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Luzdary Sánchez y la Comunidad de la Ceiba

Taller:
Oficio: Tejeduría / Cestería en rollo / Trabajo en madera
Ruta: Ruta Guainía
Ubicación: Inírida, Guainía


AGENDA TU VISITA

  Comunidad de la Ceiba.
  3004991791

En La Ceiba hubo alguna vez uno de estos imponentes árboles de raíces que parecen paraguas y que le dio el nombre a este resguardo al pie del Río Inírida. Sus habitantes, principalmente indígenas curripakos, puinaves y tucanos, la recuerdan como algo enorme, y aunque ya no está y se tardará mucho en crecer la que hoy intenta recuperar la memoria del pueblo, la ilusión de verla está allí, entre los suyos. De la Ceiba es Luzdary Sánchez, tejedora curripaka en palma de chiquichiqui y moriche. Ella se ha apersonado de la promoción artesanal de su territorio.

De esto ya hace unos diez años, cuando vio que los turistas llegaban a visitarlos y les pedían artesanías y no contaban con ellas para la venta. Allí se puso manos a la obra, y juntando el entusiasmo de las artesanas más jóvenes con el saber de las mayoras, todo el legado tejedor de las curripakas, se lanzaron al ruedo. Hoy, se enorgullece del aporte que la tejeduría y la cestería les ofrecen a las economías familiares de esta comunidad.

Luzdary cuenta que nació un poco más arriba de La Ceiba, por Caño Mina, en la comunidad de Punta Ratón, pero que sus papás se trasladaron a este nuevo destino y allí se terminó asentando. En su caso, quien transmitió el oficio de la tejeduría fue su tío Fabio. Fue a él a quien su abuela Regina le enseñó y él se encargó de distribuir esta herencia de conocimiento a sus hermanas y, luego, éstas, ya madres, a sus hijas. Así aprendió Luzdary de Miriam, su mamá.

En La Ceiba también conoció a Aimer, su esposo puinave y gran dupla de trabajo, un hombre elocuente y querido, que le pone a su esposa las palabras que pronunciaría si la timidez inicial no la invadiera. Su nombre, verbo amar en francés, es justamente porque el médico que atendió el parto de su mamá era de este país y lo bautizaron en su honor. Conoce perfectamente la historia de lo que hacen las tejedoras y, él mismo, ha aprendido tanto del proceso de recolección y preparación de la materia prima del chiquichiqui y el moriche, que lo recita con la certeza del que conoce al detalle las cosas.

Como buen anfitrión, a estos oficios artesanales les suma además otro aspecto esencial que le ha dado a este resguardo una particularidad muy singular: la miel. Aimer recuerda cuando hace años llegó a La Ceiba un hombre alemán de apellido Bolle, un apicultor que, con sus estudiantes de la Universidad de Pamplona, se empeñó en criar abejas meliponas en la selva. Y encontró en el Guainía la suficiente dificultad de acceso y cualidades en su medioambiente para cuidarlas y permitirles hacer su precioso oficio de la polinización. Les enseñó a los indígenas a quererlas y a procesar la miel y, un día, sintió que ya estaban listos para hacerlo solos. Y sí que lo estaban. Hoy solo los visita de cuando en cuando para ver cómo van con esa espléndida Ruta de la Miel que armaron para quienes quieren aprender de la belleza de la naturaleza.

Este cariñoso matrimonio puinave-curripako de Luzdary y Aimer sabe que vive en un paraíso y que sus hijos tienen el privilegio, y el reto, de estar conociendo de primera mano los saberes de sus ancestros, así como el contacto con el mundo occidental. Del sano equilibrio de estas dos fuentes de estímulos nacerán y crecerán las nuevas generaciones de niños indígenas del país, conscientes de que ya nada volverá a ser como antes, aunque tampoco buscando que lo sea. Por ahora, las preguntas están apenas formulándose, seguro, de la mano de esta familia tan grande y nutrida las cosas se resolverán desde la sabiduría.

Artesanos de la ruta

Artesanos de la ruta

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