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ASOGRUCA

Taller: ASOGRUCA
Oficio: Cestería
Ruta: Ruta Caldas
Ubicación: Supía, Caldas


AGENDA TU VISITA

  Vereda Santa Ana, resguardo Cañamomo
  3104720910
  asogruca030@gmail.com
  @tejidos_nativos
  @tejidos.nativos.del.territorio

Hace casi treinta años, los canastos grandes de caña brava hechos por las mujeres emberá de los resguardos que rodean a Riosucio se vendían en apenas 2.000 pesos. Se los compraban los intermediarios que salían cargados de canastos para venderlos en otros lugares. Por eso varias de ellas decidieron asociarse a comienzos del siglo, unirse para darle el valor merecido al oficio que habían heredado de las mujeres mayores de sus familias, las madres y abuelas, y que gracias a haberlo seguido practicando, pasaron a sus propias hijas, hijos y nietas. Así nació ASOGRUCA.

Dos de sus fundadoras e integrantes, Marina Gañán y Claudia Esperanza Reyes, nos cuentan la historia de cómo se instaló en cada una de ellas esa costumbre que hoy llevan tan pegadita al espíritu y que practican como una forma de rescatar las tradiciones emberá. Ese ha sido un esfuerzo conjunto de los resguardos de La Montaña, Escopetera Pirza, Cañamomo Lomaprieta y San Lorenzo, que se han preocupado por devolverle su lugar a las comidas típicas, a las danzas y a su lengua emberá, que los niños aprenden en sus instituciones educativas.

En el caso de Marina, los canastos le llegaron después de casarse y llegar a vivir con su suegra, María del Carmen Andica. Recuerda sentársele a un ladito y mirar cómo ella armaba los canastos, eso después de haberla acompañado a la montaña a recoger la caña brava y agobiarla, es decir escogerla, con un garabato, labor que solo se podía hacer en el tiempo de menguante porque de lo contrario, se daña la producción. La veía sacarle las varitas de los lados, luego quitarles las hojas y desenvolver el cogollo, que secaba por cuatro días. María del Carmen le preguntaba dulcemente si quería aprender, y le iba mostrando cómo coger las varitas y tallarlas con firmeza para hacer las bases. Le mostraba cómo se hacía y de inmediato desbarataba lo hecho para que ella lo tejiera por sí misma, la mejor forma de aprender. Y si le quedaba feíta, la misma Marina la desbarataba y empezaba de nuevo. Cuánta no era la alegría de Marina cuando su suegra se llevaba sus canastas para venderlas y regresaba con el dinero que, aunque fuera poco, la llenaba de satisfacción. Hoy agradece su paciencia y generosidad, porque de no haberle aprendido, no sabe cómo habría hecho para darle estudio a sus hijos, pagarles los uniformes y todo lo que piden en un colegio. Y también pudo enseñarles.

A Claudia Esperanza Reyes, en cambio, el oficio le llegó gracias a su madre, María Alicia Gañán, que a su vez había aprendido de los bisabuelos, artesanos que intercambiaban todo lo que hacían por carne o arroz, esas cosas que no se daban en sus tierras todavía ricas en cultivos de café, cacao, plátano y minas de oro. Desde que nació, al lado de ella, fue aprendiendo. María Alicia la sentaba a su lado y le iba explicando poco a poco cómo se hacía; Claudia Esperanza la miraba trabajar, embelesada. Su padre, Gabriel Ángel Reyes, también había aprendido de ella después de que se casaron, y resultó salir más osado, como lo describe su hija al recordarlo. Después de las primeras lecciones, se ingenió la forma de incluir en las cortinas que tejía, las semillas de chumbimba, lágrimas de san pedro, corozo amolador y macadamia, que recogía en las montañas. También con bambú, y que se volvieron tan populares cuando se aventuró y empezó a llevar sus creaciones a Medellín, Pereira y Manizales. Así, después de que falleció, doña María Alicia se quedó con su legado, y siguió trabajando con semillas.

Claudia Esperanza cruzaría otros caminos antes de dedicarle una buena parte de sus días a las artesanías y la asociación. Primero se iría a Medellín a estudiar Trabajo Social, al inicio sola, atendiendo el carrito de comidas rápidas que compró para ahorrar y poder llevarse a su hijo con ella para Medellín, y después con él, que hizo el bachillerato justo a tiempo para graduarse en simultáneo con su madre cuando terminó la carrera. Fue emocionante. Luego volvería a Riosucio, se casaría, le enseñaría a su marido a tejer los canastos, y seguiría practicando el trabajo social pero ahora ayudando a sus compañeras de la asociación, enseñándoles a tejer y ofreciéndoles consejo. Eso es algo que nunca la ha dejado, nos cuenta.

Y así de diversas son las historias de ASOGRUCA y sus catorce integrantes, que han sumado a su maestría en la cestería en cogollo de caña brava, otras fibras como la iraca, la guasca de plátano, la enea y el fique, con el que tejen sus tradicionales jíqueras y esteras. También, trabajan en mostacilla. Son conscientes de la enorme riqueza cultural y natural de su territorio montañoso y así trabajan, con amor, para mantener esa riqueza viva, pasándosela a quienes, cuando llegue el momento, la defenderán como ellas lo han hecho.

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