Taller: Taller Alfareras de Albania
Oficio: Alfarería
Ruta: Ruta Sucre
Ubicación: San Juan de Betulia, Sucre
Albania, San Juan de Betulia, Donde Ramona
3126404688
llamariasnaya25@gmail.com
“Mayo”, así la llama su abuelita Andrea Avelina Oviedo, una centenaria que le enseñó a amasar el barro y que, volviéndolo don, le regaló el oficio de su vida. Yamaris celebra cada uno de sus días y recuerda bien cómo le robaba la arcilla para inventarse sus cositas hasta que doña Andrea vio que no habría caso en regañarla, que la niña no dejaría de untarse las manos, ni el codo, ni la rodilla, con tal de aprender. Así que le contó sus secretos y cómo reconocer el barro y sus colores, cómo recogerlo y llevarlo sobre la cabeza, cómo amasarlo bien hasta dejarlo listo y cómo secarlo lentamente sin dejarse seducir por el tramposo sol que lo podía dejar verde. Con todas estas lecciones, le dio la bienvenida a la tradición de las alfareras de Albania, Sucre, honor que lleva con orgullo y que protege con su alma, pues reconoce su saber y teme que se pierda con la desaparición de las mayoras.
No lo dice sin sustento. Yamaris recuerda que, cuando pequeña, por todo el pueblo se veían tinajeras y no había familia sin que alguna, o varias mujeres, se dedicaran al barro. Eran los tiempos en donde todo se conservaba, cocinaba y transportaba en sus recipientes, y así, se hacían moyas, tinajas y tinajeras, para recoger y cargar el agua o fermentar el ñeque, el destilado de panela que aún se toma en la zona. No solo servían para su propio consumo, sino que sus ollas eran tan apetecidas por todos los pueblos vecinos que se las encargaban y ella misma se recuerda yendo a Ovejas en burro, cargada de mercancía para la venta. Su memoria llega hasta cuando la mulita metió la pata en un hueco y se fueron al piso, con tan buena suerte que las moyas no se reventaron con el golpe, por lo bien empacadas.
De haber sido un símbolo de la tradición local, hoy no hay más de cinco familias que preservan el legado alfarero. Por eso, Yamaris se lo toma tan en serio y su responsabilidad con la memoria la lleva a seguir amasando el barro con entusiasmo. Aunque, hay que decirlo, no le cuesta mucho gozárselo. Recuerda cuando empezó a ganarse unos pesos con el trabajo de sus manos. Fue allí cuando le pidió a su abuelita que le hiciera unas materas para que su mamá las comercializara. Porque, eso sí, el gusto por embarrarse las manos no lo heredó su hija Ramona Isabel, sino su nieta. Con esa división del trabajo, de nieta y abuela trabajando y mamá vendiendo, se hicieron un lugar en la memoria alfarera de su pueblo.
Junto a su hermana, con quien trabaja incansable, van a la mina a kilómetro y medio de la casa, un terrenito que les pertenece desde hace mucho pero que “raimundo y todo el mundo” ha tratado de quitarles. Ahí es cuando echa en falta a su papá, ese hombre al que quiso como a pocos y con el que se sabía zalamera y feliz. Pero un día, un 29 de diciembre cayó enfermo y al 20 de enero debieron enterrarlo; un viejo golpe de mulo le dañó el hígado y siete años después lo mató. Sí que lo lloró. Y su mamá, claro, pues según cuenta de Yamaris, eran como pichones de paloma, inseparables. Debieron hacer de tripas corazón y seguir adelante, sin mirar atrás. Y eso es lo que han hecho por tantos años ya. Amasar le distrae la melancolía y le calienta el corazón. Se casó con el hijo de una alfarera, quien no estaba de acuerdo con su alfarería, pero “yo nunca me dejé mandar, ni siquiera de mi papá quien me decía que esto era muy trabajado, muy matón. Pero nada, al que le gusta, le gusta, eso no es cuento”. Y a ella sí que le gusta.
Hunde sus manos, se las ensucia, como siempre lo hizo su abuela, y nos descubre el barro amarillo, el negro y el mezclado de vetas más grisáceas. Lo cocinará en un fuego alimentado con boñiga de vaca, su secreto para el color perfecto. Y aunque sigue con los procesos tal y como se los enseñó la abuela, ya no tiene que salir a vender como durante tantos años lo hicieron. En constantes capacitaciones y aprovechando las ferias para hacer clientes, combina el trabajo físico con el de llevar a su pueblo por todo lo alto. De esta forma se ha convertido en una importante vocera de su comunidad alfarera de la que espera no ser la última. Se enorgullece, además, de haber logrado construir su casa y educar a sus hijas a punta de barro. Porque es, como bien lo dice, una alfarera de corazón.
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