Visitar Choachí y Fómeque se ha convertido en uno de los planes más atractivos de fin de semana de los capitalinos. De hecho, muchos se han ido trasladando a estos pueblos más cálidos que la fría Bogotá, por estar en un valle pronunciado que se divisa desde ese camino espléndido que hay que tomar y que bordea las montañas. Saliendo por los cerros orientales y antes de llegar a la Candelaria por la Circunvalar, te treparás por un camino serpenteante que muchas veces se llena de niebla y por donde tendrás que transitar con cuidado, porque su filo es pronunciado. Durante el recorrido pasarás por el Parque Ecológico Matarredonda, una reserva natural de páramo en donde vale la pena ver los más lindos frailejones. Y luego de un buen rato en medio de un paisaje paradisiaco, prepárate para bajar, pues las curvas marcarán el ritmo. ¡Pero el regalo de llegar a Choachí valdrá la pena! Verás un pueblo de gente cálida, murales coloridos, termales, y la más variada y sabrosa oferta de cocinas tradicionales y de innovación gastronómica, eso sí, con muchos productos locales. Descubre el Parque de La Chorrera, la cascada escalonada más alta de Colombia, ¡casi 600 metros de agua! Tanto en el casco urbano como en sus veredas aledañas te invitamos a visitar a las artesanas de la guía, mujeres adorables con increíbles talentos. Pero allí no acaba el paseo, a unos 20 minutos está Fómeque, otro pueblo lindo en donde tienes que probar las rosquitas de sagú y golosear con su panadería, así como ver los hornos de leña que puedes usar en la plaza central del pueblo. Será también un destino ecológico, pues estarás al pie del Parque Nacional Natural Chingaza, un santuario natural en donde se resguardan osos de anteojos y venados de cola blanca. Allí, conoce a dos maestras artesanas que te presentamos, con las cuales aprenderás de cestería.
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A poco menos de 42 kilómetros de Bogotá, entre 1 y 1 hora y media en carro, está el pueblo de Choachí enclavado en la Cordillera Oriental, en lo que se conoce como el Valle del Río Blanco, lugar en donde nace el Páramo de Chingaza. Verás, además, que es un destino de agua, porque allí encontrarás el Parque Aventura La Chorrera, con su caída de agua de 590 metros; dentro del parque pregunta por la cascada El Chiflón, y prepárate para caminar detrás de su cortina de agua. Además, están las famosas termales de Santa Mónica, un sitio ideal, y muy exclusivo para renovar el cuerpo y el alma, allí te puedes alojar cómodamente y comer a tus anchas. Ya dentro del pueblo, tómate fotos frente a los murales que decoran las fachadas de las casas y, si te gusta visitar iglesias, pásate por la Parroquia San Miguel Arcángel y por Nuestra Señora de la Candelaria, ambas con buenos ejemplos de arquitectura y arte colonial. Aquí tendrás muchas opciones para disfrutar de muchas buenas comidas. Recorre la sección de cocinas tradicionales y te llevarás una muy buena sorpresa con su amplia oferta. Así mismo, hay buena oferta hotelera. Aquí te invitamos a conocer a varias maestras en la realización de muñecas en amero de maíz: Miryam Barbosa, Yenni Paola Pardo y Adela Mora. También a la tejedora en lana Maria Eugenia Rodríguez y su grupo de compañeras de Aguadulce Tejeduría.
