Taller: Tocora
Oficio: Trabajos en guadua y madera
Ruta: Ruta Quindío
Ubicación: Salento, Quindío
Aldea del Artesano
3146671243
ttocorasalento@hotmail.com
@p/Artesanias-Tocora-100063727956019
Duberly nació entre cafetales y guaduales. Pero no lo hizo en el Quindío, sino en Quinchía, Risaralda, tierra de donde sus padres tuvieron que huir por cuenta de la violencia en 1989, a pesar de vivir en Río Manso. Salento, en el departamento vecino del Quindío los recibió y, aunque allí también padecieron el miedo de una toma guerrillera al pueblo, al no vivirlo de manera tan directa por estar a sus afueras, resistieron en esta nueva tierra, una en donde su mamá pudiera seguir teniendo sus animales, sus gallinitas y sus pavos, y su papá cosechando café. Y aunque cuenta estas historias no sin algo de nostalgia, lo que más repite no es el temor que sufrió su familia, sino el sentimiento de alegría de haber crecido entre el paisaje cafetero, con sus montañas colmadas de pepas rojas que luego serán tostadas, y en medio del trapiche en guadua que hizo su abuelo, así como recuerda los juguetes que le hicieron de niño cruzándole unas llantas a un palo de guadua. También cuenta que, al tiempo con el café, la economía del hogar se movía con la minería artesanal y que ese trabajo, desde sus siete, también le formó el carácter y le hizo aprender de dinero.
A Duberly le gusta hablar, entra en detalles, es encantador y sabe que la vida lo premió con una habilidad sin igual para trabajar la madera y la guadua. Está convencido de que cuando lo hace está honrando el pasado cafetero de su familia, y está acariciando las manos de su abuelo y de su papá, recolectores, y de su mamá, esa mujer incansable que lo crió y trabajó parejo en casas ajenas y que, ya grande y viendo que su marido estaba cansado de recolectar café, se las ingenió para aprender de dulces quindianos y sostuvo el hogar a punta de galletas solteritas, obleas y esa rica bebida fermentada que es la forcha.
Esos años de la adolescencia en nueva tierra le hicieron pasar dificultades porque ya no contaba con los pesos de la minería que le daban alguna libertad en Quinchía. Sin ese estímulo y sin muchas ganas de sentarse en un aula, se concentró entonces en aprenderle a su papá todo el trabajo de construcción con guadua. Luego se metería a cuanto curso hubiera para especializarse en este campo. Y para hacerse un dinero extra, hasta trabajó en una que otra discoteca. Sin embargo, finalmente encontró que el turismo sería su mejor aliado y, más aún, la guadua de toda su vida. Terminó asociándose con el dueño de un hotel que vio en la artesanía un camino para recuperar las inversiones que el conflicto ponía en entredicho. Con él, al pie del Parque del Café, se hicieron a las herramientas necesarias y terminó de aprender lo que necesitaba aprender para declararse artesano de pura cepa.
Salento le ha ofrecido el paisaje perfecto para desarrollar su trabajo artesanal pues vive entre guaduales. Es un maestro del corte de esta materia prima y experimenta con ella haciendo calados y ensamblando sus piezas con maestría. Han sido años de exploración de la madera para llegar a su dominio y la comprensión de su comportamiento en distintos climas… lo dice porque recuerda cuando trajo sus primeras piezas a Bogotá, y el clima frío y seco hizo que se desprendieran y rajaran. También tiene clara la diferencia de trabajar con madera inmunizada para la buena vida del producto. Cuando repasa su camino se da cuenta de que sí que ha crecido.
Hoy celebra que el pueblo está en la mira del turismo, pues por décadas, éste había estado centrado casi exclusivamente en el Valle del Cocora, de donde son las emblemáticas palmas centenarias que decoran el billete de cien mil, a escasos doce kilómetros. Vive, además, en la aldea artesanal, un proyecto desarrollado por el gobierno japonés con el que el departamento galardonó a sus mejores artesanos ofreciéndoles vivienda entre senderos ecológicos. Aunque cuenta que, como mucho en su relato, esta fortuna fue el resultado de una tristeza, pues el 25 de enero de 1999, un terremoto removió al Eje Cafetero que tuvo como epicentro a Armenia y lo dejó, otra vez, sin casa. No obstante, a esas alturas de su vida, ya se había ganado un lugar en el mundo artesanal del Quindío y, junto a los mejores maestros, está reseñado en el libro que así los consagra.
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