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José Israel Castañeda

Taller: Curticueros
Oficio: Marroquinería y zapatería
Ruta: Ruta Casanare
Ubicación: Yopal, Casanare


AGENDA TU VISITA

  Calle 27 #21-45, Barrio Provivienda, Yopal
  3112575155
  israel080359@gmail.com
  @curticueros_casanare
  @curticueroscasanare1

José Israel empieza diciendo que su historia es tan larga que en ocho días no podría terminar de contarnos todo lo que le ha pasado y que mejor deberíamos hacer un libro. Aún así, nos da un abrebocas, el prólogo de sus aventuras. Es el menor de una familia de ocho y nació en Villapinzón, Cundinamarca, pero desde hace más de veinte años vive en Yopal. Tiene tanto de cundinamarqués como de boyacense, risaraldense y llanero. Dice que no es tan recio como un llanero, pero que de todos modos sabe montar muy bien a caballo porque cuando era niño su padre tenía uno. Se llamaba Chipolo y era pajarero, es decir, de los que frenan de repente y tumban al jinete cuando se asustan con el movimiento de cualquier papelito enredado en una cerca. Tiene algo de boyacense por la cercanía de su municipio con el departamento vecino, y porque sus padres cultivaban maíz, papa y arracacha. Y es de Risaralda porque allá montó su primer taller de trabajos en cuero, y vivió muy bien, hasta que fue el terremoto del 99 y se tuvo que ir.

Este artesano lleno de historias, que ha sido hasta policía, reconoce que no estaría en donde está sin su hermana, Lidia Castañeda, a quien extraña todos los días, alma bendita, como la nombra, desde que falleció por culpa del cáncer. Y si hay algo transversal en su historia, es su amor por su hermana mayor. Cuando él era apenas un jovencito, sin mucha idea de lo que quería en la vida, Lidia se casó con un hombre que tenía una curtiembre a las afueras de Villapinzón y se lo llevó a trabajar con ellos. Sin saberlo, se lo estaba presentando al mundo al que pertenecería: el de los cueros. Esas curtiembres, que fueron de las primeras en procesar cueros, más tarde serían clausuradas por contaminar el río, y la familia se mudaría a Bogotá para montar nuevas curtiembres al sur de la ciudad. José Israel llegó con ellos, hizo carrera de policía y se fue a prestar servicio en Medellín por cinco años antes de establecerse en Pereira.

La vida le demostraría que debía confiar en su oficio cuando tuvo que atravesar una de las pruebas más duras. Después del terremoto del 99 en el Eje Cafetero, el local en el que tenía su taller de botas texanas quedó sin remedio. Las paredes estaban agrietadas y la reja no cerraba; tocaba demoler. Entonces le dijo a su familia «pues vámonos para Yopal». Empacaron sus cosas, vendieron la casa y se montaron todos en un Renault 4 con destino al Llano, donde tenían familiares por el lado de su esposa. Decían que lo que daba plata en ese entonces era vender verduras, entonces José Israel invirtió los ahorros en el prometedor negocio, pero a los seis meses ya estaba quebrado. Después dijeron que el negocio no era montar un fruver sino llevar la verdura a Orocué, entonces José Israel lo volvió a intentar. Las carreteras no eran lo que son hoy en día, era un trabajo durísimo y en una de esas hasta se les quedó el carro varado en medio de un río y casi se ahogan, como recreando una escena de La Vorágine devorándose al protagonista.

Su llegada al Llano fue atropellada. Nada le salía, no conseguía trabajo y sentía que por donde metía la cabeza, perdía. Hasta que se acordó de su viejo amigo, el cuero. Empezó a pedir las pieles que quedaban cada vez que en una finca mataban una res para celebrar asados con los trabajadores. Los curaba con kilos de sal y se los mandaba a su hermana en Bogotá. Así, poco a poco, volvió a ganar. Y ya que estaba en los Llanos, tierra de cotizas, se empapó de la historia de ese calzado, para aprender a hacerlo. Se enteró de que antiguamente los vaqueros que vivían llano adentro dejaban el cuero secar el sol clavado con estacas en el campo. Quedaba durísimo, y de éste cortaban una suela dibujada directamente con sus pies como plantilla. A ese cuero le abrían un par de huecos, que atravesaban con tiras cortadas del mismo cuero seco y se las amarraban al pie, como una sandalia. Las cotizas evolucionaron hasta convertirse en esas que José Israel sabe hacer, de cuero blando y suelas de fique o caucho.

Cuando este artesano va a Bogotá se embelesa con los cueros del Restrepo, le vienen a la cabeza mil ideas y quisiera llevárselos todos para hacer correas, llaveros, billeteras y, por supuesto, cotizas llaneras. Él, que se ha caído mil veces, y mil veces se ha levantado, vive feliz, sin ser rico, pero con la tranquilidad de que está en su salsa. Como se lo demuestra toda una vida dedicada al cuero, esa que empezó con el empujón amoroso de su hermana.

Artesanos de la ruta

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