A media hora de Choachí está Fómeque, un pueblo que huele a sagú, un tubérculo que produce el llamado “oro blanco” de la provincia oriental de Cundinamarca y que ha hecho de su panadería artesanal un tesoro. El sagú es muy parecido a la achira huilense, pero propio de esta serie de pueblos de Fómeque, Choachí y Ubaque. No dejes de probar sus rosquitas acompañadas de un buen Café Miel, patrimonio fomequeño sembrado y tostado en estas tierras, y muy premiado por su acidez y suavidad. En este pueblo puedes planear distintas caminatas ecológicas y disfrutar así de sus montañas impresionantes; organiza su paseo hacia el Alto de las Cometas, el Alto de las Tres Cruces o el Alto Muscua, no te arrepentirás. Y en cuanto a nuestras artesanas, descubre de la mano de Blanca Inés Romero, la tejeduría en bejuco chipalo; ¡no te quedes sin una de sus gallinitas! Y conoce a Martha Ilma Sabogal, maestra en canastos de caña brava. Con ella puedes pasar unas buenas horas pues, si vas a su finca, tendrás la oportunidad magnífica, no solo de verla trabajar sus artesanías, sino de apreciar cómo maneja una economía circular que fue ejemplo en la Cop16. ¡Y prueba sus arepas asadas al carbón de palo!


Por esta travesía entre montañas, Fómeque calienta motores desde que cantan los gallos con hornos encendidos y una tradición panadera que produce nostalgia, libera dopamina y abre el apetito; es el preámbulo perfecto para una escapada. Pero es Choachí quien toma la delantera y despliega el mejor line up, la energía cambia y empieza el banquete.
En este municipio tan pintoresco, a solo una hora de Bogotá, la mesa es el campo vivo: lo que se siembra, se cría y se recuerda se sirve con sabor rotundo y tentador, de ese que te obliga a pedir más, de ese que invita a quedarte. Es la importancia de la alimentación como fuente de felicidad.
Atención porque en el Asadero Los Arrieros, ese espíritu se siente desde la primera cucharada. Su sopa casera es una insignia y reúne fríjol, habas, mazorca y arvejas en un caldo espeso donde se esconde un picado de res con pajarilla, espina y corazón, combinación que le imprime temple y un sabor intenso. Es una sopa que pechicha -término que se utiliza en el Caribe colombiano para referirse a acariciar, apapachar, consentir- el alma y revive el pasado: muchos comensales coinciden en que sabe a cocina familiar, a preparaciones pacientes que hoy sobreviven en pocos fogones. Por esto mismo, es todo un privilegio poderlas probar.
Siguiendo el recorrido por el centro del municipio, en la esquina de la carrera 2 con calle 4, Casa Grande Picada Típica Artesanal guarda otra historia de permanencia. El negocio nació del impulso de una abuela santandereana que, tras llegar desplazada por la Violencia, encontró en la elaboración de chorizos y morcillas -un embutido a base de arroz, sangre coagulada, especias y grasa de cerdo- la manera de sostener a sus seis hijos. Hoy, la herencia continúa en una cocina donde nada se industrializa y donde el laurel y el poleo siguen perfumando las preparaciones como entonces. La gallina de campo, acompañada por papas y yuca, encuentra su punto distintivo en el hogao de la casa, una preparación que es el gran secreto de la abuela Celmira y que aporta identidad y cuerpo al plato.
Otra opción en este mismo lugar, es el chicharrón cocho, versión local de textura suave y gelatinosa que se aparta del crocante habitual y que puedes pedir con yuca o plátano, mostrando cómo cada rincón de este país reinterpreta las recetas conocidas con sello propio.
Así, entre sopas sustanciosas, embutidos artesanales y platos pensados para compartir, Choachí se revela como un destino donde comer es una forma de acercarse a historias de familias, desplazamientos convertidos en oficio y saberes que continúan latentes en cada preparación. ¡Y el sabor es inigualable!

En el oriente de Cundinamarca, y puntualmente en Choachí, el almuerzo empieza mucho antes de sentarse a la mesa. En el Asadero Los Arrieros el espectáculo va de frente: varillas llenas de cortes de carne que se mecen suavemente mientras la leña crepita, canta a grito herido y perfuma el aire, invitando a entrar casi por instinto. La panceta confirma la promesa con su cuerito vuelto chicharrón, luego en el centro una capa jugosa que guarda su grasa generosa y, al final, una carne suave que se deshace sin esfuerzo. Los domingos, la olla suma su propia convocatoria con huesos de marrano que van en trencito con la papa, la yuca, la arracacha y el arroz, mezcla abundante que —como dice Marta, su propietaria—, entre risas, siempre encuentra equilibrio en una ensalada “para limpiar la conciencia”, pequeño gesto verde que le da su toque al jolgorio. Considera que toda la familia y su equipo te esperan en este negocio de tres pisos de viernes a domingo y lunes festivos. ¡La sacan de jonrón!
