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Magdalena Guayabo

Taller: Artesanías Magdalena
Oficio: Alfarería
Ruta: Ruta Casanare
Ubicación: Orocué, Casanare


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  Vereda Remolino, Finca La Esperanza
  3224563152
  mariamagguayabo@gmail.com

Magdalena conoce muy bien el mundo que la rodea. Sabe mirar al cielo para cosechar el moriche durante la fase adecuada de la luna. Sabe usar a la naturaleza como remedio y por eso, mientras sus seis hijos crecían, los curó siempre ella misma, bajándoles la fiebre con hojas de matarratón. Sabe de la frescura que adquiere el agua cuando se la conserva en tinajas de barro con piedritas de río. Sabe guisar el cerdo con cilantro de monte, cebolla, ají y pimentón, en las ollas que ha hecho con sus propias manos, porque sabe, en especial, trabajar el barro. La suya es una sabiduría llena de detalles y de entrega, que ha podido mantener viva gracias al esfuerzo.

Es calurosa como los lugares en los que ha vivido, su Casanare natal al que retornó después de ser criada en el Vichada bajo el ala instructora de su abuela Clarisa Chamarraví, una mujer sáliba que vivió hasta los 125 años haciendo cerámica, y a quien Magdalena le aprendió prácticamente todo lo que conoce. Pero volverse alfarera no sería tarea fácil. Creció entre fuerzas contradictorias: con una abuela que le quería enseñar los secretos del barro y una madre que se negaba a que ella heredara el oficio de las mujeres de la familia. Cuando su madre, Lucrecia Chamarraví, se iba a trabajar al monte, Magdalena se escabullía entre sus cosas y le robaba arcilla para ponerse a hacer figuritas a escondidas. Y aunque al volver su mamá se diera cuenta de las travesuras necias de su hija y le pegara su regaño, desde niña Magdalena supo que no podía dejar de hacerlo. El suyo era un llamado terco e insistente que no conocía de prohibiciones y que, afortunadamente, encontró una cómplice en su abuela, que empezó a enseñarle a escondidas. La disputa entre madre e hija no se resolvió sino hasta que la artesana cumplió los quince años y doña Clarisa la llevó a la mina del barro para presentarla ante los dueños espirituales del material. Fue como cuando uno va a misa, recuerda. Después de eso, a su madre no le quedó de otra que aceptar el destino de la hija que, por fin, pudo mostrarse como alfarera sin tener que ocultar su deseo ni su destino.

A Magdalena se le quedaron grabadas las frases amorosas de su abuela que, antes de morir, le aconsejó nunca olvidar lo que le había enseñado porque ese sería el oficio que le daría de comer, que le daría una casa y la independencia para no tener que mendigarle a ningún marido. Más adelante se harían realidad sus palabras, cuando se dio cuenta de que era capaz de sacar adelante a sus seis hijos haciendo tinajas, múcuras, budares y ollas, y de que ninguno pasaría hambre bajo su cuidado. Sabe que la sabiduría se la ofreció el dueño del barro, tal y como se lo auguró su abuela cuando le dijo que después de presentarla ante él, éste la guiaría en su camino de alfarera y le demostraría por dónde andar y cómo manejar su material. Por eso dice con convicción que cuando muera se convertirá en una sirena del Río Meta y se irá a vivir a la mina de barro para cuidar de la arcilla.

Y aunque su ejemplo sea una viva prueba de que valió la pena seguir su llamado, la otra cara de la historia no es tan alentadora. Hoy nadie quiere aprender, nos cuenta. A pesar de que ella esté dispuesta a compartir su conocimiento, a la juventud no le llama la atención un oficio que requiere de tanto trabajo, de tanto esfuerzo físico. Para hacernos a una idea de la dedicación que reclama, nos cuenta que primero hay que internarse en la selva para conseguir la corteza del único árbol cuya ceniza se amasa con la arcilla para que resista la quema. Luego hay que ir por la arcilla, que solo se consigue en marzo, cuando el río baja y la sirena que la protege deja que la gente se acerque y la tome, pero que hay que saber cómo hacerlo, porque si se saca con el corazón amargado y no alegre, le coge a la persona un mal de muerte con fiebres altísimas y dolor de ojos. Y como si fuera poco, hay que ayunar el día de la quema y tomar solo agua caliente, cuidando del propio cuerpo como si fuera el mismo barro que se asa por horas entre leña ardiente. Desde luego hay quienes han desobedecido al consejo de Magdalena y se han encontrado con todas sus piezas quebradas después de pasar por el fuego. Así que ella trabaja, la mayoría del tiempo, por su cuenta. Es jefa y empleada de su oficio, la que se da ánimos a sí misma cuando le faltan las ganas o se siente cansada, la que se sabe el ritual indicado para pedir energía y alejar los bostezos, y así seguir creando, siempre con el amor profundo que tiene por lo que hace.

Artesanos de la ruta

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