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Tulio Sampayo

Taller: Hamacas Sampayo
Oficio: Tejeduría
Ruta: Ruta Sucre
Ubicación: Morroa, Sucre


AGENDA TU VISITA

  Cra 4 #2 I - 05, Barrio 9 de abril, Morroa
  3145380623
  hamacassampayo@gmail.com, sampayotulio@gmail.com

Aunque a su mamá le parecía que tenían una “vida perra” en medio de las inclementes lluvias de la Mojana y lo único que quería era devolverse a su natal Morroa, a unos 155 kilómetros de allí,, a Tulio siempre le gustó ese paisaje húmedo en donde aprendió a pescar con trasmallo, a montar a caballo por la ciénaga en tiempos un poco más secos y a comer ponche, mejor conocido como chigüiro. Vivió 15 años en ese paisaje y, no lo niega, allí fue feliz. Veía a su papá trabajando el campo y pescando, incansable, y de su mamá recuerda que siempre estaba tejiendo. Siempre. De tanto verla le fue aprendiendo, se sentaba a paletear a su lado y, pese a no tener la fuerza suficiente para apretar el tejido de la hamaca mientras iba a apareciendo en la urdimbre, bastó que creciera lo suficiente para llegar a ser el maestro que es. Sin embargo, hacerse artesano se demoró varias décadas, pues el abuelo murió y, con ello, apareció la excusa que estaba buscando encarecidamente su mamá para regresar a Morroa. Y así lo hicieron.

El problema era que en Morroa los hombres no tejían, eso era labor de mujeres o de hombres “del otro equipo” y, en esos años de definiciones de hombría y esas cosas, Tulio simplemente archivó el saber que tanto había trabajado en sus primeros años. Ello lo llevó por caminos que habría preferido no recorrer, como volverse matarife, o sacrificar reses, y luego pilar arroz, hasta que ahorró lo suficiente para irse a estudiar Bellas Artes a Sincelejo, como una forma de regresar a la belleza. Pero para alguien que siempre había tenido plata en el bolsillo, pues de niño vendía pescado o pieles de babilla junto a su papá, no tenerla resultó muy difícil. Sin embargo, recordó cómo su mamá les había mostrado a sus nueve hijos que sabiendo tejer nunca tendrían aprietos. Así que cuando necesitaba plata, se ponía a tejer una hamaca, hacer tela o fajas. Por supuesto, a escondidas. Casi cincuenta años después, y por cuenta de las necesidades económicas que desencadenó la violencia en los Montes de María entre 1996 y 2003, agradece que esa tara ya quedó en el olvido y cuenta que hoy más del 70% de los hombres morroanos tejen la hamaca.

Tulio honra a su mamá cada vez que hace una hamaca con la técnica del lampazo, esa que está dividida en ocho partes, y también conoce la macorina y la ranchona, aunque no las elabora tanto por su falta de demanda. Sin embargo, pero si algo caracteriza su trabajo, además del buen tejido, es el tinturado de la fibra. Entrenado en teorías del color por su formación estética, intuimos a un alquimista. Desde que vio a un artesano tinturando el algodón, y luego tomó un curso, quedó hipnotizado. Recuerda cuando se armaba de frasquitos de laboratorio y se iba al monte a recolectar especies de cortezas, hojas y flores. Su mamá se reía diciendo que ahí salía el loco pa´l monte. Aprendió que la singamochila le serviría para hacer una paleta increíble de grises a verdes y que tenía que tener cuidado en no mezclar colores en luna llena porque no le saldrían bien, sino mejor hacerlo en cuarto menguante. Esto, porque sabe distinguir perfectamente cuando un color “se agrada”, o no, con otro.

Sus días los combina entre tinturar, tejer y pintar. Esa es su mejor ecuación. Es la que mejor le ha resultado y la que lo hace más feliz. Y aunque disfruta de Morroa, pues ya lleva más de medio siglo viviendo allí, no deja de regresar a su Mojana querida pues es su pie con la infancia y su recarga para volver a la artesanía después de haber paseado por la memoria.

Artesanos de la ruta

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