Más adelante, en el kilómetro 23 de la vía Bogotá–Choachí, La Casa en la Piedra ofrece una pausa donde la mesa socializa con el paisaje. Balcones con helechos miran hacia una roca monumental y a montañas que se extienden en silencio, mientras el cocido chigüachía ocupa un lugar especial, trae a la memoria preparaciones antiguas que celebraban la llegada de visitantes y el encuentro entre territorios vecinos. La versión que proponen en este remanso de paz reúne cubios, chuguas o ulluco, junto a carnes de cerdo y res, mazorca y, mientras está a fuego lento, le incorporan leche de vaca fresca, dando como resultado un plato cálido de largo aliento, como quien comparte una historia. A su alrededor, parrilladas y cortes de cerdo o ternera estiran el placer que emana la experiencia para quienes prefieren que el almuerzo se convierta en sobremesa.
Cuando tu dieta, estilo de vida o antojo apunta hacia la huerta, La Montaña restaurante propone un ramen vegetal que en el tazón trae de regalo puerro, repollo morado, pimentón, zucchini y apio que se entreteje en un caldo aromático con soya, jengibre y aceite de ajonjolí, mientras el huevo —según preferencia— aporta suavidad y termina de redondear una preparación vibrante y ligera que reconcilia con la idea de que lo sencillo también puede ser irrepetible.
Si sigues este rastro de fogones por Choachí descubrirás que viajar también consiste (o, sobre todo, consiste) en detenerse, dejar que el olor de sus plantas aromáticas y carnes guíe tus pasos y, permitir que, alrededor de la mesa, las cucharas suenen como señal inequívoca de que el camino hasta aquí ha valido la pena.

Al momento de hablar de la picada típica artesanal, ella aterriza en la mesa para que lo sensorial sea un asunto serio: papa criolla y papa sudada, yuca, plátano, rellena -la popular morcilla- chorizo y distintos cortes de cerdo —lomo, costilla y huesos— conforman la pista de baile y una gran celebración en Casa Grande Picada Típica Artesanal.
Y cuando el ánimo ya está arriba, Choachímilco introduce otro compás a tu itinerario. La sopa de tortilla sale al ruedo con sabor y textura; la cochinita pibil se deshace en la boca con tranquilidad y deja un rastro sabroso en cada bocado; el mole, una receta ceremonial, se deja ver como un guiño para quienes reconocen su complejidad. La piñata, viene siendo el queso fundido con chorizo artesanal -preparado en casa- que burbujea sin timidez y llama para que vengan corriendo esas manos impacientes mientras que el picante marca la pauta antes de volver a la comparsa local.
También queremos que anotes en tu libreta que en La Montaña restaurante, las recetas y los platos nacen del pulso creativo de Héctor y Germán Cifuentes, dos hermanos que llevan más de una década afinando un principio simple y radical: cocinar únicamente con lo que el suelo entrega.
Aquí todo se transforma en casa. Las salsas se baten desde cero, los quesos maduran bajo su mirada y los embutidos guardan el carácter de la región. Incluso la carne responde al entorno: ganado normando criado en clima frío que ofrece cortes amplios y jugosos.
De esa materia viva emerge la chata a la parrilla, corte ancho y maduro que llega recién salida del fuego, abrazada de papas en casco o puré de papas y, una ensalada de cebolla encurtida, pepino, tomate y orégano. Cada aderezo despierta nuevos matices en el bocado porque también se prepara allí, sin atajos.
Abierto todos los días, el lugar despliega una carta con nombres que hacen reminiscencia a la cosmogonía de las montañas colombianas: comer aquí no es solo saciar el hambre, es entrar en una geografía que se puede morder. ¡Barriga llena, corazón contento!

