Taller: Sombreros Suaza Muñoz Toledo
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Huila
Ubicación: Suaza, Huila
Sobre la vía nacional del centro poblado Guayabal, diagonal al Hotel El Descanso
3118079458
tejidosombrerosuaza@gmail.com
@p/Sombreros-suace%C3%B1os-100063937...
En la casa de Marleny Toledo se teje lejos del sol y el viento para proteger, como un tesoro, las fibras de iraca con las que ha tejido sombreros toda la vida. Su relación con la materia prima es estrecha: la siembra y abona, la procesa y la cuida del calor y el viento para que no se reseque ni se quiebre al momento de usarla. Esto, porque los sombreros le han dado el trabajo de una vida, la satisfacción de compartir su conocimiento, y hasta le trajeron el amor, porque fue vendiéndole cintas para la copa de los sombreros que se enamoró de su esposo, Antonio María Muñoz Duarte, hijo de la maestra Oliva Duarte. Ella las tejía y él se las compraba, y así, poco a poco, se fueron enredando como se entretejen las fibras de la iraca. Nos dice jocosa que gracias a ese encuentro ahora tiene quién le arregle y golpee los sombreros, trabajo que, tradicionalmente, le ha pertenecido a los hombres suaceños.
Marleny aprendió de su madre, Elisenda Méndez, quien ya cuenta más de noventa años y es, a mucho orgullo, de las últimas tejedoras de la vereda Guayabal. Las lecciones empezaron cuando tenía ocho años, se pusieron en pausa por culpa del Guillain Barré que la aquejó y llenó su futuro de incertidumbre, y afortunadamente continuaron cuando se curó, a los nueve. En la casa había ocho hijos, pero resulta que “a ella no le gustaba el estudio, y a ellos no les gustaba el arte” y por eso fue la única que siguió los pasos de la madre, a quien vio ser una de esas mujeres que multiplican el tiempo y uno no entiende cómo pueden con tanto: tejer sombreros tan demandantes como los de Suaza al tiempo que alimentan y cuidan de ocho hijos.
Aunque con menos hijos, los días de Marleny dejan ver esa misma fortaleza de haber trabajado en esto toda una vida. Tejer un sombrero requiere de muchas horas sentada en una misma posición, entrecruzando hasta el infinito hebras delgadas de iraca, y deja al cuerpo cansado. El esfuerzo se siente en la espalda, el cuello, la cadera y las piernas que se hinchan por estar tanto tiempo dobladas, además de que los dedos se “reumatean” de tanto apretar la fibra. El trabajo exige tal dedicación que, entre cuatro personas, tejiendo en simultáneo un mismo sombrero, se demoran doce días en terminarlo, y eso sin contar el trabajo del terminado y golpeado que le sigue. Así, sentados en círculo con dos de sus hijos y su nuera, se siente más cerca de las historias que su madre les contaba sobre las mingas, esas sesiones de tejido comunal en las que entre varias vecinas y vecinos se reunían para tejer un sombrero, pasándoselo de mano en mano, generalmente en las noches y a la luz de las velas de sebo. Les contaba también que más de una vez, cuando les daba más de la medianoche, las espantaba algún fantasma.
Además de tejer y tejer, Marleny enseña a hacerlo, le encanta. Niños, jóvenes y adultos son todos bienvenidos a aprender de sus manos, eso sí, siempre y cuando quieran aprender. Aunque de un grupo de 30 queden solo 5 practicando el oficio, ella sabe que es una ganancia en un mundo en el que cada vez menos personas se dedican a este tipo de trabajos sin pantallas ni remuneración inmediata. Teniendo en cuenta su disposición y paciencia, llama la atención que a su propio hijo no le haya tenido que enseñar, pues un día la recibió con la sorpresa de haber tejido dos platos, o comienzos del sombrero, él solito, ¡tenía apenas siete años!
Y entre todo lo que hace, falta decir que Marleny es también la representante de la Asociación del Sombrero Valle de Suaza, a la que pertenecen 16 personas repartidas entre Guadalupe, Acevedo y Suaza, y que, juntas, sembraron en un lote de la alcaldía 6.000 plántulas de iraca para las nuevas generaciones. Pero además de pensar en la materia prima de las nuevas generaciones, y hay que tener en cuenta que una mata de iraca se demora cinco años creciendo antes de estar lista para que se le extraiga la fibra, también se han preocupado por las generaciones anteriores. Encontraron la forma de ayudar a las tejedoras que se merecen un descanso después de haber tejido sombreros toda la vida, alquilando la máquina de prensado de la asociación y repartiendo las ganancias entre ellas.
Así, hacen que haya valido la pena dedicarle la vida al oficio y les ofrecen una digna vejez.
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