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Zoraida Martínez

Taller: Chinchorros del Hato
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Casanare
Ubicación: Hato Corozal, Casanare


AGENDA TU VISITA

  Asentamiento El Corozo, vereda Altagracia, Municipio Hato Corozal
  3213622028
  zoraidamartinezc@gmail.com

Zoraida Martínez es una cuidadora, con todo el peso de la palabra. Crió a sus hermanos menores en la niñez, cuida de su padre en la vejez, cuidó de su hijo en la enfermedad y crió a su sobrina. Su labor se parece mucho a los chinchorros que ella misma teje, esas extensiones de hilos entrecruzados que abrazan y dan descanso. Los hace en telares gigantes que recuesta contra las paredes de la sala de su casa, con el mismo amor y dedicación con la que ha cuidado de su familia en las buenas y en las malas, y va un poquito más allá, tejiendo en crochet mariposas, chigüiros, caballos, arrendajos y palomas para adornar sus bordes.

Aprendió a tejer chinchorros gracias a su hermano menor, William Martínez, a quien cuidó como un hijo después de que sus padres se separaron y ella quedó prácticamente a cargo de sus hermanos, sin poder ni siquiera ir al colegio. Zoraida era la mayor, pero en realidad tenía apenas ocho años. Vivieron de casa en casa en medio de muchos abusos, fueron separados y más tarde se volvieron a reencontrar. Para ese entonces, William había aprendido a tejer chinchorros en un curso de la Policía, y aunque no con mucha paciencia, le enseñó a su hermana mayor. Pero no fue hasta que Zoraida se separó del padre de sus tres hijos que se dio cuenta de que con el oficio de la tejeduría podía encontrar un sustento.

De hecho, fue cuando su hijo menor, Salomón, cumplió siete años que a Zoraida le llegó una de las pruebas más duras por las que puede pasar una madre: el cuidarlo, completamente sola, durante los tres años que duró el tratamiento que recibió en Bogotá contra la leucemia. Es en esta parte de su historia que se vuelven inevitables las lágrimas en los ojos, porque recordar el haberlo visto al borde de la muerte no es fácil. Cuidarlo sola significaba buscar cómo conseguir lo de los transportes, el arriendo de la habitación, vender productos por catálogo y llorar sin el consuelo de la familia. Entonces empezó a tejer gorros, bufandas, bolsas y carpetas en la sala del hospital, y a venderles lo que hacía a los médicos y enfermeras. Y cómo conquistaría a todo el que la conoció, que hasta le hicieron una nota en El Tiempo contando su historia gracias al apoyo de la Fundación Colombiana de Leucemia y Linfoma, y le ofrecieron ser líder de zona de las marcas que vendía por catálogo. Afortunadamente Salomón se curó, y para cuando regresaron al Casanare, Zoraida decidió no volver al trabajo que tenía en construcción y dedicarse a lo que más le gusta tejer, chinchorros.

La vida es dura, nos dice, pero ay, sí la vuelve linda con su habilidad tejedora, la que hoy en día practica junto a su esposo Edilberto Laverde, ese hombre que un día tocó a su puerta para comprarle un chinchorro y nunca más se fue de su lado. Llegó a su vida para ser apoyo, ayuda y compañía. Zoraida se alegra al poder decir que la entiende y ve en ella su valentía y verraquera, porque conoce su historia, porque sabe que después de cada golpe ella se levanta más fuerte. Él le recuerda que no está sola, y ríe y llora con ella. Con ese mismo amor bonito que se tienen, trabajan, pues Zoraida le enseñó a tejer y es, hasta ahora, su mejor alumno.

Después de repasar los recuerdos más duros, Zoraida nos confiesa un sueño, porque es también una mujer alegre y soñadora. Sueña con hacerle un chinchorro a sus ídolos de la música popular, a Yeison Jiménez o Jhonny Rivera. Se los imagina colgando una de sus piezas en sus casas. También sueña con que su trabajo deje de ser invisible, aunque ella ciertamente no lo es, pues nos encanta cuando habla con esa dulzura suya, tal como nos cuenta que conquistó a todo el personal médico mientras cuidó de su hijo. Esta artesana con corazón de oro sueña al tiempo que no descuida su oficio, sus chinchorros de tejido apretado, bien hechos y hermosos, que están impregnados del espíritu de su alma cuidadora.

Artesanos de la ruta

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