Es más, si aquí en Choachí alimentarse es una fiesta sin protocolo, el tramo dulce es un momento placentero que nadie quiere perderse. Este pueblo de clima fresco propone cambiar de registro y seguir la pista de lo tibio y lo dulzón, lo que se parte con las manos y deja migas alegres; hacia eso que prolonga la caminata y da vía libre a nuevas tentaciones.
A una cuadra hacia el oriente de la plaza central —o media cuadra abajo del Banco de Bogotá— está Amasijos El Gato, lugar que por más de cuarenta años su empeño ha sido fomentar las preparaciones tradicionales que ríen a carcajadas con el maíz, el sagú, la cuajada, la mantequilla campesina y otros ingredientes de la zona. Allí, el trabajo con familias rurales sostiene una economía cercana y de igual modo conserva intactas las técnicas que se amasan a diario en pandeyucas, envueltos, bizcochos de achiras, mantecadas, tortas, entre otras exquisiteces.
Y tienen una sede que le llaman “estación de paso” donde un séquito de mujeres les da forma a arepas de maíz pelao’ o sagú y cada veinte minutos sale una ronda que disfruta la música y encuentra compañía en el masato, la chucula -bebida ancestral espesa a base de cacao, clavo y canela, harina de maíz-, el yogurt casero o el café cultivado en la región. Búscala en la carrera 3 #1-37 y ve con hambre.
Entre las fachadas que rodean la plaza principal, hay una casa antigua fucsia con azul que no pasa desapercibida. Es Choachímilco y aquí el viaje cruza fronteras sin alterar la cadencia del paseo. El choco flan -mitad torta, mitad capa sedosa- va con buen ritmo y el mousse de maracuyá, tropical y de acidez sutil, le iguala el paso entre un brindis y otro, pidiendo que la tarde se diluya sin mirar el reloj.
Llegados a este punto del viaje, en La Montaña Restaurante, fieles a su esencia “fresco, natural y delicioso”, la aventura encuentra otro ritmo en bebidas de acento local que sacuden el paladar, piden bajar la frecuencia y se disfrutan hasta la última gota. La limonada de la luna baila al tiempo con el mango, la albahaca y el maracuyá; la del sol canta con el coco, la guanábana y el pepino, y ambas se hacen selfies con la miel. En el vaso todo se percibe nítido, brillante y el menú confirma poquito a poco que aquí lo natural tiene poder en un ambiente sin estridencias.
En resumidas cuentas, reafirmamos, que si en estas calles comer es una fiesta, el momento dulce es el aplauso que las deja brincando de emoción. ¡Clap, clap!

La Red Turística de Pueblos Patrimonio de Colombia es un programa especial del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, ejecutado por FONTUR, que trabaja con 17 municipios de Colombia que poseen declaratoria de Bien de Interés Cultural (BIC) a nivel nacional para su valoración y proyección mediante el turismo, generando así más oportunidades de desarrollo y sostenibilidad en las comunidades.
La Medalla a la Maestría Artesanal es un galardón que Artesanías de Colombia entrega anualmente, con el cual se hace un reconocimiento a aquellos artesanos, empresas y comunidades artesanales que, contando con una trayectoria destacada, sobresalen a nivel nacional por su excelencia en el oficio así como por preservar el quehacer artesanal.

Es un signo distintivo que identifica productos reconocidos o famosos por tener una calidad o características específicas derivadas esencialmente del lugar de origen y la forma tradicional de extracción, elaboración y producción por parte de sus habitantes. La protección conferida sobre una Denominación de Origen implica que ninguna persona puede identificar con la denominación protegida productos iguales o similares a los amparados, cuando no provengan del verdadero lugar y no cumplan con las características o calidades que le han dado la reputación al producto reconocido. Las Denominaciones de Origen para productos artesanales colombianos que han sido protegidas por la Superintendencia de Industria y Comercio en nuestro país son actualmente 13.
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