Taller: Musiartes Parra
Oficio: Instrumentos musicales
Ruta: Ruta Cesar
Ubicación: Tamalameque, Cesar
Calle 3 #8-12 Barrio Aluminio
3145724070
parratambora@gmail.com
Luciano nació entre tamboras, y eso lo sabe perfectamente. Sonaban porque su abuelo Cecilio las tocaba y su abuela Marcelina lo acompañaba cantando algún bullerengue o guacherna, como también las tocaba su papá, Juan Robles, y aún lo hace con fuerza. También “el tío” lo hacía, ese vecino de enfrente que nada tenía que ver con su apellido, pero al que querían como si estuviera emparentado porque les prendía el día con su ritmo y el de su esposa. La banda sonora de su infancia fue La candela viva, Los pozos brillantes o Cartagena y con La pava echá lo arrullaban: Yo tenía mi pava echá / zumba que zumba / zumba la pava / con tre’ huevo’e morrocoy/ si la pava no me saca / cojo la pava y me voy, me voy. Así pues, es natural que Luciano a los seis ya perteneciera a un grupo folklórico –cosa que lo hace pensar, por haber empezado tan tarde… pues su propio hijo se inició ¡a los tres!– y muy rápidamente ya estaba haciendo reemplazos y ganándose un espacio en el mundo del folklor. Pero una cosa es cantar y tocar instrumentos y otra, muy distinta, fabricarlos, si bien, ese oído con el que cuenta y el dominio de la música lo hacen un luthero excepcional.
Lo cierto es que nadie en su casa hacía instrumentos. Sí había visto a su papá y a su abuelo poniéndoles los cueros a los tambores, y vaya que sí se recuerda esa lucha tan brava en donde jalaban como demonios y normalmente se les soltaban… lo hacían, más que por oficio, por necesidad, porque el espectáculo debía continuar y eran requeridos en las fiestas de Chimichagua y todos sus alrededores. Pero ese bichito de la luthería, que ni sabía que se llamaba así, le nació a Luciano cuando un día, a su grupo musical, muy pequeñito, les llegaron unas tamboras que recuerda feísimas. Se juró algún día hacer unas por su cuenta. Y como no es de los que prometen en vano, recuerda coger a sus diez un trozo de madera que su papá cortó y empezar a covarlo del puro instinto y luego, como a sus doce, se fue al bosque con el hijo del carpintero ebanista del barrio, armados con un trocero, ese tremendo serrucho que se usa entre dos personas, y cortaron un trozo de palo con el que se aventuró a hacer un tambor. Sonríe y se apura a decir que nunca ha tumbado un árbol para llevar a cabo su oficio, lo llaman para decirle que se cayó un tronco o va a los aserraderos y recoge los restos de los carpinteros. Ya los que lo conocen lo saben, y le avisan.
Y así, se trasteó de Chimichagua a Tamalameque por amor y con su taller ambulante, carga en su moto varillas, motosierra, puntillas, compás de madera, machete y el infaltable lonche, y arma su cambuche en el bosque para trabajar allí mismo los bloques de madera con los cuales hará sus tambores. Los días que sea necesario. Se parece mucho a lo que hacía su papá cuando todos eran pequeños, ya que él “rozaba” a punta de machete el monte para sembrar lo del pancoger en los terrenos de los patrones. Sin casa, iban de tierra en tierra sembrando su propio sustento. Y siempre festejando la vida al son de la tambora.
Luciano dice que el secreto de un buen tambor, para que suene bien, está en la madera. En que sea liviana y fina, como el banco, el caracolí, el orejero o carito y las ceibas, la lechosa, la amarilla o la tolúa o roja. También en el cuero. Él usa cuero de chivo de la Guajira y desaconseja el de vaca porque, a menos de se toque de día, en la noche se destiempla y suena desafinado. Reconoce que ya muchos conjuntos, principalmente vallenatos, usan materiales sintéticos, como radiografías, que aunque sacan un sonido decente, nunca tendrán el sabor de una piel de verdad verdad. Y es que el sabor y él van de la mano. Y de su mano salen las tamboras, los alegres, los llamadores, la caja palitía, la tamborina y hasta la tambora merenguera que se usarán en las fiestas tradicionales de todo Colombia. Fiestas en las que participa también como músico, en su grupo Los Hijos de Chaulo, en donde su esposa Damaris canta, su hijo toca el tambor y su primo compone las canciones. Pero también hace parte de numerosas bandas, en el Banco, en San Martín de Loba y en Barranco de Loba, así como de la banda municipal de Tamalameque en la cual toca la trompeta y el clarinete. Mejor dicho, un hombre que vive por y para la música y lo sabe. Y lo goza. Medio siglo en el oficio son suficientes credenciales para saberlo.
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