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Salvador Zea Espinosa

Taller: Arfalla, arte y fauna llanera
Oficio: Talla en madera
Ruta: Ruta Casanare
Ubicación: Monterrey, Casanare


AGENDA TU VISITA

  Calle 10 #13-42, barrio La Esperanza II, Monterrey
  3115855042
  arfalla.zeaespinosa@gmail.com

“Yo amo la naturaleza de una manera espantosa”, dice Salvador Zea, tallador en madera. Ama las plantas, ama las flores, y desde luego, ama la madera, que transforma en cuanto animal se le ocurre: armadillos, chigüiros, tortugas, caballos, tucanes, zamoritas de plumas negras y patas naranja, garzas blancas, y el ave insignia del Llano, la corocora con sus plumas escarlata y su pico largo como una aguja capotera. A todos estos animales los conoce muy bien, ya sea porque se los cruzó cuando trabajaba como aserrador en las montañas, o porque vienen volando a visitarlo al patio de su casa.

La talla es un oficio que lo ha acompañado en los tiempos difíciles y que le ha mostrado la luz y la solución. La primera vez fue cuando aún vivía en su natal Campohermoso, Boyacá, donde hacía yugos y arados para los bueyes. La segunda, cuando llegó al Casanare sin un peso en los bolsillos después de que le robaran todo lo que tenía, y decidió inscribirse a un curso de talla en Yopal a cargo del maestro William Contreras. Fue un antes y un después. Ahí aprendió a hacer su primer armadillo y sus primeras garzas, que aún conserva y se enternece al mirar, pues se da cuenta de que las hacía con el pico plano, como el de los patos, y no puntudo, como el de las garzas. Los hizo con un bisturí y el juego de gubias que le regaló un hermano en la iglesia. También nota que las hacía todas en la misma posición, pues le faltaba aún la experiencia y la observación para darse cuenta de que, dependiendo del momento, el ave se para de una manera distinta: cuando acecha a su presa, cuando descansa en una rama, cuando tuerce el cuello para espulgarse las plumas. Fue entonces cuando descubrió la dicha de coger un palo todo torcido y darle otra forma, como pasó con el caballo tamaño real que recuerda de los viejos tiempos.

Pero eso fue antes de que llegaran los problemas de salud y tuviera que encontrar la manera de reconciliar el cuerpo con el oficio. Antes de que estuviera siete años sufriendo por el dolor de espalda que le empezó cuando, aserrando solo en la montaña, una viga le golpeara el hombro y le torciera la cintura. Era un dolor que le volvía con un simple estornudo y que lo alejó de su trabajo como oficial de construcción y aserrador. Pero que, en cambio, le mostró que el camino era la talla en madera, pues no le requería de tanto esfuerzo y lo podía hacer desde su casa. Así, mientras le llegaba el milagro que lo curaría de la espalda, se dedicó al nuevo mundo artesanal, aprovechando la experiencia que había adquirido en la montaña, donde aprendió que el cedro macho se deja dar forma a diferencia del nauno y el almanegra, maderas duras que se solían usar para hacer las cercas más resistentes al calor y al agua.

Y es que para Salvador Zea su oficio es una bendición, literalmente, porque le llegó después de pedirle a Dios por un trabajo que pudiera hacer aun en medio de las enfermedades, que le diera para vivir y le evitara, a toda costa, tener que mendigar. El oficio, como sus oraciones, ha sido su salvador. De ahí, su amor y gratitud con la naturaleza.

Artesanos de la ruta

Artesanos de la ruta

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