Taller: Arte y Madera, Taller de Cristian Gasca
Oficio: Trabajo en madera
Ruta: Ruta Huila
Ubicación: Garzón, Huila
Calle 5 #4-02, Barrio San Francisco La Jagua, preguntar por el flaco de la madera
3125104064
maderarte.jagua@gmail.com
@cristian_gascav
@Cristiangascaarte
De entrada, Cristian Gasca nos habla de un evento definitivo en su vida y en su decisión de convertirse en artesano: la construcción del megaproyecto hidroeléctrico de la represa de El Quimbo, en el Huila. Sabe que llegó tarde, que no se dio cuenta de lo que estaba pasando sino hasta que otros se lo mostraron, pero que quería hacer algo para resistir junto con los agricultores, pescadores y habitantes de las riberas de la cuenca alta de los ríos Magdalena y Suaza, esos a quienes les afectó tan directamente que detuvieran las aguas de sus cauces. ¿Cómo podía recuperar un poco de la memoria del río con las herramientas que tenía a la mano?
Este artesano, a quien casi le ponen de nombre Carmelo por haber sido concebido después de que sus padres se encomendaran a la Virgen del Carmen, y que nació milagrosamente el día de sus fiestas, un 16 de julio, llevaba 10 años trabajando como administrador de empresas antes de sentir que debía cambiar de rumbo. Ya había decidido que abriría un negocio propio, pero no sabía en qué, hasta que una conversación con su padre le iluminó el camino, “aquí está la madera”, le dijo. Tenía 28 años. Recordó que su abuelo, José Ignacio Gasca, había trabajado la madera por necesidad cuando no había carpinteros en Garzón, su pueblo, y que si quería una ventana o una puerta para la casa, debía hacerla él mismo. Recordó, también, que su padre y tíos, hombres campesinos volcados al trabajo en construcción, habían heredado los conocimientos del abuelo. Así que decidió darse un periodo de dos años para buscar su camino, lanzándose a una vida en la que la incógnita y la felicidad convivían en su día a día, y aún lo hacen.
Por esa misma época llegó a bañarse a la misma orilla del río a la que iba con su familia de pequeño, cuando hacían paseos de olla, y se encontró con que ya no había ningún árbol que le diera sombra. El cambio en el paisaje lo impactó profundamente y quiso saber más. Empezó a asistir a las reuniones de la organización “Jaguos por el territorio” y a enterarse de todo lo que estaba pasando con el manejo de la tierra y el agua desde que habían empezado los estudios para el megaproyecto en el 2000, y después del cierre de las compuertas en 2015. No era un tema menor. A una población acostumbrada al cauce corriendo, de agricultores y pescadores, de familias que nadaban en el río, le habían cambiado la vida y las costumbres de repente. Y no exactamente para bien.
Todo cobró sentido, porque en la madera se lee la memoria de su vida como árbol, y porque uno de los efectos más visibles de la construcción de El Quimbo fue la tala de las laderas que quedarían cubiertas por el agua. Entonces empezó a seguir a la gente que conocía el río y sus árboles para aprender de ellos, se volvió amigo de los motosierristas que le podían nombrar cada tronco, y se acercó a su padre para aprender a trabajar la madera. En ese proceso se dio cuenta de que eso era lo que tenía que hacer en este mundo, y entonces escogió tres maderas con las que trabajar, que fue recuperando poco a poco del río y la montaña: el resistente y pesado matarratón, el dinde que se tiñe de negro después de naufragar por los ríos, y el diomate de vibrante vinotinto.
Con ellas, empezó a tallar una parte de lo que se había perdido, pues en sus formas veía a la lora amazónica que no volvió y a los carpinteros que necesitaban del dosel alto del bosque, al pato pisingo que dejó de migrar, al bocachico que ya no puede subir a desovar en la parte alta del río, al pataló y bagre peje que no volvieron a ver los pescadores, y a las garzas y águilas pescadoras que ahora se quedan todo el año viviendo junto al espejo de agua, en lugar de migrar. Cristian los talla en la madera de los árboles que cobijaron a esos mismos animales en vida, para hacer visible su ausencia, para recordarlos. En esta nueva vida pasa los días entre maderas antiguas, en su casa que es hogar, taller y museo a la vez, acompañado de su perra y sus dos gatas. Una vez a la semana sale a buscar madera y a escuchar sus formas para seguir con el trabajo que afortunadamente lo encontró hace ya diez años.
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