Taller: APROARPECC
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Cesar
Ubicación: Chimichagua, Cesar
Calle 1b#4-58 Corregimieto Candelaria, Chimichagua
3135359383
aproarpecc2015@gmail.com
@esterascandelaria
Yamile es tremenda fuente de información, va soltando los mil datos relevantes sobre la sostenibilidad de su Ciénaga de la Zapatosa, que combina con razones, reales y cada día mayores, sobre las dificultades de acceso a la materia prima de su oficio, la palma estera, y que se resumen contundentemente: no tener tierra, aunque vivan de la tierra. También explica el arraigo de su pueblo cesarense al tejido de la estera y conoce de primera mano cómo esta fibra ha alimentado a generaciones enteras gracias a su comercio. Reconoce, además, que nadie allá es rico por cuenta del oficio y que solo hasta hace algunas décadas esta práctica tradicional se ha convertido en artesanía reconocida en las ferias. Sin embargo, aunque todo lo que dice es impresionante y sustentado y explicativo y generoso en conocimiento, es imposible pasar de largo la manera en que se refiere a su palma: dijo que lo que hacían con ella era el “telar de la vida”. Por supuesto, algo tan potente merece que se desentorche como la propia palma.
“Para nosotros ese telar representa mucho, representa sueños, sueños que podemos alcanzar, pensamientos que podemos transmitir y elaborar al ir tejiendo –dice cadenciosa y segura de sí misma, con una calidez que conmueve. Y sigue– y como la vida se trata de un tejido, entonces empezamos a tejer allí nuestras primeras ideas, nuestros sueños. Pero no fue fácil, nunca es fácil al inicio”. Cierra los ojos y rememora, no solo sus días, sino la de tantos artesanos de su pueblo con los que ha ido tejiendo la vida, nacidos de padres campesinos y pescadores, trabajadores todos, entregados todos, madres que parieron decenas de hijos y, con todo, con el niñito colgando en la teta, seguían tejiendo porque esa estera les permitiría el mercado de esos días, y narra, con el nudo en la garganta, lo que significa saber lo que es la escasez económica, no tener para las chanclas o la merienda o los lápices para la escuela de los hijos, cargar las cositas en bolsa de plástico a falta de maleta, tener hambre… “es que la violencia no es solo la de los grupos armados, dice Yamile mirándonos a los ojos… e incluso, si en medio de una inundación como la que vivimos en 2011, no se hunde nuestra casa, pero sí la del vecino, eso también hace sufrir”.
Trae a colación esa tragedia climática que inundó al país en 2011 y que terminó en el programa de gobierno de Colombia Humanitaria. Que, curiosamente, les tendió la mano que necesitaban. Cuenta que llevaban tiempo intentando formalizarse como organización artesanal, pero si tenían para abrir la cuenta bancaria, ya no les alcanzaba para lo de los impuestos, vivían al ras y hacer empresa les estaba costando demasiado. Así que cuando pasó la tragedia y llegaron los subsidios y ayudas para volver a empezar, se agarraron a éstas como un milagro. Y lo aprovecharon para concretar la tan anhelada organización. Con ello también llegaron las capacitaciones, entre las cuales las de Artesanías de Colombia, que les ayudaron a mejorar el producto de palma estera, y con ello, entrar en el mercado que tanto necesitaban. Así nació, en 2012, AproArpecc, Asociación Procesadora Artesanal de la Palma de Estera de Candelaria Cesar.
Ya son muchos años detrás de esta iniciativa que, cómo negarlo, cambia vidas. Las ha cambiado. Basta oírla, y verla, para saberlo. Basta ver la cara de Mariana, la niña de 12 años, serísima, que llegó mientras hablábamos y dijo que aprender de este legado, de la mano de Yamile, le era importante. Como ella, muchas niñas vienen después del colegio para aprender a tejer. Cuando llegan, Yamile las felicita, porque no solo la transmisión de saber está garantizada pues, como ella misma lo dice, “nosotros no vamos a estar siempre disponibles”, sino porque, con estas enseñanzas, les está dando autonomía y libertad. Reconoce, felizmente, que la tasa de niñas embarazadas se ha ido reduciendo y, en parte, está convencida de que ha aportado en esta causa. “Estas niñas ya no tienen que acercarse a un varón o a alguien que les diga que les va a dar cinco mil pesos, y después cobrarles de la peor manera”. Lo sabe, como también es consciente de que, frente a las necesidades de todos, lo que mejor puede hacer con su taller es, antes de empezar a tejer, ofrecer una buena comida. Vemos, entonces, que el telar de la vida está colmado de sentido. Porque sabe que el don del artesano, de la tejedora, es la capacidad de la paciencia, esa que nos falta a todos y a ellos les sobra. Cuánto por aprenderles.
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