Menu

Clara, Lilia y John Sebastián Gutiérrez

Taller: Artesanías Parina
Oficio: Tejeduría y Cestería
Ruta: Ruta Guainía
Ubicación: Inírida, Guainía


AGENDA TU VISITA

  Cra 6a #20-22, Barrio La Primavera I, Casco Urbano
  3227425372
  artesaniasparina@gmail.com

Clara es la menor de la familia. Lilia la mayor. Ambas, junto a John Sebastián, el sobrino innovador de los Gutiérrez, trabajan con esmero en la elaboración de artesanías en chiquichiqui, en el barrio Primavera 1, de Inírida, en el Guainía. Decimos con esmero intencionalmente, pues su taller se llama Pariná, nombre de esa pajarita que nunca descansa y que, con delicadeza, teje y teje su nido. Así se sienten estos hijos de los hilos de chiquichiqui, trabajadores incansables que buscan hacer cosas bonitas con las manos. Estas mujeres cargan la herencia artesana de sus papás, don Manuel Francisco y de doña Ercilia, él haciendo escobas así como tallando canoas y trabajando el palo Brasil (también conocido como palosangre), y ella tejiendo hamacas en palma de cumare o moldeando estufas en barro.

Los Gutiérrez son un buen ejemplo para ver el movimiento de los curripakos por esas fronteras porosas con el Brasil y Venezuela que hace que sus aguas los trasladen de un lugar al otro sin apenas notar que cambiaron de país. Sus padres nacieron en el Brasil, así como las primeras cuatro hermanas de la familia, entre ellas Lilia; luego otra nació en Venezuela y los tres últimos, Clara y sus dos hermanos, en Colombia. Los nacimientos muestran cómo fue navegando esta familia por distintas aguas, hasta asentarse en el Guainía.

Clara es expresiva y conversadora, Lilia es más reservada, pero mira con cuidado y sonríe si algo le hace gracia, también le dice suavemente a su hermana menor si algo ha de complementarse. Y así, entre recuerdos, cuentan la historia de su papá, de esa odisea de quedar huérfano de niño y ver a su valiente madre sacar adelante a sus siete hijos. También, lo duro que fue para él trabajar a sus 12 en las caucherías y aprender a manejar sus manos con habilidad, para nunca vararse por nada. Es el ejemplo que les dejó. Al contarse, parece regresar la imagen del Pariná. Al final, todos estaban en busca de un nido y éste se los dio el Río Inírida.

Clara y Lilia hablan del chiquichiqui y el moriche y de la recolección de la materia prima que hacían hace años, de esas correrías con sus papás por la selva y por las orillas de los ríos y caños en busca de los respectivos cogollos para tejer los canastos, de los pelos largos con el que se reconoce el chiquichiqui y de las precauciones que debían tener para la recolección de sus cogollos en la selva, golpéandolos por si una culebra se hubiera resguardado allí. También se les siente una dulzura del habla, esa que usa diminutivos, diciendo que no podían cortar mal los cogollos pues sino dejaban “sequita” la mata. Y oírlas nos permite, además, entender los fenómenos de la naturaleza, sus escaseces por tantas razones, por la deforestación rampante de las selvas, por la minería ilegal, por el cambio climático, por el abuso… lo cierto es que ya no recogen las fibras ellos, sino gentes que las extraen de lejos, por el Río Atabapo, por el Alto Inírida.

Son increíbles estas mujeres, no saben lo cariñosas que son, lo coquetas, incluso, adorables contándonos de esas creencias de las abuelas y las mamás que las hacían sumergirse en el río a las tres de la madrugada para pedirle a los dioses que los espíritus malos no se les acercaran ni las arrugaran y les conservaran la piel bella. Y vaya uno a ver y sí, parece que el pacto se conserva porque están intactas. ¡Y vieras el pelo de nuestra mamá, dice riendo Clara, ni una cana tiene! Es fácil estar con ellas, son hospitalarias y cálidas, listas a seguir contándose, con todos los detalles que nos permitan entender de la mejor manera posible lo que significa ser una curripaka a estas alturas de la historia.

Artesanos de la ruta

Artesanos de la ruta

No puede copiar contenido de esta página