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Aty Janey Mestre

Taller: Aty Seynekun
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Cesar
Ubicación: Pueblo Bello, Cesar


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  @_atyjaneymestre

“Su nombre significa madre del pensamiento y cuenta que de donde viene es de la tierra donde nace el agua. Todo en Aty busca significado y está atado a su territorio-ombligo en la Sierra. De su infancia tiene el más vívido recuerdo de ver a sus abuela y bisabuela tejer, de mañana a noche, ambas, siempre con sus manos ocupadas y con las palabras justas y sabias para ir contándoles las historias de su pueblo arhuaco. Con semejante ejemplo era inevitable que desde sus cinco quisiera meterles mano a los hilos y, de cuando en cuando los enredara para soltarlos entre risas y con la ayuda de sus mayoras. Fueron ellas, estas dos mujeres venerables quienes la criaron por solicitud de su madre, Alcira Izquierdo, heredera de las autoridades de su padre y abuelo mamo, convertida, entonces, en lideresa de su comunidad. En aquellos años de 1980 y 1990, en donde el pueblo arhuaco reclamaba las tierras sagradas de sus pagamentos, ella recorría los caminos de asamblea en asamblea, en busca de justicia para los suyos. Con todo, cuando regresaba a casa, recuperaba el tiempo perdido lejos de sus cuatro hijos y los abrazaba en lecciones de vida. Así creció hasta sus diez, año cuando la llevaron de la mano a Nabusimake, la capital espiritual de la Sierra Nevada de Santa Marta, para internarse y terminar allí sus estudios de bachillerato.

Lo que más sufrió fue el frío, el hielo que la recibió en enero y que la obligó a meterse al agua para asearse a las tres de la mañana. Por muchos días lloró estar lejos de su abuelita Mita y más de una vez se preguntó si sería capaz de resistir. Pero lo hizo. Lo hizo una vez se dio cuenta que más niños estaban en su misma situación y, a pesar de que era la más pequeña, esto estuvo a su favor pues recibía algunos consentimientos de Magdalena y María Agustina, quienes le guardaban la pega del arroz para hacerla sentir en casa. También vio que su espíritu curioso podía favorecerla, y así, se inventaba excursiones al monte para buscar alguna planta o les hacía trenzas a sus compañeritas o las sentaba a su lado para contarles esa historia tenebrosa en la que, en tiempos de evangelizaciones, raptaron a su bisabuela para llevársela a donde los capuchinos y la amenazaron con cortarle la lengua si hablaba en su dialecto; hasta la llamaron huérfana cuando tenía a sus padres vivos. Por fin integrada, compartían entre todos el queso o la panela que les enviaban sus papás para resistir el clima. Al final, su balance de seis años fue bueno y aprendió de independencia y se ganó un espacio con su elocuencia.

Pero una vez regresó a casa, quiso seguir estudiando y terminó haciéndolo en Manizales pues en Bogotá no se había sentido cómoda. Así que luego de que su madre le dijera que la capital de Caldas era pequeñita y acogedora, allá terminó estudiando Administración de Empresas en la Universidad Nacional y siendo la primera mujer indígena en estudiar dentro de sus aulas. “Sentía los ojos detrás de mí”, cuenta y ese gesto la hizo caminar incluso más erguida con su atuendo tradicional de arhuaca y tejiendo en clase, mientras oía a sus profesores. Aprovechó la curiosidad que despertaba para hablar orgullosamente de sus raíces y presentarles a sus compañeros y profesores su Sierra. Y como la historia no podía sino seguir sembrando belleza, en su tercer semestre conoció, o reconoció, a Hugo Jamioy, el poeta kamentsa hijo de Mamá Pastora, maravillosa tejedora del Putumayo que hace poco cruzó al otro plano. Su tía estaba casada con el hermano de Hugo, así que se habían visto un par de veces, pero fue cuando ella estaba inesperadamente a Nabusimake, como anfitriona, de un paseo de una de sus profesoras, cuando se lo encontró allí. Qué lugar más peculiar para ese encuentro, justo en esta capital espiritual, se dijo. Y al parecer él se flechó pues dejó su carrera en Bogotá y se fue para Manizales a estudiar economía y se puso el reto de “respirarle en la nuca”, hasta enamorarla. Y lo logró. Aty terminó su carrera con sus cinco hijos y fue, en ese entonces, cuando se dijo que debía regresar a casa. Por supuesto, cada nombre elegido de este linaje tiene un sentido y una misión por honrar: Shinye Gunney Maney Maku, fuerza espíritu del sol; Aty Tima Zarkuney, madre de la fertilidad de la luna; Aty Yuinekun, madre del primer rayo de luz; Tanny Yankara, madre de la libertad de los nevados y Ainan Biya Busintana, padre del espíritu de la vida.
Hoy, viven en Pueblo Bello y entre Aty y Hugo les han transmitido el sentido profundo del tejido y sus culturas a sus hijos, tanto el de la mochila o tutu arhuaco, el útero, como los chumbes que sostienen el vientre y cargan la historia del pueblo kamentsa. Para Aty, enseñar los significados de lo que hacen, de lo que tejen, es esencial, pues sin historia, pierde todo su sentido y no se entendería que al tejer se transforma el mundo y se mantiene el equilibrio. Por su parte, Hugo cumple su papel desde la biblioteca que dirige en el territorio. Hoy, no solo siente el orgullo de saber que su legado artesano ya está en manos de sus hijos, sino porque es la primera Secretaria de Gobierno indígena de Pueblo Bello. Sabe que lo importante ha sido andar el camino, y dejar huella por donde ha pasado.

Artesanos de la ruta

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