Taller: Artesanias Pinguagua, El Pingo Ecomoda
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Huila
Ubicación: Palermo, Huila
Calle 10 #11-29 Barrio Los Comuneros, Palermo
3143959199
pinguaguahuila@gmail.com
@artesanias_pinguaguasas
@pinguaguahuila
A Lina Mercedes Manchola se le apareció la fibra del pindo como un santo que llega para ayudarnos. Acababa de volver a Palermo, el pueblo de su familia, después de haber tenido que salir del sur del Huila, llena de miedo y con la esperanza deshecha. Le temía a todo el que se le acercaba porque sentía que le iban a hacer daño, a ella o a su hijo, así como se lo habían hecho a su marido, a quien habían asesinado después de múltiples amenazas. Ella tenía 24 años y su hijo apenas cuatro meses, y era apenas natural que su reacción fuera encerrarse para proteger lo que quedaba de su familia. Fue un momento durísimo que le dejó para siempre marcado el corazón.
No había pasado ni un año desde la tragedia cuando su madre se enteró de que al pueblo había llegado una fundación que ayudaba a víctimas del conflicto y población vulnerable, haciendo proyectos artesanales con recursos de USAID, FUPAD y Acción social. Lina la escuchó y empezó a asistir, no tanto porque quisiera volverse artesana sino como una terapia para conocer nuevas personas y darse la oportunidad de volver a confiar. Apenas empezó a aprender de los sombreros en pindo, de la mano de su maestra Belén Perdomo, quien la capacitó, se dio cuenta de que a pesar de ser guagueña, poco sabía de esa tradición. Apenas y se acordaba de que una vez, cuando niña, su padre los había llevado a donde el fotógrafo del pueblo, y que entre la utilería había unos sombreros parecidos a los que le estaba enseñando a tejer la señora Belén. Después se enteraría por su padre de que su abuela practicaba el mismo oficio, pues él mismo le diría al verla tejer “es que la veo a usted y recuerdo a su abuela, Lucrecia”. Entonces Lina empezó a ver sombreros y tejedoras por todas partes porque su foco estaba cambiando. Ahora podía fijarse en algo distinto al miedo.
En efecto, en la fundación le dieron confianza, no solo en ellos, sino en sí misma: le hicieron ver que era capaz de sacar adelante un proyecto para hacer visible a Palermo a través del pindo. Le dieron también las herramientas enseñándole el hacer, de la mano de su maestra Belén Perdomo, e instruyéndola en administración y ventas. Y después de que la llevaron a un evento de Vital Voices en Buenos Aires, en donde escuchó a mujeres de todo el mundo hablar de sus proyectos con una fortaleza admirable, se asentó en ella una decisión: quería dedicarse a la artesanía, no solo para transformar su vida, sino la de otras. Así lo hizo, y aunque casi se diera por vencida a los cinco años de haber empezado, porque los frutos aún tardarían en aparecer, siguió adelante.
Por eso fue tan natural que apenas se lanzó al ruedo decidiera hacer algo para mejorar la condición económica de las mujeres que hacen las trenzas con las que después se arman los sombreros en la máquina de coser. Hace 19 años un corte de trenza, que equivale a diez brazadas, cuya medida dependía del largo de los brazos de la tejedora, pero que oscilaban entre 13 y 15 metros de fibra tejida, se pagaba en 3.500 pesos. Era común que las tejedoras trenzaran durante todo el año para venderlas en temporada, antes de las fiestas de San Pedro, y que sus cortes estuvieran comprometidos. Como Lina era nueva en esto, y casi nadie la conocía, no le vendían. Entonces empezó a ofrecer 4.000 pesos por corte de trenza para atraer a las tejedoras, y poco después los demás compradores se ajustaron a su nueva tarifa, así que la volvió a subir, primero a 4.500 y luego a 5.000. Lo hizo porque sabía que no era nadie sin las tejedoras y porque conocía todo el trabajo que llevaba hacer tantas brazadas, pero también para ganarse su confianza. Hoy en día, la trenza más barata está en 20.000 y la más cara en 60.000, según el diseño con el que esté hecha. También se preocupó por estandarizar las medidas y convenció a las tejedoras de que midieran las brazadas con un metro y no con los brazos, que variaba según cada cuerpo. Así, la medida quedó en un metro cuarenta. Los esfuerzos por estandarizar brazadas y mejorarles el precio llevaron años, pero le valieron la confianza de las tejedoras.
Lo que siguió en los primeros cinco años de trabajo fue seguir encontrando mercados para sus productos, hacerse a un equipo de 20 personas entre quienes recolectan la fibra, la trenzan y la cosen, y lograr que los colegios las recibieran para dictarles cursos a los adolescentes y mostrarles, con su ejemplo, que este es un oficio rentable. Nos dice que si Dios le dio la oportunidad de conocer este arte es para que ella riegue las bendiciones que ha recibido, siempre manteniéndose humana con su gente porque el artesano es eso: una persona sensible que, nunca olvida que siempre hay otros detrás. Quiere sembrar esa forma de pensar, demostrar que sí es posible. Y cómo no creerle si nos ofrece su ejemplo, el de una mujer que volvió, poquito a poquito, a tener fe en la vida y en la gente, y cuyo camino fue el de ayudar a otras mujeres.
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