Taller: Arte Amero
Oficio: No tejidos, textil vegetal
Ruta: Ruta Oriente - Cundinamarca
Ubicación: Choachi, Cundinamarca
Vereda Resguardo Sur, Sector El Pajonal, a 1 km de Choachí
3114812881
miryamlbarbosa@gmail.com
@arteamero
La vida de Miryam es tan rica como un buen cuento; llena de altibajos, aventuras y dificultades, es claro que cada paso caminado la hizo lo fuerte que es. Con gratitud en la voz, se va lejos en su historia para mostrarnos que eso que tiene hoy, esa tranquilidad en el alma, no fue siempre así. Y no porque tuviera una mala vida, nada de eso, sino porque crecer en una familia de 14 hermanos fue, por decir lo menos, exigente. La cuarta de siete hermanas, encaró junto con ellas la tarea siempre esperada de las mujeres: el hacerse cargo de la casa y de los otros hermanos, así como cederles también a ellos cualquier privilegio. No obstante, para ella, haberlo hecho no es fuente de tristeza ni reclamo, es simplemente lo que había que hacer.
Aún así, recuerda que Leonorcita, como llamaba a su mamá, siempre quiso que sus hijas se superaran, por lo que hizo hasta lo imposible para que éstas tuvieran la oportunidad de hacerlo. Cuenta con orgullo en la voz que, aunque fue una mujer campesina, y a mucho honor, le gustaba leer y, además, tenía buena letra, “una Palmer lindísima”. Sigue diciendo que fue gracias a las órdenes religiosas que pudieron educarse… no por nada es devota y teje sus días agradeciéndole a Dios todo lo que le ha dado. Allá, en el archivo de su memoria, reposan aquellos días en los que salió de su vereda, en Choachí, para coger un bus hacia Santander y estudiar por seis años como internada entre las Salesianas para terminar su bachillerato. Haberse desprendido de su familia le dolió en el alma, y fueron pocas las veces que pudo regresar al pueblo en aquellos años para verla, sin embargo sabe que era lo que había que hacer si quería lograr el sueño de su mamá de que tuviera una mejor vida.
Pero antes de continuar hemos de hablar de artesanía. Resulta que un día, cuando ella era apenas una jovencita, un conocido de la familia, un jesuita, llegó a su casa con una revista luego de un viaje a México. Todos la miraban con curiosidad, hojeando esas bellezas que allá se hacen, hasta que una de ellas les llamó poderosamente la atención: eran muñecos hechos en amero de maíz. A su papá le gustaron tanto que no pasaron muchos días antes de que éste llegara a la casa con ameros para que, entre todos, intentaran copiar lo que habían visto. Miryam se ríe al acordarse de lo “feítos” que les quedaban, “eran como monstricos”, dice entre carcajadas. Ella y sus hermanas aprendieron a elaborarlos y, entre ensayo y error, lograron hacer algo medianamente parecido a lo que se veía en la revista. Pero la vida se impuso y ese trabajo quedó relegado al armario.
Y así los días y los años fueron pasando. De Santander se fue al Tolima y, ahora con las monjas de la Presentación, pudo ejercer el oficio de maestra en el que se había licenciado. Las manualidades, no obstante su nueva realidad, siempre la acompañaron, fueron su manera de hacerse a un dinerito para comprarse alguna tentación. Pero de un juego infantil pasó a algo más serio, pues ya en Ibagué, acompañaría su trabajo estudiando de noche Historia del Arte en la Universidad del Tolima. Hasta que, por fin, regresó a Choachí casi siendo una treintañera. Lo hizo por amor. Allí se casó con ese novio que desde la distancia cultivó por años y que nunca le hizo olvidar sus raíces. Por desgracia, a los tres años de matrimonio, él falleció, dejándolos solos a ella y a su hijo.
De nuevo, volver a empezar. Eso es algo que sabe que le ha forjado el carácter y, aunque sea duro y duela mucho, hoy celebra haber tenido la energía para hacerlo. Hizo lo que hace una mamá para criar a su hijo, milagros. Combinando su trabajo como maestra y como directora de la Casa de la Cultura de Choachí, desempolvó sus recuerdos del trabajo en amero que había aprendido de niña y se montó en el creciente turismo que empezaba a surgir en el pueblo hace algo más de 30 años cuando todos querían ir a las termales. Lo tiene claro porque ese auge va paralelo con la vida de su hijo.
Hace pocos años se pensionó de profesora y ha sido desde ese entonces que decidió poner un taller en su lindísima casa, a cinco minutos del pueblo en mototaxi, para dedicarse de lleno a las artesanías en amero de maíz. Y aunque es una maestra trabajándolo, no puede ocultar su vocación de pedagoga y confiesa que su misión es enseñarles a más y más artesanas el dominio de este oficio y la tremenda maestría que se requiere a la hora de anudar, pegar o tejer este capacho del maíz que, en sus manos, se vuelve orquídea, virgen o campesina. Sabe que si llegare a querer descansar, o irse de viaje, ya tiene herederas que no dejarán morir este bello oficio nacido de la curiosidad.
No puede copiar contenido de esta página