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Blanca Inés Romero

Taller: Cestas y sueños Blanca Romero
Oficio: Cestería
Ruta: Ruta Oriente - Cundinamarca
Ubicación: Fómeque, Cundinamarca


AGENDA TU VISITA

  Cra 1 #2-41, sector La Bomba
  3115153631
  roblain08@gmail.com
  @artesaniasblanca_romero

La de Blanca Inés es una historia atada al campo. Sus memorias, las de niña, las de siempre, están íntimamente relacionadas con ese verdor de las montañas fomequeñas. Nacida en una gran familia campesina de ocho hermanos y sus dos padres, recuerda vívidamente salir a pastorear las vacas y, en ese trasegar por los campos y trochas, terminar jugando con el barro que se les pegaba a todos en las botas. Ella y sus hermanos hacían bolitas pegachentas y se las tiraban en medio de las risas. También, se ve haciendo con las manos pocillitos, chorotes y jarroncitos que dejaba secar en algún rincón del camino y que, claro está, se quebraban a falta de horneado. Pero eso no le importaba porque volvía a hacer otros tiestos nuevos. Era su diversión infantil y cuando saca esos recuerdos de allá tan adentro no puede evitar suspirar. Y sonreír.

Pero aquellos tiempos de la infancia pasaron y la vida se fue desarrollando, a veces con tiempos buenos y otros más llenos de dificultades, tantas que se queda en silencio y parece como si se le atravesaran en la mente a toda velocidad dejándola sumida en un mutismo que, por fortuna, se logra sacudir con las manos. Y es que son éstas las que la tienen hoy en el mejor lugar posible: al frente de su taller de artesanías. Pero no se dedicó al barro de su niñez, sino a la cestería en chipalo, una fibra que es oriunda de la zona cafetera y con la cual allí se ha consolidado todo un mundo tejido con las manos.

Pues bien, resulta que ya retirada de la cooperativa donde había trabajado por más de 18 años, como cajera almacenista, un día vio un canasto que le encantó y que le hizo preguntarse de qué estaría hecho y cómo lo habrían tejido. Las respuestas empezaron a llegar, era de ese bejuco que la conquistó, pero que no se conseguía fácil: hasta Bogotá debía ir a encargarlo. Esa respuesta, sin embargo, en lugar de desalentarla, la hizo seguir adelante y buscar una salida. Vemos entonces que no es algo que le sea nuevo, que en su vida entera no ha hecho otra cosa que buscar salidas a las dificultades y que conseguir un bejuco está lejos de ser su tarea más exigente. Además, que las durezas ya las sorteó, con sacrificio, luego de perder a su marido cuando sus hijos eran aún demasiado pequeños.

Y parece, providencialmente, que a Blanca Inés la artesanía la rescató. Y que fue una amiga la que le mostró el camino, Martha Ilma Sabogal. Ésta le insistía y le insistía que tejiera, que allí encontraría una preciosa manera de ocuparse y calmar el alma. Y bueno, la terminó convenciendo y pudo, por fin, verse el talento que Martha Ilma le vio desde la primera vez que la miró tejer. Porque basta verla trabajando con semejante entrega y cariño para entender que cada uno de nosotros tiene una manera distinta para hacerle el quite a las tristezas. Blanca Inés es perseverante y resistente, y exigente, pues puede tardarse meses intentando un nuevo diseño de un canasto y desbarata cuantas veces sea necesario la fibra para volver a empezar y que le quede perfecta la pieza que se imaginó. Porque sabe que la imaginación es su motor. Piensa en hacer, por ejemplo, una gallina, y hasta que no la saca no descansa.

Hoy van juntas con Martha Ilma a las ferias y se echan flores la una a la otra. Blanca Inés es dulce pero callada, mientras que Martha es un torrente de energía; así se quieren y se acompañan. Pero también ya vuelan solas y tienen un producto tan bueno que se sostiene por sí mismo. Blanca Inés no revela el secreto de las cabezas de sus gallinitas, pero nos suelta que tienen amero. Estar con ella es estar frente a una mujer de la que sus hijos se sienten orgullosos, una que los sacó adelante y que lejos de estar cansada, tomó impulso para un segundo tiempo en su vida al que le quiere entregar toda su imaginación, esa que le saca la alegría que es la meta.

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