, su mamá, teje en colores, porque los encontró y Claudia se vuelca al negro, como buscando en el fondo de la tierra sus respuestas y su paz.

Claudia le puso a su taller Pimi y este nombre hace referencia a los colibríes que tanto la inspiran. Le gustan porque vuelan veloces, porque no se dejarán coger por nada del mundo. Y se le asemeja la metáfora porque ella misma se le escapó a la muerte y su vida ha sido buscando alimento en las flores y nutriéndose de belleza para contrarrestar las dificultades. Quizá por eso, porque le ha tocado imaginarse la vida, es que tiene un espíritu perfectamente innovador y experimental, que no se frena por nada y a nada le dice que no. Intenta y prueba hasta lograrlo. Y vuela. Vuela alto porque así fue que le dijo su abuela que la encontraría siempre. No es fortuito que haya hecho un tucán, un colibrí y un loro, luego de estudiarlos en un museo. Tampoco que los haga tejidos en miniaturas como si de un tesoro se tratara.

Todo en Claudia es significado, todo en ella es tejido, cuenco, puntadas, camino. Como el que le está construyendo a su sol, a su hija Antonella, la luz de su vida y quien espera que oiga, como ella, los cantos de su abuela en el movimiento de las nubes.

Artesanos de la ruta

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