Taller: Artesanias Mirian
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Sucre
Ubicación: Sampués, Sucre
Calle 23 # 23 - 135 Calle las Mercedes, Sampués
3136677016
miriancaldera01@gmail.com
@miriampcaldera
Uno se queda mirando a Mirian Caldera y es difícil imaginar que vivió años durísimos, antes de la paz que le ha regalado la vida y que, hoy, la muestra tan firme y serena. Recuerda con orgullo a su abuela Margarita y a su madre, Mariluz, verracas, levantando sus casas sin hombres a su lado, criando a la familia a punta de trenzas tejidas para hacer el tradicional sombrero vueltiao. La abuela Margarita, analfabeta pero más hábil que todos, recogía por todas las veredas las trenzas de las artesanas, las cambiaba por cuanta cosita ellas necesitaban, como talcos o víveres, llenaba cajones en el lomo de su burro y salía a venderlas; con ello, alcanzó a tener un taller con siete máquinas de coser que Mirian recuerda vívidamente en su infancia. Su paisaje infantil fue de prosperidad, fabricando el sombrero pacotilla que se vendía en los Santanderes y el Eje Cafetero. Hasta que el negocio se vino a pique y todo desapareció a inicios de la década de 1980. Y, con ello, se fue de Sampués la tradición del sombrero vueltiao, asentándose en Tuchín, Córdoba, justo al ladito, pasando la montaña.
Pese a todo, su mamá siguió trenzando y aunque trabajaba mucho, mucho, no le alcanzó para meterla a estudiar. Mirian le dijo “no te preocupes, yo no estudio, no pares bolas, que sigan los pelados. (Y así) siguieron mis hermanos estudiando y yo me hice a un lado”. Se fue, entonces, a buscar horizontes, trabajó en casas de familia en Manizales, cuidó niños y, entre tanto, hizo un curso de modistería. “Sé verraca, que no te haga bomba el calzón, pilas, pues” —le decía una de sus jefas y ella la oía, la oía con atención–—. “De todas esas personas que fueron mis patrones, cogí lo bueno de todos ellos y no me siento traumatizada, soy lo que soy hoy por hoy gracias a esa formación. Sí, no me prostituí, no tuve el niño del uno ni del otro. Ya le digo, me formé muy bien”.
Se enamoró, no obstante, de quien no supo serle recíproco, al tener un origen social distinto al suyo. Y quien no pudo velar por ella cuando la violencia le arrebató la libertad. Allí, con una niña de seis meses, debió enfrentarse a su mayor reto: salir adelante sin tener nada y saber de muy poco. En plena crisis de ansiedad que la paralizó, una amiga le dijo que su mejor salida era meterse a los cursos gratuitos del Sena que llegaron a Sampués. No lo dudó un instante, se certificó en técnicos tan disímiles como hacer sandalias, informática y elaboración de productos en caña flecha. Y en este último, el que menos le entusiasmaba, resultó buenísima. Cómo no, si eso es lo que hacían en su casa desde siempre. “Yo creo que yo nací con ese ADN, yo no aprendí a trenzar, yo nací ya trenzando”, cuenta segura de sí misma.
Y así empezó. Ese año de 2000, en el pueblo se volvió a hacer la Feria Nacional del Sombrero Vueltiao, certamen cuya última edición había sido en 1973, y le dieron la posibilidad de mostrar sus productos en un stand. Ella, que dudaba de su belleza y que los nombraba como “mamarrachos”, terminó vendiéndolos todos. Y así, cuando le dieron su platica, “recuerdo todavía ese momento emotivo en mi vida y que eso, a mí, me despertó el hacer”.
Hoy, después de tantos años, se le ve feliz y realizada, vive en una casa espaciosa y luminosa y cuenta con la ayuda en el negocio de sus hijas Lizette y María Claudia. Como si reviviera la infancia, tiene una decena de máquinas de coser, entre las cuales, fileteadora, plana, recubridora, y ribeteadora, con las que sueña que alguna de sus hijas se encante y se decida a entrar al mundo de la moda que a ella tanto le gustó siempre. Mientras tanto, sabiendo lo difícil que es empezar, abre las puertas de su casa para que otras aprendan modistería y “puedan venir a construir futuro” y tiene una máquina con la cual se está ya imaginando sofisticadas piezas en caña flecha y cuero. Además, le da trabajo a su mamá, a sus dos tías y a un primo, con quienes trabajan la caña flecha con todo el entusiasmo pues quieren devolverle a Sampués ese origen tejedor de la trenza que lo hizo tan famoso décadas atrás. Y, así, cuando teje, mira a su alrededor y sonríe, pues sigue siendo la niña zenú de sus más lindos recuerdos de la infancia.
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