Taller: Las nietas de María
Oficio: Tejeduría y confección
Ruta: Ruta Quindío
Ubicación: Circasia, Quindío
Calle 1 #15-61
3178538069
elisalojara822@gmail.com
Mejor costurero que taller, se apura a decir Elisa, confiriéndole a este espacio que decidieron volver nido ese halo de intimidad y confianza que ofrece el estar entre hilos y bordados. Madre e hija, Clemencia y Elisa son las herederas de las agujas de sus abuelas, María y Felicidad. Y aunque siempre bordaron y tejieron, cada una por su lado, la vida les permitió juntarse hace ya una década y hacer de este gusto por el oficio, un proyecto de vida. Elisa es quien toma la palabra, acaso para romper el hielo, mientras su mamá mira con detenimiento, en silencio observador. Y apenas siente que el clima lo merece, abre su caja de los recuerdos. Y sí que vale la pena la espera, porque nos encontramos con que quizá no es incomodidad lo que se le ve, sino que no está ocupando las manos y seguramente piensa que está perdiendo el tiempo.
“Mamá siempre está haciendo algo”, nos cuenta Elisa, quien intenta acordarse de algún instante en donde la recuerde descansando y no lo encuentra. En su lugar, deja que su mamá nos vaya contando que es hija de Felicidad Botero, una mujer de Santuario, Risaralda, y quien osó con valentía separarse de su esposo en 1954 y criar a sus tres hijos sola. Una fuerza que, en todo caso ya venía con su sangre, porque su propia mamá quedó viuda con su séptimo hijo en el vientre y, también, los crió a todos a pulso. Ella misma tuvo que vérselas desde joven por sí misma y, siguiendo una oferta de trabajo de la Caja Agraria se fue de la casa antes de cumplir los 18 y empezó su vida en Circasia. Quizá por eso es que la dulzura que tiene Clemencia la tiene en las manos, cuando toma sus agujas y se entrega al punto de cruz, el crochet, el bolillo, el calado noruego o la malla para TEJERLE algo a quien quiere.
A diferencia de Clemencia, quien aprendió el dominio de las agujas con las monjas salesianas, Elisa estudió en un colegio mixto en donde costura y bordado ni siquiera existían como materia. Y aunque Elisa siempre vio a su mamá y a su abuelita tejer nunca se interesó realmente por aprender a hacerlo, quizá porque Clemencia llegaba a hacerlo tarde, cuando regresaba de la Contraloría de Armenia, de donde se jubiló tras 24 años de servicio público, después de haber estudiado Derecho tarde, a sus 36. No obstante, lo que se hereda no se hurta, y a sus 15 dio sus primeras puntadas y cuando tuvo a su hijo Miguel le hizo toda su ropita de bebé.
La vida fue pasando con sus días y sus noches, y ya hechas y derechas estas dos mujeres decidieron juntar esfuerzos y entregarse a esta vocación familiar de la costura. La ocasión se dio cuando a sus 65 Clemencia obtuvo finalmente su pensión. Ya llevaban viviendo juntas varios años tras la separación de Elisa, así que qué mejor momento para hacer de su amor por el bordado un emprendimiento. Decidieron abrir su costurero Las nietas de María, en homenaje a esa primera gran tejedora de la familia y, en esta decisión, mostrar este rinconcito de belleza en medio del paisaje hermoso del pueblo de Circasia. Adentro, carpetas en punto de cruz o calado noruego, blusas en malla, muñecas de trapo o gallinitas de tela, corazones que son alfileteros, bolillos para hacer cuellos y encajes y caminos de mesa e individuales en crochet, entre otras muchas cosas preciosas, como el dechado de Clemencia, en donde exhibió sus puntadas en segundo de primaria, así como el tesoro de las distintas puntadas de Felicidad, rarezas que nadie ha podido copiar por su tremenda destreza. Elisa se ríe al decir que el costurero es un caos, porque está repleto de cosas, pero se queda pensando y dice que si una cocina está perfectamente organizada es que seguramente no se usa… eso pasa en su costurero, está vivo y listo para que nos perdamos entre sus tejidos.
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