Taller: Arpas El Tranquero
Oficio: Luthería
Ruta: Ruta Casanare
Ubicación: Tauramena, Casanare
Calle 2 #2-71, Barrio Gaitán, Tauramena
3107873994
jhcarpaseltranquero@gmail.com
@instrumentosJM
La primera vez que vio un arpa, a José Camargo se le quedó grabada su forma. Era el arpa de don Honorio Delgado, su vecino en la vereda La Niata, en Yopal. A José le llamó tanto la atención ese instrumento curvo y alto, que se propuso construir uno él mismo. Entonces se fijó en cada detalle, volumen y medida, antes de irse por un poco de madera de cedro amargo y, a punta de peinilla y la fuerza de sus propias manos, encontrar la forma que buscaba sacándole la curva al palo. Pero cuando estuvo a gusto con el esqueleto, le tocó resolver la parte de las cuerdas, con tan buena suerte de que se apareció un amigo que sabía cómo afinar los distintos calibres del nylon que había decidido ponerle. Entonces empezó a ensayar hasta dar con los acordes de las canciones llaneras que le gustaban, Fiesta en Elorza y Carmentea.
Recuerda que esa primera arpa se la vendió por 80 pesos a un trabajador de la finca, que la vio y le gustó tanto que se la compró, y que la segunda la intercambió por una bicicleta. Luego, cuando se fue a estudiar a Sutatenza, en Boyacá, gracias a una beca para estudiantes campesinos, se dio a conocer por esa habilidad para los instrumentos que él solito había descubierto que tenía, y fabricó otra que se quedó allá, porque llevársela de regreso al Casanare era mucho trajín. Así, las arpas le mostraron el camino de su vida y le dieron lo necesario para vivirla. También le recordaron que los hombres de su familia ya habían cultivado el amor por la música antes que él, incluidos su padre y su abuelo. Por eso se sintió tan extraño ese periodo de tres años en el que trabajó como vigilante después de prestar el servicio militar en Yopal. Todo el tiempo estuvo añorando la música.
Pero por más de que no le hubiera gustado la experiencia como vigilante, todavía no estaba del todo convencido de su llamado y se fue a trabajar a Tauramena como carpintero en una petrolera. Y regresó la suerte, de nuevo, que hasta allá lo fue a encontrar su destino, porque terminó haciéndole caso al impulso de pedirle a su jefe que le regalara los sobrantes de las tablas de pino que usaban para las obras civiles, para hacerse un arpa. Éste le dijo que sí, y cuando vio su creación le pareció tan bonita que le encargó como veinte arpas más, que les dio de regalo a todo el mundo. Entonces José fue obediente, y montó su taller, al que empezaron a llegar más conocidos para hacerle encargos. Recuerda con cariño aquella vez que tuvo que fabricar las 115 arpas que le encargó la Gobernación para repartir entre los 18 municipios del Casanare. Fue un reto gigante, pero lo lograron, de eso hace más de quince años.
Y si ya pasaron más de cuarenta años desde que este artesano empezó en el oficio de las arpas, puede además decir con mucho orgullo que desde hace 25 años también fabrica bandolas, cuatros y guitarras. Aprendió de la mano del maestro Hernán Bastidas, uno de los primeros luthier de la Fundación Canto por la vida de Ginebra, Valle y, desde entonces, amplió su repertorio. Hoy en día no solo elabora instrumentos desde ceros sino que también repara los viejos, y es común verlo tocando en las noches llaneras, con los conjuntos amigos. No canta, pero sigue interpretando los mismos ritmos de su tierra con los que empezó, la periquera, el joropo, el gabán, el zumba que zumba y el carnaval. Sabe que el oficio no es para todos, sino para el que realmente le guste y esté dispuesto a dedicarse a aprender. Así les ha enseñado a sus tres hijas y a su hijo, que se defienden todos en la música, y a los pupilos que ha entrenado, repartidos hoy en día entre Aguazul, Cumaral y Monterrey. Lo dicho, estamos frente a un tipo con suerte.
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