Taller: Canastos y cañas
Oficio: Cestería
Ruta: Ruta Oriente - Cundinamarca
Ubicación: Fómeque, Cundinamarca
Fómeque, Vereda Lavadero
3057474956
marthasabogalb16@gmail.com
@saguycanastos
A veces las decisiones que tomamos para hacer lo que hacemos es como si reflejaran lo que somos, o queremos ser. Y Martha Ilma Sabogal le ha dedicado su vida a la caña brava. Ella misma pareciera una de esas varas que no rompe nadie pero que, con cuidado, calma y mucha dedicación, se deja tocar, moldear y tejer hasta convertirse en un magnífico canasto. Esta mujer, heredera de una tradición tejedora en esta materia prima que pulula bordeando las quebradas de Fómeque, es la única que queda de las cuatro o cinco familias que hacían este trabajo cuando ella era niña. Por eso mismo se toma su oficio tan en serio, porque tiene clarísimo que podría llegar a extinguirse si ella no sigue en ello y se empeña, entonces, en enseñárselo a los niños de las veredas vecinas.
Recuerda que empezó a tejer en caña brava desde sus cinco años y que cuenta el cuento con lujo de detalle porque ella estaba allí mientras iban pasando las cosas, sentada al lado de su mamá, con quien tejió canastos por más de medio siglo, hasta que ésta falleció hace poco, tan poco que aún la llora. Pero se seca esas lágrimas porque sabe que no puede soltar el legado que ella le pidió que continuara. De su memoria sale que “por un costado de la sala estaba mi papá escogiendo el café, cortando habanos, organizando sus cosas. Por toda la mitad de la sala había una hamaca donde yo mecía a mis hermanitos, y por el otro costado estaba mi mamá haciendo sus canastos a las once de la noche”… es cierto ¿cómo no querer seguir esta historia tan enraizada?
Y así, va contando que la historia de la caña brava en Fómeque comenzó de la mano de varios hombres muy especiales, sordomudos para más señas, Salomón, Iduvín y Alcides, tres maestros tejedores que dominaban la tejeduría de canastos en esta fibra y se dieron a la tarea de enseñársela a muchas personas en el pueblo, pues había mucho mercado; una familia de Cáqueza era quien se los compraba para comercializar. Martha, además, recuerda muy especialmente a sus abuelos terciándose los canastos maleteros, tan grandes que adentro suyo cabían el mecato completo de mantecada, el pan y la chicha, así como otros canastos y los enseres con los que viajaban hasta Chiquinquirá y Villavicencio. Adicionalmente, la abuela se amarraba a sus hijos con un pañolón en el pecho y así caminaban por días con la mercancía para vender. Martha está educada en una ética del trabajo que es puro ejemplo y con la cual ha sacado a su propia familia adelante.
Por eso, para ella hacer canastos no es solo eso. Es la cadena completa de la siembra de la caña brava, su cosecha, preparación, tinturado y, finalmente, la elaboración de la artesanía. Pero esto, que ya es mucho, es apenas un eslabón de lo que hace y sabe hacer. Porque está enseñada a hacer las cosas por su propia cuenta, y así, entre muchas otras, sabe hacer muros en baraheque, pues se los vio elaborar a su abuelo peluquero, don Buenaventura Sabogal, y teje también en fique, porque todos lo hacían antaño.
Embrujados como estamos oyéndola, nos lleva a su finca a 40 minutos del pueblo, en el jeep de la casa que puede con todas las trochas, y, después de preparar al fuego unas arepas de maíz pelao producto de su tierra, nos habla de su propia economía circular en la que, por ejemplo, todo desperdicio será reutilizado como fuente de abono, así como de la siembra de sagú y caña dulce, de los vástagos o racimos de plátano de donde también extraerá la calceta para tejer otros canastos y hasta le queda tiempo para contarnos que se trajo de Cali una matita de esparto a ver si le coge. Ah, porque hay que decir que a Cali fue como expositora de Corpoguavio en la COP-16, en donde habló de lo que sabe: de sostenibilidad y buenas prácticas agrícolas. Por todo ello ha sido nombrada Mujer madrina de la Tierra.
Y si oírla hablar es fenomenal, verla trabajar es toda una experiencia, pues doma esa caña dura que aterró alguna vez a varios aprendices por lo filuda que era (y que por algo se llamará brava), la corta, la dobla y teje con la certeza de que se convertirá en ese precioso canasto con el que inició toda su historia.
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