Taller: Artesanías Toro Miura
Oficio: Trabajos en madera
Ruta: Ruta Atlántico
Ubicación: Galapa, Atlántico
La de Yenys es una historia de amor. Una que llegó a feliz término cuando se decidió a seguirle la caña al corazón. Resulta que cuando era una “pelada”, salió de su pueblo para llegar a Barranquilla, donde vivían unas familiares que le ayudarían a conseguir trabajo, ya que la cosa no estaba fácil. Pues allá llegó, a la Arenosa, con tan buena suerte que lo hizo en tiempos de Carnaval de Barranquilla. Aunque era una chica juiciosa, cómo no iba a picarle la idea de ir a parrandear en alguna comparsa. Al comienzo, tímida, dijo que no, que no iría, porque no conocía a nadie, pero, rápidamente la convencieron de que fuera para conocer algo único y hermoso. Así que accedió y qué mejor decisión pues, de no haber ido, no habría conocido a Manuel Pertuz, quien se convertiría en su compañero de vida hasta que la muerte los separara.
Manuel era un poco más grande que ella y, cómo no, se fijó en semejantes ojos caramelo de inmediato. Parece que la vio y ya nunca más pudo dejar de hacerlo. Y, bueno, a ella tampoco le costó mucho no dejar de mirarlo a él. Y de bailar con él. Cómo habrá sido esa conexión que para quienes vieron nacer ese amor era como si Yenys y Manuel se conocieran de toda la vida, pues una vez se pusieron a bailar ya nunca más se soltaron. Y, como dice la canción, así pasaron muchas, muchaaasss horas. Así amanecieron en sus brazos.
Yenys le aprendió todo a Manuel. Ella sabía pintar y lo hacía bastante bien, pero nunca había pintado una máscara, y es que de máscaras hablaremos aquí porque el taller de Manuel Pertuz, y ahora de Yenys, Toro Miura, se convirtió en uno de los más emblemáticos de Galapa, haciendo de su apellido un sello de calidad. Pero para llegar aquí, vayamos al allá, a ese allá cuando apenas empezaba todo.
Un día, Manuel se sorprendió al oír que su papá, al verlo repetir una y otra vez unas máscaras que nada que le salían, le dijo que le enseñaría cómo hacerlas. No tenía idea que él tenía mano artesana porque trabajaba como funcionario del Acueducto. Tenía ese recuerdo infantil de verlo llegar a casa con sus amigos, cargando trompeta, trombones y tambores, cantando y disfrazados en combo para disfrutar del Carnaval de Barranquilla, pero no sabía que ese atuendo y esas máscaras portentosas las había hecho don Miguel. La del burro, que era la que más le gustaba.
Así que, desde ese momento, se dedicó a aprenderle ese arte que tenía en la sangre, ese dominio de las manos y que le servía para hacer los planos arquitectónicos que le pedían en la empresa donde trabajaba. Manuel contaba orgulloso que trabajó junto a su papá cuatro años y que lo empleó en su primer taller artesanal, casi cuatro décadas atrás. Éste le enseñó de geometría y a entender el volumen de la madera, a cortar como se debía cortar. Luego, se empeñó en rastrear el origen de estas máscaras que son la identidad de un pueblo y a descubrir sus significados rituales llegados desde África y asentados a orillas del río Magdalena, en pueblos rebeldes cimarrones.
Manuel entendió que maestros como Francisco Padilla decidieron empezar a hacer sus propias máscaras en Galapa y así dejar de surtirse de las del municipio vecino de Malambo. Descubrió, también, que el barrio Rebolo, donde vivía, tenía entre los suyos a quienes iban a conservar una tradición ancestral hoy con una gran carga religiosa contenida que antes había sido mucho más espiritual, una fiesta de la celebración de las creencias.
A esa preservación cultural, justamente, Manuel le dedicó su vida y la sembró en su familia, Yenys a la cabeza, así como también en sus hijos. Lo hizo con una intención muy clara y que lo colmó siempre de alegría: hacer semilleros de artesanos. Porque aprendió el oficio, de manera rigurosa, primero con su padre y luego con formación técnica más especializada que lo impulsó a desarrollar esa habilidad que tenía en sus manos y que lo hicieron acreedor de la Medalla a la Maestría Artesanal, en la categoría Tradicional y Maestro de Maestros.
Porque nada lo hizo más feliz que haber logrado hacer realidad su proyecto de Aula Creativa Artesanal, para fomentar el desarrollo y la identidad cultural de su pueblo. Logró que del Colegio público María Auxiliadora de Galapa, salieran jóvenes con conocimiento técnico en el Programa de Artesanías. También impulsó con fuerza la implementación del proyecto de repoblamiento maderable de la zona, entre los cuales la ceiba roja, materia prima de las tradicionales máscaras, que está en peligro de extinción. Ahora esta bandera está en manos de Yenys y sus hijos.
Es su legado y así lo vivió a diario. En la escuela, en la prédica y en el taller, desplegando sobre las máscaras los colores encendidos del ser caribeño para vivir la alegría del “costeño arrebatado”, como llamaba con simpatía a los suyos, así como pintando con la firmeza de sus manos la figura del tigre que era el animal que más le gustaba tallar, por lo “cauteloso, porque mira todo lo que está a su alrededor y siempre tiende a ganar, nunca a perder”. Hoy ver a Yenys con esa firmeza del pulso pintando todo el animalario del Carnaval es emocionante y, sin duda, Manuel debe estar muy orgulloso de haberla dejado como heredera de su tremendo saber. Aunque suspira de cuando en cuando, más son las risas que se le escapan recordando la sabrosura del baile y cómo lograron acompasar un negocio que hizo de su pasión su legado. Y, cómo no va a sentirse feliz si, además, su hijo decidió dedicarle su vida a su propio taller, honrando a su papá y empezando una nueva historia.
No puede copiar contenido de esta página