Taller: Alfareros La Vega E&L
Oficio: Alfarería
Ruta: Ruta Huila
Ubicación: Campoalegre, Huila
Vereda la Vega, por el callejon de la caseta comunal
3202198436
leonorcruz385@gmail.com
@p/Alfareros-La-Vega-EL-100086028594...
La primera vez que Leonor Cruz visitó la casa de su pretendiente, Edwin Narváez, se llevó una sorpresa, y fue una sorpresa linda: se enteró de que él venía de una familia de alfareros. Hasta entonces, ella sabía que él trabajaba en los cultivos de arroz, pero no tenía idea de que, en las tardes, al volver a la casa de su familia, se sentaba a bruñir los jarrones y bandejas que su padre había hecho durante el día. Eran apenas unos adolescentes de 17 años. Desde entonces están juntos y hoy, casi treinta años después, cuentan la historia sabiendo que de su unión nació una nueva familia de alfareros en la vereda La Vega de Campoalegre: la Narváez Cruz.
Leonor nunca había tocado arcilla en su vida, mucho menos había visto a alguien trabajarla, por lo que quedó embelesada al ver cómo su suegro, don Jorge Narváez levantaba, rollo a rollo, jarrones gigantes; cómo amasaba el barro antes de usarlo y lo brillaba con una piedra antes de quemarlo. Le impresionaba lo duro del trabajo, la constancia y el desgaste que exigía. Pero ella misma no se atrevió a meter las manos en la arcilla sino hasta cuatro años después de esa primera visita, cuando se fue a vivir a la casa en la que Edwin vivía con su padre, y empezó a compartir el día a día con estos dos alfareros.
Después de tener a su primera hija, cuando ésta empezó a ir al colegio, Leonor vio en el barro una opción: la ideal para una madre que quería trabajar pero seguir estando cerca de su hija, y no tener que dividirse o decidir cuál de las dos cosas hacer. Se lanzó y lo primero que hizo fueron unas bandejas pequeñas. Don Jorge le explicó cómo y, con paciencia, la dejó volver a empezar las veces que fuera necesario, porque así es el espíritu del barro, que antes de quemado se deja volver a hidratar, amasar y moldear infinitas veces. Leonor se dio cuenta de que no era suficiente con las horas que se sentaba a mirarlo trabajar, sino que había que dedicarse a intentarlo con las propias manos. Fue así, cuando vendió sus primeras bandejas, que vislumbró un poco del futuro que la esperaba y se motivó para seguir aprendiendo y así, alcanzarlo. Y en el camino la acompañó Edwin, que al verla estudiar tan dedicada se motivó él mismo para afinar lo que ya sabía desde niño. Al fin y al cabo, era el único de cinco hijos que le había aprendido al padre, y más valía aprenderle bien.
Al seguir con esta historia de Leonor llegamos a otra figura importantísima: Alirio Parra, maestro alfarero que llegó de Neiva en el 2015 para dictar talleres a los Narváez sobre las técnicas de apretón y colado, y a quien todavía le siguen aprendiendo de acabados, moldes y esmaltes. Pero hay que hacer una salvedad, porque las nuevas técnicas de construcción las absorbieron Leonor y Edwin, ya que don Jorge decidió quedarse con la técnica de rollo en la que ya era un maestro.
Lo primero que hizo Alirio fue ponerlos de pie: los Narváez estaban acostumbrados a trabajar sentados con las piernas dobladas, posición que a Leonor, por la falta de costumbre, le hacía doler la cintura y le entumecía las piernas. Por supuesto, fue la primera en escuchar su consejo y empezar a trabajar de pie frente a un mesón alto. También le hizo ver a Edwin que le iba mejor dedicándose de tiempo completo al taller, en lugar de dividir los días entre el cultivo de arroz y la arcilla. Y funcionó. Hay que ver la variedad de loza que hacen, las tinajas para la chicha, las totumas para batir el bizcochuelo, y su pieza insigne: las bandejas para el asado huilense. El que las prueba, no vuelve a intentar cocinar la carne de las fiestas de junio en ninguna lata ni olla metálica.
Veinte años de trabajo y cotidianidad alcanzaron a compartir con su maestro Jorge Narváez antes de que falleciera. Saben que se fue tranquilo pues la pareja se quedó con su oficio, ese que le aprendió a su propia madre, Ana Rosa de Narváez, y que le daba tanto miedo que se perdiera porque sabía que cada día menos personas se entregan a este tipo de trabajos. Ese que le alegró tanto enseñarle a su nuera y alumna apasionada, Leonor. Con él, le dijeron adiós a un contemporáneo de las pocas maestras que aún quedan en Campoalegre, entre las que cuentan a sus vecinas repartidas por las veredas y herederas de la ya poco practicada tradición alfarera de Campoalegre: Matilde, Odilia, Carmen y su madre María Antonia, y Luz Dary.
Para ellas, como lo fue para don Jorge, es incierto quién seguirá con su legado. Así como también es incierto de dónde sacarán la arcilla en el futuro, pues todos los terrenos antes libres ahora tienen dueño, y los dueños no quieren dejar que alguien saque el material. Por eso se sueñan con un lote que les pertenezca a los artesanos, por una soberanía del material, que no es para nada fácil sacar. Saben que lo encuentran solo después de cavar dos metros, que pesa, que hay que volver a llenar el hueco con la tierra extraída, y que la arcilla requiere ser procesada antes de ser moldeada.
Afortunadamente está el taller familiar de Leonor y Edwin, al que llegan siempre los hijos en las vacaciones para ayudarles, principalmente, a bruñir, para lo que cada uno tiene su piedra favorita recogida en sus paseos por el Río Magdalena, porque alfarero que se respete sabe cuál es la piedra que mejor se le acomoda. Y en el más pequeño del clan, Liam David, ya se adivina el talento, pues con apenas dos años se sienta frente una bandeja más grande que él y la bruñe habilidoso.
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