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Judith Astaiza

Taller: Astaiza Artesanal
Oficio: Trabajo en cacho
Ruta: Ruta Huila
Ubicación: Neiva, Huila


AGENDA TU VISITA

  Calle 32 #10 A W-33
  3124086298
  astaizaar@gmail.com
  @astaiza_artesanal
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A Judith Astaiza siempre le gustaron las cosas hechas con las manos, porque se crió rodeada de ellas. En las caminatas con su madre y abuela por su Cauca natal, nunca podían faltar las jigras de fique que se cargaban a la cabeza como diademas que les colgaban por la espalda, y en la casa, tejían en una técnica parecida a la del crochet, pero usando palitos en lugar de agujas. Y también bordaban. Ese gusto por las cosas tejidas, y por la tejeduría, se le volvió un hábito. Cuando uno se cría con eso, lo normal es seguirlo practicando, nos dice.

Cree que esa disposición para crear se la heredó a su abuela, Ercilia Astaiza, porque creció muy cerquita de ella. La abuela se la cargaba para ir a misa o a visitar a la familia. Caminaban juntas distancias que, para una pequeña Judith, eran interminables, siempre con la jigra colgada. La veía también cuidar de sus vacas lecheras, gallinas y cuyes, y de esos primeros encuentros con las vacas, jamás imaginó que terminaría volviéndose una experta en el trabajo con sus cuernos.

Al oficio del cuerno llegaría después de una serie de eventos que le revolcaron la vida. El primero fue separarse y llegar a Neiva, con sus dos hijas pequeñas, adonde vivían sus hermanas. Ante el reto de tener que mantenerlas sola decidió ponerse a tejer, y lo hacía de día y de noche, en macramé y crochet. Elaboraba bolsos, vestidos de baño, vestidos y hasta cortinas, lo que le pidieran, pues no podía darse el lujo de negarse a ningún trabajo. Era mucho lo que tenía que tejer para mantener dos niñas, y a ratos deseaba que las cosas no tuvieran que ser así, pero lo logró. Estuvo del 2000 al 2005 tejiendo, periodo en el que también se lanzó a hacer collares en los que combinaba semillas, totumo y coco.

Hasta que en 2005 les dieron una idea traída de Chile, a ella y a los compañeros artesanos a quienes había conocido en esos años de tejer y tejer: trabajar con cuerno de res. El reto era inmenso, pues ninguno lo había hecho y no había referentes cerca a quienes preguntarles. Ensayaron todo lo que se les ocurrió para volverlo maleable, primero con agua, luego con calor, y luego con más calor. Poco a poco lograron cambiarle la forma al cuerno y hacerlo brillar a punta de lijas, de la más gruesa a la más fina. Hacían, sobre todo, piezas para collares. Fue vendiéndolos en ferias que les llegó un golpe de suerte, cuando una comercializadora los contactó para hacer piezas bajo pedido y les ofreció capacitaciones para dominar el cuerno. Si antes les parecía que no había diferencia entre una figura delgada y una ultra delgada, después de las capacitaciones aprendieron que la diferencia entre 1 y 5 milímetros era abismal. También aprendieron una técnica que les cambió las reglas del juego y las posibilidades para bien, el termoformado, proceso que consiste en calentar el cacho antes de meterlo en un molde, y con el que lograron hacer impresionantes esferas huecas y pétalos para ensamblar flores.

Con el tiempo, Judith se independizó del grupo y siguió aprendiendo del trabajo en cuerno, material con el que se quedó, repartiendo sus días entre la tintura del cuerno en agua hirviendo coloreada con anilinas, que le dan un acabado atípico y novedoso, las visitas al frigorífico para escoger su materia prima antes de dejarla secar en el calor neivano, y claro, el termoformado. Hoy en día, le bajó las revoluciones al trabajo y el tamaño a las creaciones. Cuenta con la satisfacción de que sus hijas ya están grandes y que ya no tiene que trabajar sin descanso. Ahora puede tomarse su tiempo para hacer cada pétalo de cada flor y seguirlos convirtiendo en aretes y collares porque, eso sí, lo suyo siempre han sido las piezas que se lucen como joyas, en su taller cuyo nombre es un homenaje a esa abuela que le heredó el gusto por crear y a quien recuerda cada vez que pronuncia Astaiza Artesanal.

Artesanos de la ruta

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